jueves, 19 de enero de 2012

El último contrato


El señor Travis me hizo aquella llamada en persona. Yo había trabajado varias veces para su organización pero jamás había visto al Capo. Una semana atrás me hubiese acojonado. Ahora me daba igual.

Mi tos perruna no hacía más que recordarme las palabras del médico, el día anterior, mientras miraba mis radiografías:

—Intenta disfrutar al máximo del próximo año, Gino. Difícilmente habrá otro para ti.

Malditos cigarrillos. Nunca pensé que me retiraría a los cuarenta y dos. Yo, que le he dado el pasaporte a tantos tipos importantes... No dejaba de ser irónico que mi último contrato lo firmase una puta enfermedad.

Al menos ya no debía temer a los traidores ni a la policía. Tenía algo ahorrado para mi jubilación y si Travis pensaba en «retirarme» antes de tiempo, sería más un favor que otra cosa, para evitarme el sufrimiento. Ya no había nada que pudiese asustarme.

Travis tenía su «oficina» en la trastienda de uno de los clubes nocturnos de la organización. Allí me citó. A las dos de la tarde.

Me sorprendió encontrarle solo, sin ninguno de sus matones.

—Cien de los grandes para ti si haces el trabajo limpiamente —me dijo al entregarme el plano junto con la fotografía del automóvil.

—Una bala de cien mil dólares es una bala que mata a alguien importante —comenté. Era la primera vez que me ofrecían semejante suma por un contrato. No dejaba de ser providencial. Podría disfrutar de mi jubilación a cuerpo de rey. Aquello era más que suficiente para darme la gran vida durante la pequeña vida que me quedaba.

—Importante o peligroso —dijo Travis—. A veces necesitamos «retirar» a un tipo discretamente... He preparado todo para que no corras riesgos, Gino. Estarás a solas con el cliente cuando suceda. Pero si alguien, quien quiera que sea, llega a enterarse que tú has hecho el trabajo, no doy un céntimo por tu vida.

Hace una semana me hubiese cagado en los pantalones al escuchar algo así. Ahora, hasta me hacía gracia. Cerramos el trato como caballeros, con un apretón de manos. El grotesco diamante que Travis usaba en su anular me hizo un pequeño corte al rozarlo. No dije nada.

—Recuerda coger el maletín que encontrarás en el coche antes de abandonar la escena —dijo el viejo mirándome fijamente a los ojos—. Es un detalle esencial.

Miré el plano y la fotografía al regresar a mi apartamento. El coche era un Ford Mustang gris del setenta. Memoricé la matrícula. El plano señalaba un cobertizo en ruinas del antiguo puerto abandonado. Me pregunté cómo habría hecho Travis para que nuestro hombre accediera a quedar en aquel sitio por la noche. Era una boca de lobo. Quizás lo que fuera que hubiese dentro del maletín debía ser ocultado a cualquier precio. Igualmente, mi víctima estaría alerta, algo sospecharía. Debía andarme con cuidado si quería salir airoso de mi último trabajo. Travis cumpliría su promesa en cuanto a la ausencia de testigos, pero nadie paga cien de los grandes por una bala si el contrato no tiene letra pequeña.

Llegué al puerto abandonado a las diez de la noche y tuve que caminar casi un kilómetro entre la maleza para Encontrar el viejo cobertizo. Le puse el silenciador a mi pistola. No había luna y la hierba que lo cubría todo tenía más de un metro de altura. Esperé oculto hasta casi medianoche.

Ilustró: Txiki González
El Mustang llegó con puntualidad suiza y detuvo el motor sobre el camino de tierra, a escasos diez metros de mi escondite. Minutos después —tal como había dicho Travis—, el hombre bajó del coche y encendió un cigarrillo. La llama me permitió hacer blanco. La distancia era corta. No podía fallar.

Justo en ese momento tuve el primer acceso de tos. La bala reventó una de las ruedas del Mustang y el tipo se giró hacia mí. Malditos cigarrillos. Me tiré cuerpo a tierra e intenté contener la tos lo máximo posible para estabilizar nuevamente el pulso. El tipo dio un paso hacia mí entre las sombras y eso me lo puso a tiro. Disparé. La bala entró limpia, más o menos por donde debía tener el ojo izquierdo. El cuerpo se desplomó al instante. Sin perderlo de vista me dirigí al coche y cogí el maletín por la puerta que había quedado abierta.

Antes de irme pasé por delante del cadáver para cerciorarme de que en verdad lo era. Y lo era pero quedé helado al reconocerlo. Y no pude darle el tiro de gracia. Travis, el Capo dei capi había contratado su propia muerte. No había mentido: Si alguien llegaba a enterarse de quién había hecho el trabajo, mi vida dejaría de tener valor.

Huí de la escena a toda prisa. Me faltaba el aire. En medio de la carrera me atacó otra vez la tos. Escupí y, por primera vez, vi sangre en el esputo. Eso me recordó que mi vida no podía estar más amenazada y me serené.

Abrí el maletín una hora después, en mi apartamento. Era mi jubilación. En efectivo. Y Travis había agregado un cero a lo pactado. ¡Un cero a la derecha!

Días después, al enterarme de la autopsia por el periódico, supe por qué lo había hecho. El viejo estaba enfermo, igual que yo. Sólo que él no se creyó capaz de soportar la agonía. Por eso se encargó de su último contrato y arregló todo para que pareciese un ajuste de cuentas. No quería que el mundo supiese que el gran Travis no había tenido los huevos de disparar por sí mismo el tiro del final.

Encendí un cigarrillo y abrí una vez más el maletín para contemplar mi jubilación. No me quedaban tiempo ni salud suficientes para gastar aquel millón como Dios manda.

Tuve otro acceso de tos. Cada vez eran más frecuentes.

Malditos cigarrillos.

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