jueves, 24 de octubre de 2013

Finibusterrae

  
es mediodía y el sol abrasa todo está muerto a mi alrededor y es como si yo también lo estuviera doy un paso tras otro como un autómata sobre la quebradiza tierra del desierto y desde atrás de una loma veo aparecer una silueta humana montada a lomo de burro y camino hacia ella con la esperanza de que me saque de allí pero a medida que me acerco el sol va iluminando al extraño y compruebo con horror que hay una calavera en el lugar donde debía haber una cabeza y todo él está descarnado bajo el negro manto que cubre su figura y moscas rodean al burro dándose un festín con la carroña y demasiado tarde para huir reconozco al personaje es san la muerte que viene de allá para segar mi vida con su guadaña y se mueve su mandíbula sonriente y escucho su voz vigila diego me dice no se regresa de finibusterrae y se va sin tocarme y el trote del burro suena toc toc toc toc como mi corazón que se quiere escapar toc toc toc toc se aleja san la muerte dejándome

«Toc toc, toc toc». Seguí escuchando el galope, aún después de despertar en mi pequeña casa de Los Penitentes. Sobresaltado, aunque sin abandonar del todo el sueño, estiré el brazo buscando a Lupita, que ya no estaba. Ayer ya no estaba, recordé, ni la semana pasada. Ese recuerdo me devolvió completamente a la vigilia.

«Toc toc, toc toc», continuaba sonando el trote de San La Muerte y el sonido se transformó en alguien que llamaba a mi puerta. Me levanté y fui a abrirla.

—Diego Jiménez —dijo el teniente Soria de la Policía de Genteovejuna—, queda usted detenido como principal sospechoso del homicidio de su mujer.

Me puso las esposas y me arrastró hasta la calle así como estaba; despeinado y aún en pijama. Otro agente me subió al coche patrulla y me leyó mis derechos.

—Tiene derecho a permanecer callado —me dijo y no dijo nada más.

Un grupo de curiosos se había reunido frente a mi casa. Los Penitentes es un pueblo pequeño donde nunca pasa nada. Sus habitantes viven pendientes de la vida ajena, un poco por aburrimiento y otro poco por no saber en qué ocupar el propio tiempo. En estas circunstancias, la visita de unos policías de La Ciudad —como llamábamos a Concepción— era un acontecimiento sin precedentes que los había sacado a todos de sus casas, aunque fuesen las seis de la madrugada.

—¡Asesino! —me gritó una vieja poniendo cara de asco.

—¡Sinvergüenza! —dijo otra, afectando indignación.

El coche se puso en marcha mientras el teniente Soria me leía los cargos que pretendían imputarme.

¡Habían encontrado el cadáver de Guadalupe cosido a puñaladas en un desagüe de las afueras!... Mi mujer. Muerta. El mes anterior se había fugado con un idiota que cantaba boleros. Yo sabía que probablemente no volvería a verla pero, de todas formas, continuaba amándola. La noticia de su muerte me cayó como una ducha helada. El idiota había resultado ser también un hijo de puta, pobre Lupita...

—Te darán al menos veinte años por lo que has hecho —me estaba diciendo el teniente de Concepción—. Y eso si tienes la suerte de caer bien al jurado...

—Yo no he sido —murmuré sin demasiadas esperanzas de ser tomado en serio.

—Si, claro, ahora comenzará con esas... ¿Que hizo usted en la noche de ayer?

—Pues... No lo recuerdo del todo—. Era verdad, desde que Lupe se había ido yo me castigaba con tequila cada noche para no pensar—. Pero hace casi un mes que se marchó y no he vuelto a verla desde entonces, tiene que creerme.

—A mí no me implique, en todo caso es al juez a quien tiene que convencer. Pero le advierto que de nada le servirá alegar locura. Al menos muestre un poco de dignidad y afronte sus actos como un hombre...

Estuve a punto de responderle pero callé. De todos modos no me hubiese creído.

—¡Asesino! —continuaba gritando la gente cuando abandonamos Los Penitentes.


A partir de ese día, mi habitación fue un frío y húmedo calabozo en Concepción del que me sacaban cada dos o tres horas para someterme a interrogatorios cada vez más violentos. Y la noche en vela pensando en Lupita y en lo injusta que es la vida.

No los culpo por no creerme. Después de todo, mi versión de los hechos sonaba a tópico: Un hombre inocente acusado de un crimen que no cometió.

Pasaron varias semanas hasta que, al fin —convencidos de no poder arrancarme una confesión—, me llevaron ante la justicia.

La Fiscalía no poseía pruebas concluyentes en mi contra, su argumento principal fue que yo era el único beneficiario por la muerte de Lupita —los bienes matrimoniales, un pequeño seguro; cosa de chiste si lo pensamos seriamente—. A pesar de ser un abogado de oficio, mi defensor parecía creer realmente en mi inocencia. En buena parte fue mérito suyo que finalmente la pena quedase reducida a nueve años.

Sin embargo, esa misma tarde, supe que jamás llegaría a cumplir mi condena.

Cuando me montaron en el camión celular, escuché a los guardias hablar de mi destino.

La Cárcel de Finibusterrae —dijo uno de ellos.

—Pobre infeliz —respondió el conductor—. No quisiera estar en su pellejo.

—Nunca nadie ha regresado de Finibusterrae.

Ilustró: Txiki González
El presagio de de San La Muerte cobró un significado obvio y, a medida que nos alejábamos de Los Penitentes por la carretera, caí en la cuenta de lo inevitable, de lo inútil que resultaría intentar corregir la consecuencia de una falsa causa.

­—Soy inocente —murmuré. Y lo repetí cada vez menos convencido. Ninguno de mis custodios me dirigía la palabra hasta que, tras varias horas moviéndonos hacia el norte, llegamos al pequeño poblado en medio de las montañas. El camión redujo la marcha mientras atravesábamos la calle principal de Finibusterrae. Los vecinos se amuchaban para vernos y, a pesar de reconocer algunas miradas reprobatorias, nadie gritaba ni insultaba como lo habían hecho en mi pueblo. Sólo una anciana habló, cuando nos detuvimos frente al portón de hierro de la prisión, ya fuera del pueblo.

—Nadie regresa de Finibusterrae —dijo.

Sin poder resistir la angustia, intenté arrebatarle el fusil a uno de los guardias para huir. Un culatazo en la nuca me hizo perder el conocimiento.


