jueves, 14 de junio de 2012

Encuentro cercano en épocas lejanas

 
Sucedió hace tantos siglos que los hombres no contaban aún los siglos. Genteovejuna todavía no se había topado con el continente y no era más que una gigantesca isla flotando a la deriva. La agricultura no era ni siquiera una sospecha y las tribus nómadas de humanos se congregaban alrededor del fuego por las noches para mitigar el miedo a todo aquello que desconocían —que en ese entonces abarcaba casi la totalidad del corpus no escrito de los fenómenos naturales—.

Ya existía, eso sí, el concepto de norte y sur. Por eso Molrog sabía que él y su gente vivían en el sur. Tan al sur que ya nada había ni podía haber más al sur, excepción hecha —claro— del ancho Mar de los Demonios, en el que sólo un loco se atrevería a adentrarse.

Molrog no era feliz en aquel sitio. Había observado el ciclo vital de sus mayores y podía predecir paso por paso la triste existencia que le esperaba: salir de cacería o buscar frutos y raíces para procurarse la subsistencia diaria, unirse pronto a cualquier hembra para procrear y morir débil y enfermo luego de seis o siete inviernos, si tenía la suerte de no hacerlo antes a merced de alguna bestia.

Una vez, la tribu se había cruzado con un viajero solitario. El hombre parecía haber vivido mucho más que cualquiera de cuantos Molrog hubiese conocido. En lugar de trasladarse a pie, lo hacía montado a lomos de un extraño animal parecido al perro, pero al menos tres veces más alto, que se alimentaba exclusivamente de hierba. A cambio de su hospitalidad, el hombre obsequió a la tribu con un extraño grano y la herramienta para molerlo. Una vez convertido en polvo y mezclado con agua, el grano podía cocerse, convirtiéndose en un alimento suave y esponjoso diferente a cualquier otro que Molrog hubiese probado. También dio a las mujeres unos extraños objetos hechos con piedras y metales brillantes. Lo mágico de estos objetos era que no tenían ninguna utilidad, pero uno no podía dejar de admirar su belleza.

La única noche que pasó con la tribu, el forastero contó increíbles historias sucedidas en las remotas tierras del norte, más allá del bosque.

Así supo Molrog que había en el norte un lugar distinto donde todo era posible ya que nada había sido visto aún por vez primera. Desde que se enteró de su existencia, Molrog no pudo dejar de soñar con aquel lugar. Su ceremonia de ingreso a la edad adulta tuvo lugar dos primaveras después y al día siguiente —cargando un petate con algunas piedras afiladas, un poco de pescado seco y bastante alimento de grano (que aún no tenía nombre)—, Molrog partió con rumbo norte, dispuesto a conocer las tierras de más allá del bosque.

Anduvo bajo sol y lluvia, de día y de noche, con frío y con calor. Nada le importaba más que llegar a las fabulosas tierras del norte donde todo estaba aún por descubrirse.

Un atardecer, mientras escalaba lo que hoy es el Monte de la Derrota, se cruzó con una joven bonita que lo descendía en dirección opuesta. Ella se detuvo extrañada al verlo.

—¿Qué haces, extranjero? —preguntó la muchacha—. Por ese camino se va al norte. ¿Quién puede ser tan tonto como para querer ir al norte?

—El norte es la tierra de los prodigios —dijo Molrog.

—¿De dónde has sacado esa tontería?... Mi pueblo está tan al norte que ya nada hay ni puede haber más al norte y puedo asegurarte que es el sitio más aburrido de cuantos conozco. Allí la gente nace y muere sin que nada les suceda en medio. Retrocede sobre tus pasos, extranjero, y acompáñame al sur. En el sur las flores crecen todo el año y los hombres pueden hablar con los animales. He consultado al Mago que lee en las Estrellas y él me lo ha dicho todo. En el sur la gente se desplaza desnuda por las ramas de los árboles y viven cientos de veranos hablando con los dioses. Allí no se conocen el frío ni las enfermedades. Los hombres son apuestos y robustos y las esbeltas mujeres del sur danzan como ninfas día y noche ya que hay abundancia de todo lo necesario y no existe otra preocupación que la de ser felices.

Molrog había estado a punto de contarle la verdad a la inocente doncella, pero olvidó lo que iba a decir al oír aquel nuevo verbo.

—¿Danzar? ¿Qué significa danzar?

—Danzar, bailar... ¿De veras no has visto nunca una danza?

La joven apartó con un suave empujón a Molrog y comenzó a mover su cuerpo con gracilidad mientras emitía unos fonemas que no eran palabras ni tenían significado alguno pero juntos sonaban de maravilla. Los movimientos de la muchacha armonizaban entre sí formando hermosas figuras pero no servían para nada. Era la primera vez que Molrog veía a alguien mover su cuerpo sin ninguna finalidad. Ni en sus más extrañas fantasías hubiese podido imaginar que algo así podía hacerse. Comenzó a comprender la verdadera naturaleza de la belleza que los hombres del norte habían descubierto: objetos y movimientos tan inútiles y trabajados que no pueden dejar da admirarse. El norte debía ser una tierra realmente sublime si sus habitantes habían sido capaces de crear algo tan hermoso como la danza o los abalorios.

—Sígueme, extranjero —dijo ella deteniendo sus movimientos—, vayamos al sur y seamos felices juntos. El Mago que lee en las Estrellas me ha dicho que allí todo el mundo es feliz y él no se equivoca jamás...

Ilustró: Txiki González
Molrog continuó su camino sin despedirse de la mujer. Prefirió no contarle la verdad sobre el inhóspito sur. Al mismo tiempo que confirmaba que el norte era realmente la tierra de maravillas que había imaginado, supo que aquella mujer estaba loca y sería incapaz de comprender nada. ¿Quién en su sano juicio emprendería el rumbo sur abandonando el paraíso en el que había tenido la enorme fortuna de nacer?

Esta historia termina aquí. Preferiría no tener que contar que ambos personajes llegaron a sus respectivos destinos y murieron de pena, cada uno por su lado, extinguidas ya sus esperanzas de encontrar un lugar mejor en la Tierra, un lugar donde ser felices, un lugar que jamás existió. Tal vez la felicidad, para ellos, no estaba en cambiar de sitio sino en permanecer unidos. Abandonar la marcha a medio camino para fusionarse con aquello que realmente había logrado maravillarlos: otro ser humano, tan atractivo, tan hermoso, tan inútil en apariencia, tan enigmático y vacío al principio que no puede uno resistirse a ir desvelando de a poco los significados ocultos en el otro, esos que nos significan también a nosotros mismos, llevándonos al estado de dicha más sublime.

Hubiesen sido muy felices juntos, sí, pero murieron sin saberlo. Y no lo supieron porque vivieron hace muchos siglos, cuando Genteovejuna no se llamaba aún Genteovejuna. En ese entonces los hombres desconocían casi todo, creían en quimeras, en astrólogos y en dioses perfectos que habitaban sitios perfectos y lejanos a los que, sin embargo, se podía llegar si se andaba y sufría lo suficiente.

Afortunadamente, luego de siglos de Ilustración, aquellos tiempos de ignorancia y superchería han quedado enterrados en el pasado.

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