jueves, 26 de abril de 2012

Verdad y mentira acerca de los certificados de defunción

  
—...y entonces el hombre lo mira y le dice: «será como usted diga, doctor ¡pero ésta no tiene huesos!»

Se hizo un segundo de silencio antes de los silbidos y abucheos de rigor.

Tony Gracia se había acostumbrado al fracaso. Su carrera nunca había pasado de ser prometedora a cumplir sus promesas. Meses atrás había estado cerca de conseguir una presentación en un programa televisivo pero todo se había derrumbado cuando pasó lo que pasó y, antes de que pudiese darse cuenta, se encontraba actuando en el sótano más deprimente del extrarradio para un puñado de catetos que sólo querían burlarse de él. A pesar de que su vida tenía que mejorar bastante para ser un desastre, supo que las cosas iban a ir a peor. El dueño de aquel tugurio ya le había dado el ultimátum y, si no sucedía un milagro, aquella sería su última actuación.

Sin ninguna convicción, empezó a contar el chiste del sacramentino que fue a comprar supositorios a la farmacia. Lo hizo de memoria, mientras recordaba los acontecimientos de los últimos doce meses, los más felices de su vida.

En ese entonces hacía su espectáculo en un prestigioso café-concert de la Gran Vía. No le iba mal, pero actuaba siempre a media sala. Marcelo, el dueño del local, le había confesado que mantenía su número en cartel porque había alguien que, cada semana, pagaba el precio de la sala llena.

—Eres un tipo con suerte, parece que tus chistes son del agrado de personas solventes.

—¿Quién es él? —había querido saber Tony.

—Es ella. Y nunca he podido verla bien. Usa un enorme sombrero que oculta su rostro y se sienta en una de las mesas del fondo.

Tony había llegado a verla alguna vez, entre las sombras de la sala, pero siempre desaparecía al terminar la función. Durante varias semanas pensó en ella, en su fantasma ¿Cómo sería? ¿Qué había visto en él? Le seducía la idea de tener una admiradora secreta pero no podía dejar de sentirse intrigado.

Una noche, mientras regresaba caminando por Aguilucho a su apartamento de alquiler, fue interceptado por un Bugatti Galibier. La ventanilla del conductor se abrió unos centímetros y Tony se detuvo instintivamente. El coche desentonaba en aquel barrio como un elefante en el Carnegie Hall.

—¡Tony Gracia! —dijo una sensual voz femenina desde dentro— ¡No puedo creer que seas tú!

Se abrió la puerta del acompañante. La noche era oscura y no se distinguía bien la figura de la muchacha. Aún así, Tony subió al coche.

—En realidad sí me lo creo —dijo la chica, arrojándose a sus brazos—. Hace meses que te vengo siguiendo. ¡Soy tu más ferviente admiradora!

Ella parecía no estar en sus cabales y Tony pensó que debía huir antes de que las cosas se complicaran. Pero no huyó. Y las cosas se complicaron.

—¿Es usted quien está manteniendo mi espectáculo en cartel?

—Eso no tiene importancia. Tú te mereces mucho más. Y no me trates de usted, como si fuese una vieja... ¡Oh!... Disculpa la descortesía —se quitó el sombrero como si recién recordara que lo llevaba puesto—. Por lo general intento pasar inadvertida y a veces olvido que ante ciertas personas no debo mantener secretos.

En ese instante comenzó el año más feliz en la vida de Tony. Y también perdió todo control sobre sus decisiones. La chica era Alessandra Velázquez, la modelo estrella de la agencia de Jean Pierre Leducq.

Ahora, un año después, aquel primer encuentro había ganado una importancia medular en los recuerdos de Tony. Es curioso, pero rara vez somos capaces de reconocer la importancia del momento que estamos viviendo. Nos percatamos de ella a posteriori. Un año después, por ejemplo, mientras estamos contando un viejo chiste de nuestro repertorio, quizás por última vez, ante un auditorio que nos arroja hortalizas con la mirada...

—...«pues yo no sé cómo se aplican estos supositorios», dijo la esposa del sacramentino, «¿por qué no llamas al farmacéutico y se lo preguntas?». «¿Tú crees, mujé?», le dice el sacramentino, «¿no se enfadará si lo llamo a estas horas?»...

Tony Gracia decidió en ese momento poner fin a su carrera. Era absurdo que intentase hacer reír a los demás cuando la espesa nube de tristeza que lo rodeaba era visible a la legua. Aquel público tenía razón en abuchearlo. Era él quien ya no estaba capacitado para divertir a nadie.

—...finalmente, el sacramentino coge el teléfono y marca el número del farmacéutico...

Continuó contando el chiste por oficio, y porque no le gustaba dejar nada inconcluso. Su mente, sin embargo, estaba lejos, muy lejos del tiempo presente.

Alessandra Velázquez apenas se separó de Tony desde aquel primer encuentro. Le habló de amor y de admiración. Le dijo que él había devuelto el sentido a su vida de frivolidades. Y él se dejó amar y la amó también. Cada sitio que visitaban era el paraíso, porque el paraíso estaba allí donde ella estuviese.