Cuando desperté, ya estaba dentro de la prisión de Finibusterrae y dos carceleros me estaban arrastrando por un pasillo. Lo primero que me llamó la atención fue la impecable asepsia del lugar. Lo segundo me provocó escalofríos: Las celdas estaban vacías y no se veía ningún indicio de que alguna vez alguien las hubiese ocupado. Todo hacía pensar en un final más apresurado de lo que había previsto. ¡Posiblemente ningún condenado había llegado nunca a pasar allí su primera noche!

Me metieron a la fuerza en un cuarto azulejado y me obligaron a desnudarme. Uno de los carceleros recogió todos mis efectos personales y se los llevó mientras el otro me metía debajo de una ducha. El agua olía a desinfectante.

No sé si era médico o peluquero el tipo que me revisó después y rasuró cada pelo de mi cuerpo.

Desnudo como estaba, fui conducido por otro pasillo de celdas. En una de ellas estaba Lupita. Tenía veinte años y vestía igual que el día en que nos dimos el primer beso. Desde otra celda, mi madre me llamaba a tomar la merienda. Delirios de condenado, pensé. Pequeñas películas de una vida pronta a concluir.

Cuando salí de mis recuerdos, mis carceleros me estaban empujando al interior del despacho del alcaide, un hombre obeso, con bigote canoso y aspecto de bonachón. Quizás fue su aspecto lo que me animó a suplicar:

—Por favor...

—Sé que eres inocente, Diego Jiménez —dijo el alcaide con una sonrisa—. Es por eso estás aquí...

—¿Me cree?... ¿En verdad me cree?...

—Reconozco una mentira cuando la escucho. Nunca me atrevería a poner en duda tu palabra...

—Entonces supongo que usted podrá hacer algo por mí... Por favor, no deje que me encierren...

—Debes aprender a aceptar tu destino, Diego Jiménez... Te contaré una historia. Una historia que comienza en el siglo XVIII, cuando esta parte de Genteovejuna era aún territorio inexplorado... La civilización iba ganando terreno poco a poco, fundando pequeñas colonias que luego se convertían en pueblos.

»En ese entonces, todo el norte estaba bajo el mando del gobernador Francisco de Fernandálvarez, apodado El Déspota. Era un hombre respetado y temido en toda la provincia, pero nunca querido. Su fama de sanguinario le había hecho ganar muchos enemigos. Al final de su mandato, no había día en que sus hombres no tuvieran que reprimir alguna sublevación.

»Fernandálvarez mandó a construir esta cárcel en medio del valle y ordenó encerrar aquí a todos sus enemigos. Luego fueron los opositores políticos y todo aquel en quien sospechara una remota posibilidad de traición... La gente que el gobernador enviaba a Finibusterrae era torturada y flagelada hasta la muerte. Fuera de estos muros nadie sabía qué era lo que sucedía pero lo cierto es que ninguno de los que aquí ingresaban volvía a ser visto por nadie jamás...

»Como no podía ser de otra manera, el tirano terminó derrocado por una revuelta popular y esta cárcel fue clausurada. Con los años, los espectros de quienes aquí habían muerto comenzaron a liberarse de sus celdas y edificaron lo que hoy es el pueblo de Finibusterrae. Por capricho de algún burócrata, el Estado rehabilitó la cárcel luego de décadas de olvido. Pero los espectros nunca abandonaron el lugar...

—Entonces —dije sin poder creer aquella historia—. Vosotros sois...

—No temas, Diego Jiménez —me tranquilizó el alcaide—. Sabemos que eres inocente, no estarías aquí si no lo fueras... Haremos justicia contigo, como es nuestra costumbre... La justicia que no se hizo con nosotros...


Nunca supe si me golpearon o me administraron un sedante. Lo único que recuerdo es que, cuando al fin recobré el conocimiento, estaba sentado en el banco de una estación de ferrocarril. Vestía unas ropas que no eran mis ropas. El billete de tren que encontré en el bolsillo de la americana —junto a un documento de identidad que tampoco era mío— me llevó a Sacramentos, una apacible ciudad rural al sur de Genteovejuna.

Al llegar, me instalé en una hermosa casa rural, propiedad de Alberto Sánchez. Allí cuido de un pequeño huerto y tengo unos cuantos animales. Algunas noches pienso en Lupita y me digo que me gustaría saber realmente qué le ocurrió...

Por cierto, Alberto Sánchez es el nombre que figura en mi nuevo documento de identidad. Cada día tengo un recuerdo más borroso de quien fuera Diego Jiménez y no creo que en Los Penitentes vuelvan a tener noticias de él... Es natural. Como todo el mundo sabe, nadie regresa de Finibusterrae.



(Publicado originalmente el 20 de octubre de 2011)

jueves, 5 de septiembre de 2013

Cásting

 
—¿Cómo te llamas, bonita? —preguntó Jean Pierre.

—Laura —dijo ella—. Laura Figueras.

—Un nombre precioso... Se queda grabado, no será necesario cambiártelo. Me gusta. Me gusta.

—Gracias...

El hombrecillo hablaba a gran velocidad al tiempo que ajustaba, hiperquinético, la lente de su cámara. «Al menos la mitad de sus movimientos no sirven para nada», pensó Laura. Había algo en él que le provocaba cierto rechazo pero no acertaba a decir qué. De todos modos, le regaló su mejor sonrisa. Jean Pierre Leducq era un personaje influyente dentro del mundillo de la moda y se había fijado en ella; de los miles de books que debía recibir cada semana había puesto los ojos ¡nada menos que en el suyo!... Laura estaba dispuesta a sacar provecho de aquel giro inesperado del destino.

Jean Pierre fijó la cámara fotográfica sobre el trípode y se le acercó. Con dos dedos de su huesuda mano, levantó el mentón de la muchacha para poder contemplarla mejor. Se sostuvieron la mirada durante cinco segundos que a Laura le parecieron interminables.

—¡Cuanta belleza! —exclamó, mostrando un afectado estado de éxtasis—. Eres exactamente la chica que estamos buscando para la campaña del desodorante.

—¿Lo dice de verdad?

—¡Por supuesto, pequeña! ¡Jean Pierre nunca miente!

Con gesto teatral dio media vuelta y le indicó a la maquilladora que se acercara.

—Encárgate de ella —dijo mirando al techo—. Quiero que le des un aire sensual pero sin arruinar esos cándidos ojazos. Que provoque ternura y morbo al mismo tiempo.

La chica obedeció con diligencia.

—¿Qué tal te sientes, preciosa? —preguntó Jean Pierre.

—Un poco nerviosa —dijo Laura, dubitativa.

