jueves, 2 de mayo de 2013

Amar, temer, partir


Bajé del tren en la estación vieja de Concepción y recorrí a pie los ocho kilómetros que median hasta Los Penitentes. Mi paso era pausado y monótono, sin prisas, como el de quien intenta integrarse al paisaje. Obedeciendo al progreso, algunas cosas no estaban igual a cómo las recordaba. Había menos árboles y el pavimento de la carretera era de mejor factura. Pequeñas tiendas de provisiones regenteadas por inmigrantes habían prosperado a lo largo del camino en virtud de la competencia de sus precios. Por el contrario, el antiguo Hotel Casanegra había cerrado sus puertas hacía tiempo —supongo que, en algún momento, los modernos medios de transporte volvieron inútil un hotel a medio camino entre La Ciudad y Los Penitentes—. El edificio, sin embargo, mantenía aún la imponente belleza de los años dorados.

A pesar de los múltiples cambios, la región había conservado su esencia. Me alegré por ello y deseé que el pueblo tampoco la hubiese perdido. De alguna manera, reencontrarme con sitios que movilizasen mis recuerdos sería como detener un poco el paso del tiempo, como regresar —a través del lugar­— a aquella época tan cargada de significados para mí... Las calles —algunas de tierra, otras empedradas— en las que fui haciéndome hombre a la fuerza... El adorado pueblo que, hacía ya siete lustros, me había visto amar, temer y finalmente partir...

Doscientos metros antes de llegar, distinguí el modesto cartel de madera de cedro que anunciaba «Bienvenidos a Los Penitentes». La pequeña gasolinera que había sido de don Néstor estaba aún a la entrada del pueblo. La pintura se caía a pedazos y las paredes estaban muy deterioradas —lo que no señalaba el paso del tiempo, así había estado desde que tengo memoria—. Entré a la diminuta tienda donde un mismo estante amontonaba bebidas, revistas, latas de conservas y aceite de motor. Detrás del mostrador, un anciano castigado por los años me dio la bienvenida.

—¿Qué se te ofrece, hijo?

Al oír su voz lo reconocí. Era el mismísimo don Néstor, quien ya era viejo cuando partí. Al parecer, aún le quedaban energías para continuar con el negocio.

—¿No me reconoce, verdad?

El viejo entornó los ojos, en un esfuerzo por examinarme en busca de algún rasgo distintivo que hubiese pasado por alto.

—Lo siento, hijo —dijo luego de unos segundos—. Casi he perdido la vista por completo...

—Hace mucho tiempo este era mi pueblo.

—Sigo sin reconocerte...

—Da igual... ¿Tiene aquí algún producto típico de la zona?.. Tal vez aquel licor de naranjas silvestres de la Casa Villalba, o algún libro que relate la historia de la región, o alguna de aquellas cajas de madera bellamente talladas por los hermanos Jiménez... ¿Viven aún aquí, los hermanos Jiménez?

—Sólo Gonzalo. Diego se vio envuelto en una historia turbulenta hace algunos años. No creo que vaya a regresar del sitio al que lo llevaron... En cualquier caso, Gonzalo ya no se dedica a la carpintería... Pero tengo unas cuantas botellas de la Casa Villalba, siguen produciendo el mismo licor de siempre. Y si quiere algún libro representativo de la región ¿qué mejor que la biografía de Juan Viernes, nuestro héroe popular?

El viejo extendió el brazo para acercarme una edición de bolsillo en cuya portada se veía a un guerrero rubio empuñando su espada con una hermosa jovencita colgada de sus hombros.

—¿Juan Viernes? —pregunté interesado.

—¿Acaso no lo conoces?... Él nos liberó del yugo opresor de la familia Farías.

—¿La familia Farías ya no controla el pueblo?... Algo había oído...

—¿Cuánto hace que no vienes por aquí? Hablas como un forastero. El viejo Farías desapareció misteriosamente en el ochenta y cinco, el mismo día que se marchó Juan Viernes. Por eso supimos que fue él quien, al no poder derrotarlo de forma definitiva, se lo llevó para entregárselo al Diablo. Su hijo resultó ser un pobre infeliz que poco a poco fue perdiéndolo todo. Nunca acabaremos de agradecer lo que Juan Viernes hizo por nosotros...

Pagué por el libro y la botella de licor y me interné en el pueblo. Encontré el primer cambio a la entrada misma. Habían erigido un enorme pedestal donde se alzaba, en bronce, una estatua ecuestre del nórdico guerrero llamando a la batalla. A ras del suelo, una placa de mármol sentenciaba: «El pueblo de Los Penitentes a Juan Viernes, su libertador».

Poco después, paseando por las calles, vi varios altares con la imagen de Juan Viernes custodiando la entrada de muchos hogares. Calles, fábricas y edificios de oficinas habían tomado el nombre del nuevo héroe y, en apenas media hora, me crucé con cinco niños que se llamaban Juan Viernes.

Contrariado, fui a sentarme a uno de los bancos del Parque Juan Viernes, el más grande y soleado del pueblo. Comencé a leer el libro que había comprado. A las pocas páginas, la historia ya había adquirido las características de un mito: Juan Viernes leía y escribía a los dos años y a los siete ya enseñaba historia y matemáticas a obreros adultos. En su adolescencia, decía el libro, había comenzado su lucha por los derechos de los trabajadores. Una vez había derrotado él solo a un ejército de matones de la familia Farías. Los matones eran descriptos como una especie de guardia pretoriana entrenada para matar. El libro terminaba el día en que Juan Viernes había entrado a la mansión de los Farías, derrotando a una jauría de feroces canes (se sugería, incluso, que había luchado contra un dragón), para llevarse bien lejos al hombre que había sido, prácticamente, el dueño de todo el pueblo hasta ese día.

