jueves, 5 de septiembre de 2013

Cásting

 
—¿Cómo te llamas, bonita? —preguntó Jean Pierre.

—Laura —dijo ella—. Laura Figueras.

—Un nombre precioso... Se queda grabado, no será necesario cambiártelo. Me gusta. Me gusta.

—Gracias...

El hombrecillo hablaba a gran velocidad al tiempo que ajustaba, hiperquinético, la lente de su cámara. «Al menos la mitad de sus movimientos no sirven para nada», pensó Laura. Había algo en él que le provocaba cierto rechazo pero no acertaba a decir qué. De todos modos, le regaló su mejor sonrisa. Jean Pierre Leducq era un personaje influyente dentro del mundillo de la moda y se había fijado en ella; de los miles de books que debía recibir cada semana había puesto los ojos ¡nada menos que en el suyo!... Laura estaba dispuesta a sacar provecho de aquel giro inesperado del destino.

Jean Pierre fijó la cámara fotográfica sobre el trípode y se le acercó. Con dos dedos de su huesuda mano, levantó el mentón de la muchacha para poder contemplarla mejor. Se sostuvieron la mirada durante cinco segundos que a Laura le parecieron interminables.

—¡Cuanta belleza! —exclamó, mostrando un afectado estado de éxtasis—. Eres exactamente la chica que estamos buscando para la campaña del desodorante.

—¿Lo dice de verdad?

—¡Por supuesto, pequeña! ¡Jean Pierre nunca miente!

Con gesto teatral dio media vuelta y le indicó a la maquilladora que se acercara.

—Encárgate de ella —dijo mirando al techo—. Quiero que le des un aire sensual pero sin arruinar esos cándidos ojazos. Que provoque ternura y morbo al mismo tiempo.

La chica obedeció con diligencia.

—¿Qué tal te sientes, preciosa? —preguntó Jean Pierre.

—Un poco nerviosa —dijo Laura, dubitativa.

—No tienes por qué, ya verás que esto es algo de lo más natural... ¿Es tu primera vez?

—La verdad es que sí... ¡Pero tengo muchas ganas de aprender! No se arrepentirá de haberme elegido...

Laura había girado la cabeza para mirar a los ojos a su interlocutor. La maquilladora la devolvió a su posición original para seguir trabajando.

—No te muevas, por favor.

Jean Pierre se colocó a espaldas de la muchachita y comenzó a acariciarle los hombros, pelizcando suavemente sus trapecios, a modo de masaje.

—Estás toda contracturada —dijo—. Relájate y disfruta del momento, ya verás que nada malo te sucederá.

De un brinco, volvió a su puesto detrás de la cámara. Laura pensó que era un hombre bastante excéntrico pero... «¡En fin!», se dijo, «así son estos tipos de la farándula».

—¿Ya has terminado, Miriam?

Sin responder verbalmente, la maquilladora se retiró a un costado del set.

—En general, de los cástings se encarga algún fotógrafo de la agencia. Pero en tu caso vi algo especial. Un ángel oculto que, de alguna manera, tenemos que sacar a la luz...

Foto: Laura Figueras
—¿De veras? —Laura comenzaba a entusiasmarse nuevamente.

—Sin duda. Hay un alma pura y noble detrás de tu mirada... ¡Eso es lo que quiero mostrar!... Y no es mérito de la producción fotográfica, no, porque donde mejor se ve ese ángel es en las fotos que te sacas tú misma para el Facebook...

—¿Se han metido en mi Facebook?

—Es parte de nuestro trabajo. Así descubrimos a las chicas con auténtico estilo... De las que aparece una en un millón, inimitables... ¿Cómo era tu nombre?

—Laura Figueras —dijo ella halagada, aunque algo desconcertada.

—¡Laura Figueras, sí!... Un nombre hermoso y con fuerza, la mente no puede olvidarlo. ¡Ni se te ocurra cambiarlo por un nombre artístico! Laura Figueras es perfecto... A ver, mira a cámara por sobre el hombro.

Laura obedecía las indicaciones de Jean Pierre. Se sentía cómoda con él, aunque un algo muy pequeño en su interior le decía que debía huir cuanto antes de allí.

—Así, muy bien... Con más sensualidad... La cámara te quiere, Laura. Sonríe, sonríe a Jean Pierre —decía Jean Pierre sin dejar de disparar.

Minutos después dejó la cámara a un costado y miró fijamente a la muchacha.

—Estás saliendo preciosa... No sé si comprendes la magnitud de lo que está sucediendo aquí... La campaña del desodorante será sólo el comienzo.

—¿El comienzo? —preguntó Laura sin terminar de creer en su suerte.

Jean Pierre se acercó a la modelo.