—No tienes por qué, ya verás que esto es algo de lo más natural... ¿Es tu primera vez?

—La verdad es que sí... ¡Pero tengo muchas ganas de aprender! No se arrepentirá de haberme elegido...

Laura había girado la cabeza para mirar a los ojos a su interlocutor. La maquilladora la devolvió a su posición original para seguir trabajando.

—No te muevas, por favor.

Jean Pierre se colocó a espaldas de la muchachita y comenzó a acariciarle los hombros, pelizcando suavemente sus trapecios, a modo de masaje.

—Estás toda contracturada —dijo—. Relájate y disfruta del momento, ya verás que nada malo te sucederá.

De un brinco, volvió a su puesto detrás de la cámara. Laura pensó que era un hombre bastante excéntrico pero... «¡En fin!», se dijo, «así son estos tipos de la farándula».

—¿Ya has terminado, Miriam?

Sin responder verbalmente, la maquilladora se retiró a un costado del set.

—En general, de los cástings se encarga algún fotógrafo de la agencia. Pero en tu caso vi algo especial. Un ángel oculto que, de alguna manera, tenemos que sacar a la luz...

Foto: Laura Figueras
—¿De veras? —Laura comenzaba a entusiasmarse nuevamente.

—Sin duda. Hay un alma pura y noble detrás de tu mirada... ¡Eso es lo que quiero mostrar!... Y no es mérito de la producción fotográfica, no, porque donde mejor se ve ese ángel es en las fotos que te sacas tú misma para el Facebook...

—¿Se han metido en mi Facebook?

—Es parte de nuestro trabajo. Así descubrimos a las chicas con auténtico estilo... De las que aparece una en un millón, inimitables... ¿Cómo era tu nombre?

—Laura Figueras —dijo ella halagada, aunque algo desconcertada.

—¡Laura Figueras, sí!... Un nombre hermoso y con fuerza, la mente no puede olvidarlo. ¡Ni se te ocurra cambiarlo por un nombre artístico! Laura Figueras es perfecto... A ver, mira a cámara por sobre el hombro.

Laura obedecía las indicaciones de Jean Pierre. Se sentía cómoda con él, aunque un algo muy pequeño en su interior le decía que debía huir cuanto antes de allí.

—Así, muy bien... Con más sensualidad... La cámara te quiere, Laura. Sonríe, sonríe a Jean Pierre —decía Jean Pierre sin dejar de disparar.

Minutos después dejó la cámara a un costado y miró fijamente a la muchacha.

—Estás saliendo preciosa... No sé si comprendes la magnitud de lo que está sucediendo aquí... La campaña del desodorante será sólo el comienzo.

—¿El comienzo? —preguntó Laura sin terminar de creer en su suerte.

Jean Pierre se acercó a la modelo.

—El comienzo de una enorme carrera.

El hombrecito dio media vuelta sobre sus talones, con un ademán de desdén.

—Por favor, Miriam, cierra la puerta al salir. Jean Pierre desea mantener una conversación privada con la señorita.

Laura sintió un escalofrío. Una chica decente no debe fiarse nunca de alguien que habla de sí mismo en tercera persona. ¿Hasta dónde sería verdad lo que aquel hombre prometía? Necesitaba creer pero su vocecita interior se oía cada vez con más fuerza. ¿Por qué querría ese hombre quedarse a solas con ella?

—Una mirada como la tuya no se encuentra todos los días —dijo Jean Pierre cuando la puerta se hubo cerrado—. Muchas chicas pueden desnudar su cuerpo ante la cámara pero pocas, como tú, pueden desnudar el alma —acercó una mano a la cara de Laura y acarició sutilmente una de sus mejillas—. Un alma pura, inocente... Llena de vitalidad... Te falta muy poco para convertirte en modelo profesional... Y Jean Pierre puede darte lo que te falta si tu confías en Jean Pierre.

Laura dudaba cada vez más de las intenciones de aquel hombre. ¿Cómo iba a creerse tan especial, justamente ella, habiendo tantas chicas más guapas?... No era ninguna tonta, había escuchado cientos de historias sobre el mundo de la moda. Con todo lo glamoroso que parecía estaba lleno de degenerados que no escatimaban en promesas para usar y abusar de las novatas. Ella no caería en la trampa, decidió, no se convertiría en el objeto sexual de nadie.

—¿Puedes imaginarlo? —seguía diciendo Jean Pierre, sin hacer caso de la ansiedad de Laura—. Tu foto por todas partes, gigantografías en carteles publicitarios de las principales ciudades... Luego vendrían los desfiles de moda para las marcas más prestigiosas... Primero Genteovejuna y después, ¡el mundo entero!... Tu foto en la portada de las revistas más importantes, con el nombre bien grande en letras de molde: ¡Laura Felgueras!

—Figueras...

—Eso —dijo, con una sonrisa que a Laura se le antojó perversa, acentuada quizás por las sombras que se formaban en las huesudas facciones del hombrecillo y, sobre todo, por el fino bigote en forma de anchoa y exageradamente largo, que deformaba su sonrisa en una mueca siniestra.

Jean Pierre volvió a colocarse detrás de ella para acariciar sus hombros. Laura sintió un escalofrío recorriéndole la columna vertebral. El pánico la había paralizado.

—Imagínatelo... Giras, producciones fotográficas, publicidades, desfiles... Mostrándote tal cual eres para que el planeta entero se rinda ante ti... Tal vez llegues a tener tu propio programa de televisión...

—¿Usted cree?

—Puedes tutearme, estamos en confianza —hizo una pausa mientras acariciaba con sus pulgares las crevicales de la muchacha—. Por supuesto que lo creo... Hace años que no aparece una chica con tu carisma, ya ni me acuerdo cuál fue la última... Jean Pierre puede convertirte en la número uno con sólo chasquear los dedos... Claro que todo tiene su precio...

¡Ya estaba! ¡Lo había dicho! Aquel era el momento en que debía decidir si se convertiría en la nueva perra del mundo del espectáculo o continuaría con su vida anónima, trabajando de nueve a dieciocho y librando los fines de semana.

—¿Qué quiere decir con eso?

—Tutéame... Nada de importancia... No serías la primera ni la última que accede al trato... Simplemente Jean Pierre hace algo por ti y tú haces algo por Jean Pierre... ¿No crees que es justo?

—Sigo sin entender. Y confieso que esta situación no me está gustando nada—. Era verdad; Laura estaba al borde de la histeria, pronta a huir de aquel set y de su futuro si eso implicaba prostituirse.