Cada semana él hacía su espectáculo y se llenaba de optimismo al escuchar las risas de la mujer que siempre lo acompañaba. Pronto otras risas comenzaron a ocultar las de su amada. No hay nada mejor que la felicidad de un humorista para asegurar su éxito. Cada vez actuaba en teatros más grandes, sabiendo que aquella mujer que se ocultaba entre las sombras de la sala era lo mejor que le podía haber pasado a nadie. Guapa, cariñosa, inteligente, comprensiva.

Pasaban todo su tiempo libre entre las sábanas, en una casa de campo que la modelo tenía cerca de Lagoseco, sin más necesidad que la mutua compañía. La atracción sexual cada vez crecía más. Tony Gracia debió reconocer que estaba perdidamente enamorado de ella la mañana en que abrió la puerta para salir de aquella casa y encontró cuatro periódicos sin abrir. (Quede dicho que Alessandra sólo estaba suscrita a la edición dominical de aquel periódico).

Fue el diez de marzo —a finales del verano, poco después de decirle que esperaba un hijo suyo—, cuando ella le dio la fatal noticia.

—Voy a separarme de ti. Lo siento, Tony, pero amo a otra persona...

La otra persona se llamaba Brigitte Magnus y era la nueva promesa de la agencia de modelos de Jean Pierre. Alessandra le juró que nada de eso estaba planeado y que no quería que él saliese lastimado. Él quiso pedirle explicaciones pero, como es lógico, los asuntos del corazón no se pueden explicar.

Habían pasado casi dos meses desde aquel trágico día y Tony no había vuelto a ver a la mujer que había dado sentido a su vida. Desde entonces no se había mantenido sobrio por más de media hora y su carrera había caído en un pozo casi tan hondo como (no se me ocurren metáforas para concluir esta frase, es que nunca me he visto obligado a describir una caída libre semejante).

El patético espectáculo que ahora mismo estaba dando no era más que una muestra de su autoconmiseración. Cogiendo el micrófono con ambas manos, dio final a su último chiste:

—...entonces el sacramentino deja el teléfono y le dice a su mujer; «¡te dije que se enfadaría si lo llamaba a estas horas!»

Silencio absoluto. Luego, insultos y poco amables invitaciones a que visitara ciertos malolientes lugares.

En un último asalto de dignidad, Tony Gracia miró a su público con los ojos llenos de ira y desprecio. Quizás fue la altura del escenario lo que hizo que se sintiese por encima de todos ellos.

Ilustró: Txiki González
—Sé que todos ustedes piensan que soy un tipo patético —les dijo—. Y tal vez sea verdad, soy un pésimo humorista que ya no logra hacer reír a nadie—. Con apenas dos frases había conseguido la atención de todo el auditorio—. ¿Saben qué? ¡No me importa lo que piensen!... He conocido el amor verdadero, algo que posiblemente ninguno de los presentes conocerá jamás—. Se oyó una risa nerviosa al fondo del local—. Supongo que sabrán quién es Alessandra Velázquez, la modelo internacional. Pues ¡fue mi amante durante diez meses!... Y les aseguro que no podía vivir sin mí.

Varias risas más se escucharon por toda la sala. Tal vez por lo inesperado de la confesión, se dijo Tony.

—¡Alessandra sí que sabía apreciarme, no como ustedes, con sus vidas grises y anodinas!... Ella hacía cualquier cosa con tal de complacerme ¡Éramos tan felices!... Pero ahora me abandonó para irse con Brigitte Magnus ¿Saben de quien hablo?

Tony hizo una imitación del andar de la modelo por la pasarela y su pequeño auditorio estalló en sonora carcajada.

—¡Es verdad! —dijo Tony al borde de las lágrimas—. Lo que más me duele es que nunca conoceré a mi hijo, el niño que Alessandra está esperando...

La gente continuaba riendo de sus desgracias, pero a Tony poco le importaba. Sabía que su carrera estaba acabada y que ninguna experiencia futura se acercaría mínimamente a lo ya vivido, lo sublime.

Cuando terminó de contar la historia de su vida, el público lo aplaudió de pie. No obstante, Tony no comprendió que no se estaban burlando de él hasta cinco minutos después, cuando una joven pareja que había estado presente en la sala lo abordó a la salida del teatrucho y quiso contratarlo:

—Queremos que repita el monólogo final en nuestra boda... ¡Es lo más gracioso que hemos escuchado en años!...

Tony les dio un empujón y huyó de ellos igual que un año antes había pensado en huir de aquel primer encuentro con la que luego había sido su mujer.

Sé que muchos de vosotros estaréis pensando que aquel pudo haber sido el comienzo de una nueva y exitosa carrera para Tony Gracia y puede pareceros inverosímil que alguien quiera escapar a una oportunidad así. Pues él lo hizo. Se tomaba excesivamente en serio a sí mismo y creía que algunas cosas eran demasiado importantes como para reírse de ellas.

El cadáver de Tony fue encontrado en un callejón de los suburbios dos días después de aquella noche. Nunca quedó claro si se trató de un accidente o de un suicidio. El certificado de defunción firmado por el forense habló de muerte por ahogamiento, producido al ingresar el propio vómito a los pulmones, encontrándose un alto porcentaje de alcohol en sangre.

Está claro: Los certificados de defunción no certifican nada.

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