Al cerrar el libro noté que una joven guapa y esbelta me observaba desde el banco de enfrente.

—¿Te interesa la vida de Juan Viernes, forastero?

—Un poco —le contesté, intentando ocultar mi curiosidad.

—Yo fui su amante —confesó embelesada—. Jamás conocí ni conoceré hombre como él. Medía casi dos metros de altura y se diría que su musculatura había sido torneada por el herrero de los dioses. Parecía un ángel cuando me miraba con esos tiernos pero curtidos ojos azules, mientras el viento ondeaba entre sus rubios cabellos.

La muchacha estaba en éxtasis y, a medida que hablaba, su expresión se volvía cada vez más enajenada.

—Estuve con él la noche que luchó contra el dragón. Con estas mismas manos curé sus heridas y fui yo la última persona que le vio antes de que cogiera el cuerpo de Farías y se perdiera para siempre en el mar... ¡Oh, Juan Viernes, cuánto te debe el pueblo de Los Penitentes!

—Eso no fue así y tú lo sabes —le dije, ya un poco harto de tanto Juan Viernes—. El mar está a casi setenta kilómetros de aquí y el único camino que lleva hasta él atraviesa Concepción de punta a punta. Es imposible que alguien hubiese cruzado La Ciudad sin ser visto, máxime si iba cargando el cuerpo del hombre más importante de la región.

—¡Tú que sabes! —gritó la joven encolerizada—. ¡No estabas ahí cuando eso ocurrió!

—Y tú tampoco. No tienes edad suficiente. Aún no habías nacido el día que Juan Viernes fue visto por última vez.

Fuera de sí, la joven comenzó a golpearme en el pecho.

—¡Maldito resentido! ¡Hablas así porque eres un envidioso, como todos los forasteros!... Envidias a Juan Viernes porque era hermoso, valiente, buen amante y generoso con su pueblo... ¡Y tu siempre serás un pies negros gordo y medio calvo despreciado por las mujeres!...

Hice mutis por el foro con la máxima discreción de la que era capaz. Realmente me había dolido lo de calvo, me recordaba el paso del tiempo. Al resto de los insultos de la muchacha ya me había acostumbrado. Nunca fui un hombre delgado y mi color de piel era más bien uno de los que despertaban odios entre los hombres más irracionales y peligrosos que habitan este mundo. Desde muy pequeño había padecido por eso. En parte fue ese desprecio el que despertó mi rebeldía hace treinta y cinco años, cuando yo era un obrero más en una de las fábricas de la familia Farías.

Antes de abandonar definitivamente el pueblo, entré nuevamente a la pequeña tienda de la gasolinera y le devolví su libro a don Néstor.

—Este libro no cuenta la verdad —le dije.

El viejo levantó la cabeza e intentó forzar su casi extinta mirada.

—El señor Farías fue internado en un manicomio. Ningún héroe lo secuestró para liberar a nadie. Su hijo malvendió sus bienes y las fábricas son ahora propiedad de unas cuantas empresas extranjeras.

­—¿Qué estás diciendo, forastero?

—Juan Viernes fue un hombre que luchó por los derechos de todos sin conseguir apoyo de nadie. El mismo pueblo que hoy lo idolatra le dio la espalda, muerto de miedo, cuando quiso liberar a los obreros de la opresión patronal. Dígame, don Néstor ¿son mejores las condiciones de vida ahora que el pueblo está en manos de esas multinacionales?

El anciano se lo pensó. Vi rodar una lágrima por su mejilla.

—Yo diría que, más bien, todo lo contrario.

—¿De qué os habéis liberado, entonces?

El anciano comenzó a dar bocanadas al aire, agitado, sin poder articular palabra.

—Juan Viernes se vio obligado a huir para no ser víctima del miedo de sus propios compañeros. Ocurrió hace treinta y cinco años. Todavía lo recuerdo.

Don Néstor tardó unos segundos en comprender.

—Quiere decir que usted...

—Sí —solté con brusquedad—, yo soy Juan Viernes.

Parsimoniosamente, el anciano se acercó a mí y estiró una mano temblorosa para palpar los escasos pelos oscuros que aún me quedaban en la nuca.

—Es verdad —dijo entusiasmado—. Ahora lo veo claramente... ¡Puedo ver tu hercúlea figura y tu rubia cabellera ondeando al viento!... ¡He recobrado la vista!... ¡Sólo Juan Viernes sería capaz de semejante milagro!...

Me retiré, asqueado de todo, mientras el pobre viejo ciego manoteaba el aire a mi alrededor. Emprendí por última vez el camino que me alejaría de Los Penitentes. Entonces supe que había sido un error el regreso, que el pasado no retorna para recuperar las oportunidades que una vez nos dio.

—Por favor, Juan Viernes, no te vayas—. La voz del viejo se iba volviendo inaudible a medida que me perdía en la distancia—. ¡Cuéntame cómo fue que venciste al dragón para liberarnos de esos oligarcas!

Mi pueblo ya había elegido. Prefirieron crear una fantasía en torno a mí. Una fantasía en la que los liberaba de la opresión capitalista. Una fantasía que los eximiera de la propia lucha, la única a través de la cual podrían haberse liberado realmente. Aún lloro por las noches pensando en todo lo que íbamos a ser antes de ser lo que fuimos.

A veces pienso que nunca conseguiré perdonar lo que han hecho con mi memoria, tergiversando todos aquellos ideales por los que una vez luché, convirtiéndome en un mito más al servicio del conformismo.

Y en eso estamos empatados.

Ellos tampoco me perdonarían si supiesen cuan distinto soy a mi leyenda.


Ilustró: Txiki González


(Publicado originalmente el 15 de marzo de 2012)