—Tranquila, bonita... Es una tontería en comparación con la fama y la fortuna que estoy ofreciéndote... Sólo debes entregarme una insignificante parte de ti...

—Pero ¿qué...?

—Ni siquiera notarás su ausencia. Lo único que necesito es tu alma...

Laura sintió cómo cada uno de los músculos de su cuerpo se relajaba de golpe. De pronto, la sonrisa de Jean Pierre no le pareció tan siniestra. Y comenzó a ver el gesto cómplice de un amigo en aquel rostro anguloso y huesudo.

—De modo que sólo era eso —dijo ya completamente distendida—. Por un momento pensé que tú pretendías...

—Así está mejor; tutéame... Ahora haz el favor de acompañarme. Jean Pierre tiene tu contrato listo y esperándote en su oficina...


(Publicado originalmente el 29 de septiembre de 2011)

jueves, 6 de junio de 2013

Este es el título


Esta es la primera oración del texto. Esta es la segunda oración. Esta es la tercera. Esta oración intenta situar la historia de este relato en determinado escenario pero no lo logra. Esta oración no puede menos que criticar a la anterior por generar falsas expectativas en el lector y, rápidamente, informa que la acción se desarrolla en un bar céntrico de la ciudad capital de Genteovejuna. Esta oración intenta matizar el concepto de «céntrico», que en la oración anterior hace referencia a un barrio muy transitado no por su interés turístico o administrativo, sino por contar con la estación ferroviaria más importante del país. Esta es la última oración del primer párrafo.

Esta oración habla de sí misma. Esta oración, también. Esta oración señala que la anterior, al carecer de verbo, no alcanza la categoría lingüistica de oración y es, —a lo sumo— una frase. Esta oración apoya la opinión de la anterior ya que encuentra satisfacción en rebajar a las demás de categoría. Esta oración pretende regresar a la acción en el bar pero está tan ocupada autodefiniéndose que apenas consigue que el hecho quede mencionado. Esta oración habla de la rubia que entró al bar y se sentó a la barra, en un taburete aledaño al de un joven desaliñado que ha bebido más de la cuenta. Esta oración sigue la mirada del joven desaliñado, que se clavó en la cara de la muchacha, que pidió al barman un Martini seco. Esta oración acompaña el giro de cabeza de la muchacha e intenta un silencio dramático cuando su mirada encuentra la del joven. Esta oración se detiene en el gesto de él, a quien ella le recordaba a otra más lejana.

—¿Algún problema? —dice esta oración que la mujer preguntó.

—Unos cuantos —deja constancia esta oración que respondió el joven—, pero me he olvidado de todos ellos nada más verte.

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Esta oración pide perdón por la súbita aparición de una oración perteneciente a otro texto. La presente oración desmiente a la anterior e informa a usted que se encuentra leyendo la novela Cien años de soledad, de la cual —por una pequeña errata de edición—, sólo se ha incluido la primera frase.

—No estoy para tonterías —dice esta oración que dijo la mujer, retomando el diálogo interrumpido por el párrafo anterior.

—Yo tampoco —dice esta oración que dijo él y ahí nomás se puso a narrar los roces personales que experimentaba a diario con los compañeros de la casa de comercio para la cual trabajaba. Esta oración cuenta que ella, lejos de compadecerse, le dijo «eso no es nada» y el joven desaliñado debió tolerar estoicamente una extensa perorata acerca de las vicisitudes diarias de la chica y de lo egoístas y miserables que resultaban sus compañeros de trabajo. Esta oración tiene la misión de notificar que no se reproduce aquí todo el diálogo por no aburrir al lector.

Esta oración informa que se hizo un breve silencio cuando el barman se acercó para servir el Martini a la rubia.

Sin que esta oración llegue a comprender la coherencia semántica del hecho, la muchacha hiló magistralmente el monólogo sobre sus desgracias laborales con una anécdota de la vez que la compañía telefónica quiso esquilmarla facturándole llamadas que no había hecho. Esta es la mejor oración de este texto y todas las demás son mediocres. Esta oración opina que la anterior es una oración estúpida e insegura. Esta oración habla de la indignación conque el joven desaliñado contó su propia experiencia con la provebrial sobrefacturación practicada por las compañías de servicios.

Esta oración cuenta que, luego de dos o tres ejemplos más sobre la impunidad empresarial, la muchacha le contó al joven sobre lo cotillas que eran todas las mujeres, excepción hecha de ella misma. También dio ejemplos detallados sobre este tema, dice esta oración con cierto sarcasmo.

Esta oración se define a sí misma. Esta oración explica que, al terminar su Martini, la rubia comenzó a hablar de la maldad inherente al sexo masculino en general, concluyendo que todos los hombres son iguales.

—Todos menos yo ­—dice esta oración que dijo el joven y, sin dar lugar a réplicas, se apresuró a contar historias pasadas que, tal vez gracias a algún adorno narrativo, ejemplificaban su propia sensibilidad y empatía con el entorno.

Esta es una oración a la virgen de Guadalupe. Esta oración cuenta que, sin que él llegase a terminar su discurso, la muchacha recibió una llamada que la tuvo ocupada durante un breve tiempo. Esta oración informa que el joven pagó su cuenta y se retiró del bar antes de que la muchacha cortase el teléfono.

Esta oración miente y tiene al menos una proposición paradójica. Esta oración explica que, algunos meses después, la muchacha recordó por un instante aquel encuentro fortuito con el joven desaliñado. Volvió a olvidarlo en seguida, aclara esta oración. Esta oración intenta profundizar en el hecho de que ninguno de los dos llegó a saber siquiera el nombre del otro. Esta oración va más allá e informa que tampoco sabrán nunca que aquel encuentro sería el único momento en que ambos coincidirían en tiempo y espacio y, sin embargo, estaban hechos el uno para el otro.

Esta es la primera oración del último párrafo. Esta oración habla de lo difícil que es contar una historia —y lo engorroso que se vuelve comprenderla—, cuando todas las oraciones están demasiado ocupadas definiéndose a sí mismas. Esta oración lamenta la actitud de sus compañeras y pide disculpas al lector por la ausencia de contenido que en este texto pudiese encontrar. Esta oración intenta establecer un paralelismo entre las oraciones de este texto y la mayoría de las personas que pueblan actualmente Genteovejuna. Esta oración pretende redondear de forma impactante la reflexión final y se avergüenza de sí misma por no haberlo conseguido. Esta es la última oración de este texto.

Esta oración acusa de mentirosas a la primera y la última oración del párrafo anterior. Esta sí es la última oración de este texto.