—El comienzo de una enorme carrera.

El hombrecito dio media vuelta sobre sus talones, con un ademán de desdén.

—Por favor, Miriam, cierra la puerta al salir. Jean Pierre desea mantener una conversación privada con la señorita.

Laura sintió un escalofrío. Una chica decente no debe fiarse nunca de alguien que habla de sí mismo en tercera persona. ¿Hasta dónde sería verdad lo que aquel hombre prometía? Necesitaba creer pero su vocecita interior se oía cada vez con más fuerza. ¿Por qué querría ese hombre quedarse a solas con ella?

—Una mirada como la tuya no se encuentra todos los días —dijo Jean Pierre cuando la puerta se hubo cerrado—. Muchas chicas pueden desnudar su cuerpo ante la cámara pero pocas, como tú, pueden desnudar el alma —acercó una mano a la cara de Laura y acarició sutilmente una de sus mejillas—. Un alma pura, inocente... Llena de vitalidad... Te falta muy poco para convertirte en modelo profesional... Y Jean Pierre puede darte lo que te falta si tu confías en Jean Pierre.

Laura dudaba cada vez más de las intenciones de aquel hombre. ¿Cómo iba a creerse tan especial, justamente ella, habiendo tantas chicas más guapas?... No era ninguna tonta, había escuchado cientos de historias sobre el mundo de la moda. Con todo lo glamoroso que parecía estaba lleno de degenerados que no escatimaban en promesas para usar y abusar de las novatas. Ella no caería en la trampa, decidió, no se convertiría en el objeto sexual de nadie.

—¿Puedes imaginarlo? —seguía diciendo Jean Pierre, sin hacer caso de la ansiedad de Laura—. Tu foto por todas partes, gigantografías en carteles publicitarios de las principales ciudades... Luego vendrían los desfiles de moda para las marcas más prestigiosas... Primero Genteovejuna y después, ¡el mundo entero!... Tu foto en la portada de las revistas más importantes, con el nombre bien grande en letras de molde: ¡Laura Felgueras!

—Figueras...

—Eso —dijo, con una sonrisa que a Laura se le antojó perversa, acentuada quizás por las sombras que se formaban en las huesudas facciones del hombrecillo y, sobre todo, por el fino bigote en forma de anchoa y exageradamente largo, que deformaba su sonrisa en una mueca siniestra.

Jean Pierre volvió a colocarse detrás de ella para acariciar sus hombros. Laura sintió un escalofrío recorriéndole la columna vertebral. El pánico la había paralizado.

—Imagínatelo... Giras, producciones fotográficas, publicidades, desfiles... Mostrándote tal cual eres para que el planeta entero se rinda ante ti... Tal vez llegues a tener tu propio programa de televisión...

—¿Usted cree?

—Puedes tutearme, estamos en confianza —hizo una pausa mientras acariciaba con sus pulgares las crevicales de la muchacha—. Por supuesto que lo creo... Hace años que no aparece una chica con tu carisma, ya ni me acuerdo cuál fue la última... Jean Pierre puede convertirte en la número uno con sólo chasquear los dedos... Claro que todo tiene su precio...

¡Ya estaba! ¡Lo había dicho! Aquel era el momento en que debía decidir si se convertiría en la nueva perra del mundo del espectáculo o continuaría con su vida anónima, trabajando de nueve a dieciocho y librando los fines de semana.

—¿Qué quiere decir con eso?

—Tutéame... Nada de importancia... No serías la primera ni la última que accede al trato... Simplemente Jean Pierre hace algo por ti y tú haces algo por Jean Pierre... ¿No crees que es justo?

—Sigo sin entender. Y confieso que esta situación no me está gustando nada—. Era verdad; Laura estaba al borde de la histeria, pronta a huir de aquel set y de su futuro si eso implicaba prostituirse.

—Tranquila, bonita... Es una tontería en comparación con la fama y la fortuna que estoy ofreciéndote... Sólo debes entregarme una insignificante parte de ti...

—Pero ¿qué...?

—Ni siquiera notarás su ausencia. Lo único que necesito es tu alma...

Laura sintió cómo cada uno de los músculos de su cuerpo se relajaba de golpe. De pronto, la sonrisa de Jean Pierre no le pareció tan siniestra. Y comenzó a ver el gesto cómplice de un amigo en aquel rostro anguloso y huesudo.

—De modo que sólo era eso —dijo ya completamente distendida—. Por un momento pensé que tú pretendías...

—Así está mejor; tutéame... Ahora haz el favor de acompañarme. Jean Pierre tiene tu contrato listo y esperándote en su oficina...


(Publicado originalmente el 29 de septiembre de 2011)