Este es el pie de la ilustración que hizo Txiki

(Publicado originalmente el 3 de noviembre de 2011)

jueves, 2 de mayo de 2013

Amar, temer, partir


Bajé del tren en la estación vieja de Concepción y recorrí a pie los ocho kilómetros que median hasta Los Penitentes. Mi paso era pausado y monótono, sin prisas, como el de quien intenta integrarse al paisaje. Obedeciendo al progreso, algunas cosas no estaban igual a cómo las recordaba. Había menos árboles y el pavimento de la carretera era de mejor factura. Pequeñas tiendas de provisiones regenteadas por inmigrantes habían prosperado a lo largo del camino en virtud de la competencia de sus precios. Por el contrario, el antiguo Hotel Casanegra había cerrado sus puertas hacía tiempo —supongo que, en algún momento, los modernos medios de transporte volvieron inútil un hotel a medio camino entre La Ciudad y Los Penitentes—. El edificio, sin embargo, mantenía aún la imponente belleza de los años dorados.

A pesar de los múltiples cambios, la región había conservado su esencia. Me alegré por ello y deseé que el pueblo tampoco la hubiese perdido. De alguna manera, reencontrarme con sitios que movilizasen mis recuerdos sería como detener un poco el paso del tiempo, como regresar —a través del lugar­— a aquella época tan cargada de significados para mí... Las calles —algunas de tierra, otras empedradas— en las que fui haciéndome hombre a la fuerza... El adorado pueblo que, hacía ya siete lustros, me había visto amar, temer y finalmente partir...

Doscientos metros antes de llegar, distinguí el modesto cartel de madera de cedro que anunciaba «Bienvenidos a Los Penitentes». La pequeña gasolinera que había sido de don Néstor estaba aún a la entrada del pueblo. La pintura se caía a pedazos y las paredes estaban muy deterioradas —lo que no señalaba el paso del tiempo, así había estado desde que tengo memoria—. Entré a la diminuta tienda donde un mismo estante amontonaba bebidas, revistas, latas de conservas y aceite de motor. Detrás del mostrador, un anciano castigado por los años me dio la bienvenida.

—¿Qué se te ofrece, hijo?

Al oír su voz lo reconocí. Era el mismísimo don Néstor, quien ya era viejo cuando partí. Al parecer, aún le quedaban energías para continuar con el negocio.

—¿No me reconoce, verdad?

El viejo entornó los ojos, en un esfuerzo por examinarme en busca de algún rasgo distintivo que hubiese pasado por alto.

—Lo siento, hijo —dijo luego de unos segundos—. Casi he perdido la vista por completo...

—Hace mucho tiempo este era mi pueblo.

—Sigo sin reconocerte...

—Da igual... ¿Tiene aquí algún producto típico de la zona?.. Tal vez aquel licor de naranjas silvestres de la Casa Villalba, o algún libro que relate la historia de la región, o alguna de aquellas cajas de madera bellamente talladas por los hermanos Jiménez... ¿Viven aún aquí, los hermanos Jiménez?

—Sólo Gonzalo. Diego se vio envuelto en una historia turbulenta hace algunos años. No creo que vaya a regresar del sitio al que lo llevaron... En cualquier caso, Gonzalo ya no se dedica a la carpintería... Pero tengo unas cuantas botellas de la Casa Villalba, siguen produciendo el mismo licor de siempre. Y si quiere algún libro representativo de la región ¿qué mejor que la biografía de Juan Viernes, nuestro héroe popular?

El viejo extendió el brazo para acercarme una edición de bolsillo en cuya portada se veía a un guerrero rubio empuñando su espada con una hermosa jovencita colgada de sus hombros.

—¿Juan Viernes? —pregunté interesado.

—¿Acaso no lo conoces?... Él nos liberó del yugo opresor de la familia Farías.

—¿La familia Farías ya no controla el pueblo?... Algo había oído...

—¿Cuánto hace que no vienes por aquí? Hablas como un forastero. El viejo Farías desapareció misteriosamente en el ochenta y cinco, el mismo día que se marchó Juan Viernes. Por eso supimos que fue él quien, al no poder derrotarlo de forma definitiva, se lo llevó para entregárselo al Diablo. Su hijo resultó ser un pobre infeliz que poco a poco fue perdiéndolo todo. Nunca acabaremos de agradecer lo que Juan Viernes hizo por nosotros...

Pagué por el libro y la botella de licor y me interné en el pueblo. Encontré el primer cambio a la entrada misma. Habían erigido un enorme pedestal donde se alzaba, en bronce, una estatua ecuestre del nórdico guerrero llamando a la batalla. A ras del suelo, una placa de mármol sentenciaba: «El pueblo de Los Penitentes a Juan Viernes, su libertador».

Poco después, paseando por las calles, vi varios altares con la imagen de Juan Viernes custodiando la entrada de muchos hogares. Calles, fábricas y edificios de oficinas habían tomado el nombre del nuevo héroe y, en apenas media hora, me crucé con cinco niños que se llamaban Juan Viernes.

Contrariado, fui a sentarme a uno de los bancos del Parque Juan Viernes, el más grande y soleado del pueblo. Comencé a leer el libro que había comprado. A las pocas páginas, la historia ya había adquirido las características de un mito: Juan Viernes leía y escribía a los dos años y a los siete ya enseñaba historia y matemáticas a obreros adultos. En su adolescencia, decía el libro, había comenzado su lucha por los derechos de los trabajadores. Una vez había derrotado él solo a un ejército de matones de la familia Farías. Los matones eran descriptos como una especie de guardia pretoriana entrenada para matar. El libro terminaba el día en que Juan Viernes había entrado a la mansión de los Farías, derrotando a una jauría de feroces canes (se sugería, incluso, que había luchado contra un dragón), para llevarse bien lejos al hombre que había sido, prácticamente, el dueño de todo el pueblo hasta ese día.

Al cerrar el libro noté que una joven guapa y esbelta me observaba desde el banco de enfrente.

—¿Te interesa la vida de Juan Viernes, forastero?

—Un poco —le contesté, intentando ocultar mi curiosidad.

—Yo fui su amante —confesó embelesada—. Jamás conocí ni conoceré hombre como él. Medía casi dos metros de altura y se diría que su musculatura había sido torneada por el herrero de los dioses. Parecía un ángel cuando me miraba con esos tiernos pero curtidos ojos azules, mientras el viento ondeaba entre sus rubios cabellos.

La muchacha estaba en éxtasis y, a medida que hablaba, su expresión se volvía cada vez más enajenada.

—Estuve con él la noche que luchó contra el dragón. Con estas mismas manos curé sus heridas y fui yo la última persona que le vio antes de que cogiera el cuerpo de Farías y se perdiera para siempre en el mar... ¡Oh, Juan Viernes, cuánto te debe el pueblo de Los Penitentes!

—Eso no fue así y tú lo sabes —le dije, ya un poco harto de tanto Juan Viernes—. El mar está a casi setenta kilómetros de aquí y el único camino que lleva hasta él atraviesa Concepción de punta a punta. Es imposible que alguien hubiese cruzado La Ciudad sin ser visto, máxime si iba cargando el cuerpo del hombre más importante de la región.

—¡Tú que sabes! —gritó la joven encolerizada—. ¡No estabas ahí cuando eso ocurrió!

—Y tú tampoco. No tienes edad suficiente. Aún no habías nacido el día que Juan Viernes fue visto por última vez.

Fuera de sí, la joven comenzó a golpearme en el pecho.

—¡Maldito resentido! ¡Hablas así porque eres un envidioso, como todos los forasteros!... Envidias a Juan Viernes porque era hermoso, valiente, buen amante y generoso con su pueblo... ¡Y tu siempre serás un pies negros gordo y medio calvo despreciado por las mujeres!...

Hice mutis por el foro con la máxima discreción de la que era capaz. Realmente me había dolido lo de calvo, me recordaba el paso del tiempo. Al resto de los insultos de la muchacha ya me había acostumbrado. Nunca fui un hombre delgado y mi color de piel era más bien uno de los que despertaban odios entre los hombres más irracionales y peligrosos que habitan este mundo. Desde muy pequeño había padecido por eso. En parte fue ese desprecio el que despertó mi rebeldía hace treinta y cinco años, cuando yo era un obrero más en una de las fábricas de la familia Farías.

Antes de abandonar definitivamente el pueblo, entré nuevamente a la pequeña tienda de la gasolinera y le devolví su libro a don Néstor.

—Este libro no cuenta la verdad —le dije.

El viejo levantó la cabeza e intentó forzar su casi extinta mirada.

—El señor Farías fue internado en un manicomio. Ningún héroe lo secuestró para liberar a nadie. Su hijo malvendió sus bienes y las fábricas son ahora propiedad de unas cuantas empresas extranjeras.

­—¿Qué estás diciendo, forastero?

—Juan Viernes fue un hombre que luchó por los derechos de todos sin conseguir apoyo de nadie. El mismo pueblo que hoy lo idolatra le dio la espalda, muerto de miedo, cuando quiso liberar a los obreros de la opresión patronal. Dígame, don Néstor ¿son mejores las condiciones de vida ahora que el pueblo está en manos de esas multinacionales?

El anciano se lo pensó. Vi rodar una lágrima por su mejilla.

—Yo diría que, más bien, todo lo contrario.

—¿De qué os habéis liberado, entonces?

El anciano comenzó a dar bocanadas al aire, agitado, sin poder articular palabra.

—Juan Viernes se vio obligado a huir para no ser víctima del miedo de sus propios compañeros. Ocurrió hace treinta y cinco años. Todavía lo recuerdo.

Don Néstor tardó unos segundos en comprender.

—Quiere decir que usted...

—Sí —solté con brusquedad—, yo soy Juan Viernes.

Parsimoniosamente, el anciano se acercó a mí y estiró una mano temblorosa para palpar los escasos pelos oscuros que aún me quedaban en la nuca.

—Es verdad —dijo entusiasmado—. Ahora lo veo claramente... ¡Puedo ver tu hercúlea figura y tu rubia cabellera ondeando al viento!... ¡He recobrado la vista!... ¡Sólo Juan Viernes sería capaz de semejante milagro!...

Me retiré, asqueado de todo, mientras el pobre viejo ciego manoteaba el aire a mi alrededor. Emprendí por última vez el camino que me alejaría de Los Penitentes. Entonces supe que había sido un error el regreso, que el pasado no retorna para recuperar las oportunidades que una vez nos dio.

—Por favor, Juan Viernes, no te vayas—. La voz del viejo se iba volviendo inaudible a medida que me perdía en la distancia—. ¡Cuéntame cómo fue que venciste al dragón para liberarnos de esos oligarcas!

Mi pueblo ya había elegido. Prefirieron crear una fantasía en torno a mí. Una fantasía en la que los liberaba de la opresión capitalista. Una fantasía que los eximiera de la propia lucha, la única a través de la cual podrían haberse liberado realmente. Aún lloro por las noches pensando en todo lo que íbamos a ser antes de ser lo que fuimos.

A veces pienso que nunca conseguiré perdonar lo que han hecho con mi memoria, tergiversando todos aquellos ideales por los que una vez luché, convirtiéndome en un mito más al servicio del conformismo.

Y en eso estamos empatados.

Ellos tampoco me perdonarían si supiesen cuan distinto soy a mi leyenda.


Ilustró: Txiki González


(Publicado originalmente el 15 de marzo de 2012)

jueves, 4 de abril de 2013

Una ayuda


Me quedé hasta tarde en la oficina aquel martes. Llegué a comprar tabaco justo un minuto antes de que cerrara el estanco.

Era el invierno más frío de las últimas décadas y la gente se mantenía alejada de las calles al caer la noche. Descarté la posibilidad de tomar el autobús. A esas horas, la frecuencia del servicio no era más que una expresión de deseos y la idea de congelarme esperando en la parada no tenía nada de seductora. Encendí un cigarrillo y me abroché el gamulán. Estaba a poco más de quince minutos de casa, cortando por el callejón de la antigua fábrica de aluminio.

Anduve a paso ligero para mantener el calor corporal. Tuve que detenerme al llegar a la Gran Vía para no ser atropellado por un Nissan que pasó con luz roja. Otro coche lo perseguía a cierta distancia. ¡Hay cada loco!... Por lo demás, la calle estaba desierta. Crucé la Gran Vía y me metí por el atajo que conocía. Estaba oscuro y la neblina acortaba aún más la visibilidad en el callejón. Abracé mi maletín y agaché la cabeza para protegerme del viento con la bufanda. El monótono taconear de mis pasos era el único sonido que se oía y al poco rato me acostumbré a él, incorporándolo al silencio de la noche. La ciudad dormía y era como si el olvido se hubiese adueñado de cada suceso cotidiano. Deseé haber llegado ya al calor del hogar y conectar la tele para volver a sentirme parte de algo, alejarme del olvido. No somos más que olvido. La ciudad vacía es olvido. Te hace olvidar... Te olvida... ¿De qué estaba hablando?

—Señor, ¿puede ayudarme, por favor?

La voz del vagabundo me devolvió a la realidad. Quedé paralizado por un momento, sin saber bien qué hacer. ¿Cómo podía soportar aquel hombre las inclemencias del invierno a la intemperie?

Saqué unas monedas de mi cartera y volví a guardarla en el maletín. Cuando le tendí la mano con el dinero, el indigente se aferró a ella desesperadamente.

—Monedas, no —dijo en un grito—. Quiero que me ayude, por favor...

El tipo tenía las manos pegajosas, como si no se las hubiese lavado en años. Sentí repugnancia por el contacto pero la mirada atormentada del vagabundo despertó cierta piedad en mí.

Ilustró: Txiki González
—Tengo cigarrillos...

—Usted no comprende... No me deje solo, por favor... Tengo miedo...

Se aferraba cada vez con más fuerza a mi brazo, pringándolo de vaya a saber qué mezcla de sudor añoso con caldo de mil basurales. El asco se convirtió en horror, en ganas de huir, de no haber estado nunca frente a aquel hombre que ponía de manifiesto la cara más miserable del ser humano.

Sin detenerme a pensarlo, golpeé al vagabundo con mi maletín y logré zafarme de la presión.

Huí por el callejón, aturdido de pavor. Perdí por completo la noción de tiempo y espacio. Debí correr demasiado porque me dolían las piernas al llegar a la esquina de Aguilucho con Milonga. La vieja estación del ferrocarril. También olvidada. Cargada de olvido. Olvidándote.

¿Por qué? ¿Qué me había hecho aquel pobre tipo? ¿Me había contagiado su miedo?... Tal vez no. Tal vez sólo me había enfrentado con esa parte de la realidad de la que todos buscamos escapar.

A la luz de una débil farola, pude contemplar mis manos por primera vez: Estaban plagadas de manchas de un rojo amarronado... La sustancia que pringaba las manos de aquel vagabundo no era sudor, comprendí con espanto. A los tropezones, corrí hacia el abandonado lavabo a enjuagarme las manos. Posiblemente aquel tipo acababa de cometer un crimen cuando se cruzó en mi camino... Aquella sangre parecía humana... ¡Y estaba fresca!

Me froté las manos con desesperación debajo del grifo. Luego me mojé la cara para intentar serenarme y levanté la mirada hacia el espejo mugriento. La puerta de uno de los lavabos se abrió a mis espaldas. Con paso firme y tranquilo vi aparecer al mismo vagabundo en el espejo. Di media vuelta y me enfrenté a él. Tenía las manos ensangrentadas e incluso alguna salpicadura le manchaba la cara.

—Fue horrible lo que sucedió en aquel callejón. Necesito ayuda...

—Comprendo —dije intentando calmarlo. El indigente me sostuvo la mirada—. Usted quédese aquí, pídase un trago en el bar de enfrente. Yo invito... Iré a buscar a alguien que pueda ayudarlo.

—¡A mí no me engañas! ¡Piensas llamar a la policía!

—De ninguna manera, quédese tranquilo...

—No me engañas... Los hombres de corbata sois todos unos chivatos.

Sin darme tiempo a reaccionar, me empujó y salió corriendo del lavabo.

—¡La policía no! —gritó.

Cuando logré recomponerme y asomarme a la calle, el hombre ya había desaparecido. Armándome de valor, decidí caminar nuevamente hacia el callejón.

Una vez allí, un sonido agudo y monótono me devolvió a la realidad. Era una sirena policial que se oía cada vez más nítida. Dentro del callejón había un cadáver... Y el olvido que poco a poco se iba diluyendo...

Seguí mi camino intentando recordar... Aquel vagabundo, el hombre que había suplicado mi ayuda, yacía muerto sobre el asfalto. Había sido golpeado brutalmente y la sangre aún no se había coagulado.

«No somos más que olvido», pensé y toda la ciudad parecía sumirse nuevamente en ese olvido. Apuré el paso, deseando llegar lo antes posible a mi casa para conectar la tele y volver a sentirme parte de algo. Conectarme a la realidad y abrir el maletín para borrar las huellas del arma homicida, como tantas veces lo había hecho... Aunque después se me olvide.

(Publicado originalmente el 24 de noviembre de 2011)

jueves, 7 de marzo de 2013

Casanegra

«(...)it's still the same old story
A fight for love and glory
A case of do or die
The world will always welcome lovers
As time goes by»

Herman Hupfeld

Por más que forcejeó, no pudo moverse del sitio. Sin saber cómo, Miguel había quedado atrapado en esa red pegajosa que se adhería a sus brazos y piernas. Tomó conciencia de lo que le estaba ocurriendo cuando vio a la araña, negra y amenazante. Había caído en sus redes. Intentó escapar sacudiendo todo el cuerpo pero el esfuerzo fue inútil. La araña se le acercaba abriendo y cerrando lentamente los dos dientes, entre los cuales cabía el cuello de Miguel. Y justamente a su cuello iba dirigido el ataque.

—¡Nooo! —gritó incorporándose sobresaltado de la cama donde había pasado la noche. Se puso de pie y recorrió la habitación con la mirada. No recordaba el lugar.

Con el corazón aún acelerado por la pesadilla, abrió la puerta y se asomó a un largo pasillo sembrado de puertas iguales, todas cerradas.

—¡Hola! —dijo—. ¿Hay alguien ahí?

Caminó por el suelo alfombrado, moviéndose sigilosamente hacia la escalera que se veía al final del pasillo.

—¡Hola! —repitió.

—Buenos días —la voz llegó desde la planta baja. Miguel se precipitó hacia ella.

El amplio comedor del hotel estaba vacío a excepción de una de las mesas cercanas a la puerta de la cocina, desde la que una joven morena de aspecto agradable sonreía al recién llegado.

—¿Ha dormido bien? —preguntó la muchacha.

—No lo sé —contestó Miguel esforzándose por hacer memoria—. No lo recuerdo... ¿Quién es usted?

—Es verdad, no me he presentado. Disculpe la descortesía... Mi nombre es Carmen y soy la dueña del hotel...

—Le parecerá extraño pero no recuerdo cómo he llegado hasta aquí.

—¡Vaya problema! —exclamó ella con gesto de preocupación—. ¿Qué le parece si desayunamos juntos mientras intenta recordar?... Los huéspedes de anoche se han ido temprano, estamos solos.

Miguel se sentó a la mesa, dejando que sus pensamientos se perdieran a lo largo del sobrecargado ribete del mantel.

Carmen regresó a los dos minutos con café, bacon y huevos.

—Bien —dijo mientras le servía—. En principio no son muchos los caminos que conducen hasta aquí... Ayer era tarde en la noche cuando usted apareció. Seguramente venía del pueblo... Le di una habitación sin registrarlo. ¿Puede decirme, ahora, su nombre para poder anotarlo en mis libros?

—No lo sé—. Acababa de comprenderlo horrorizado—. No lo recuerdo... ¡No consigo recordar absolutamente nada!...

Aquello no era del todo cierto. Algo sí que recordaba. Recordaba la horrorosa pesadilla que esa mañana lo había arrebatado de las sábanas.

—Horrible, horrible— repitió, haciendo presión con sus dedos sobre el entrecejo.

La mujer, compasiva, tomó la mano de Miguel, esforzándose por infundirle confianza con una caricia.

—Intenta no preocuparte. Estas cosas son más comunes de lo que crees y la mayoría de las veces duran unas pocas horas.

Con suavidad, estiró sus dedos y extendió la mano de Miguel con la palma hacia arriba.

—¿Te cuento un secreto? —Sus ojos negros quedaron fijos en los de él. —Sé leer la vida en las lineas de las manos —dijo en un murmullo.

Miguel volvió a tensionarse.

—Tranquilo... No haremos nada que tú no desees... Si quieres puedo contarte cómo te vimos llegar aquí anoche.

—¿Me vieron?... ¿Quiénes?

—Anoche había fiesta en Casanegra, al menos doscientas personas...

—¿Casanegra?

—Es el nombre del hotel. El señor Farías, un rico terrateniente de la zona, era quien lo había arrendado por entero para recibir a unos inversionistas. Este mismo salón estaba lleno de gente hace unas horas... Tú llegaste en medio de una tormenta torrencial que se desató imprevistamente. El hotel estaba cerrado al público pero, dadas las circunstancias, el señor Farías te permitió entrar a refugiarte y participar de la fiesta.

—No recuerdo la fiesta, ni la tormenta... Ni quién soy.

—Pues anoche estabas muy cansado. Bebiste apenas un par de copas con los invitados y luego hubo que prepararte una habitación. Ese pijamas que llevas puesto era del señor Farías.

—Deberé agradecer su hospitalidad cuando lo vea...

—Ya se ha marchado. Y tú tienes cosas más urgentes de las que ocuparte... Déjame ayudarte... Tal vez arriba, entre sus ropas, haya algún documento que acredite tu identidad...

—Es verdad —dijo Miguel recuperando la confianza—. Subiré a ver.

Carmen lo siguió a la habitación donde escudriñaron entre sus escasas pertenencias hasta encontrar el pequeño documento en forma de libreta.

—¡Aquí está! —exclamó él mientras pasaba ansiosamente las hojas—. ¡Miguel!... ¡Me llamo Miguel Ríos!... Creo que ya comienzo a recordar algo—. Y le pasó el documento a Carmen para que lo viera ella también.

—¿Qué recuerdas?

—No lo sé, es algo vago aún...

—Miguel Ríos —corroboró Carmen mirando la libretita—. Pero... No puede ser... Esta libreta fue emitida en Olmos Viejos, Genteovejuna, en el año 1992.

—Es fantástico... Vuelvo a saber mi identidad—. Miguel controló su euforia al ver la expresión preocupada de la mujer—. ¿Hay algo de malo?...

—Nada, sólo que estamos a medio camino entre Concepción y Los Penitentes, a más de mil kilómetros de tu hogar. Deberás recordar cómo llegaste hasta aquí... Sobre todo porque estamos en 1942... ¡Tu Libreta de enrolamiento no será emitida hasta dentro de medio siglo!

Ilustró: Txiki González
Otra vez la sensación de no poder moverse, de ser un insecto atrapado en la telaraña. Y la araña que se acercaba irreversiblemente para hacer presa de él...

 —¡Despierta! —dijo Carmen, sacudiéndole los hombros. Aún en estado de shock, pudo ver la angustia en la cara de su anfitriona—. Intenta controlar tus emociones, Miguel, todo esto tiene que tener una explicación lógica... Vamos a buscársela...

—Pues a mí no me mires... Eres tú la adivina...

—Tienes razón. Si me lo permites, puedo leer las lineas de tu mano...

Volvieron a la planta baja y se sentaron en las mecedoras del jardín trasero. Carmen pasó sus dedos por la palma desnuda de la mano de Miguel pero los retiró de inmediato.

—¡Horror! —dijo—. ¡Te falta la línea de la vida!... Es la primera vez que me encuentro con algo así... En la línea de la vida se encuentra grabado el destino y el pasado... ¡A nadie puede faltarle!

Miguel ya había perdido la capacidad de asombro.

—Bueno... Si es cierto que vengo del futuro, se explica perfectamente que no tenga pasado...

—Es verdad —dijo la mujer reflexiva—, si todavía no has nacido, mal podrías tener un destino... Al menos no en este mundo...

Durante los siguientes minutos, meditaron en silencio buscando una explicación. La antigua angustia humana, acotada a lo individual. No saber quién era ni de dónde venía...

Poco a poco, Carmen se fue acercando a la silla del muchacho.

—Me encantaría poder ayudarte —le dijo acariciándole el cabello. Miguel se aferró a las caderas de la mujer como a la única certeza. Ella era lo único que él conocía. Lo único concreto. Lo único tangible. La mujer. Sintió deseos de hacerla suya.

Antes de que pudiese darse cuenta, Carmen se había sentado en su regazo y lo besaba. Primero con ternura. Luego con pasión.

Cerró los ojos para entregarse a ella pero volvió a encontrarse con la gigantesca araña, cada vez más cerca de su cuello.

—Relájate —dijo Carmen al verlo estremecerse—. Intenta no pensar en nada.

Y abrió la boca para besarlo. Para comerlo. Y Miguel ya no pudo seguir evadiendo la realidad de no ser más que un moscardón atrapado en la tela de una viuda negra. Un simple insecto que, para evadirse de su destino, imaginó ser un hombre perdido en medio de una época que le era ajena.

Recuperó su identidad en el mismo momento en que los dientes de la araña comenzaron a desgarrar su frágil cuerpo invertebrado.

(Publicado originalmente el 8 de diciembre de 2011)