jueves, 26 de enero de 2012

Lo-que-hay-abajo

 
Comprobé la existencia del alma humana por contraste, porque conocí a los únicos humanos sin alma. No sé si es tangible ni de qué está hecha pero, desde luego, hay algo más en nosotros que aquello que puede ser duplicado en un laboratorio.

Estoy viejo y la memoria comienza a jugarme malas pasadas. Tendemos a olvidar, especialmente los errores, para poder seguir adelante. Antes de que mi mente lo confunda todo en el indulgente reposo de la senectud, quiero dejar por escrito el oscuro motivo de mi vergüenza. Esto es una advertencia para la posteridad; no pretendáis crear vida inteligente, no volváis a intentar lo que yo hice.

Sucedió hace treinta años. Yo dirigía un equipo en el Centro de Investigación y Desarrollo Genético. El proyecto en el que trabajábamos desde hacía una década estaba catalogado como Secreto de Estado. Luego de haber clonado y manipulado genéticamente a la mayoría de especies conocidas nos pudieron la ambición y la curiosidad. Parecía lógico dar el siguiente paso: Engendrar vida partiendo exclusivamente de elementos minerales.

Las proteínas creadas artificialmente ya eran muy comunes y variadas entonces. Trabajamos en ellas durante años, fusionándolas entre sí y sometiéndolas a diferentes condiciones climáticas. Así logramos las primeras células funcionales, que combinamos en tejidos cada vez más complejos. Aceleramos el ciclo vital de esas células hasta que una de las líneas evolutivas resultó en una cadena de ADN similar a la humana. El resto no representó mayor desafío; los óvulos artificiales existían desde el siglo XXI y, en una operación no más compleja que una clonación de rutina, conseguimos los primeros embriones. Las criaturas se gestaron en el décimo subsuelo del Centro, como proyecto confidencial. Sólo tres personas conocíamos cada etapa del proceso; Miguel Ferreyra, mi esposa Sara y yo. Fuera de nosotros, nadie sabía siquiera que el edificio tuviese un décimo subsuelo. Incluso el Gobierno, que nos subvencionaba, ignoraba el resultado de la mayoría de nuestros experimentos.

El proyecto no tenía nombre. Tan secreto era. Entre nosotros, nos referíamos a los embriones como Lo-que-hay-abajo.

Lo-que-hay-abajo era monitoreado ininterrumpidamente por robots y, cuando era necesario, uno de nosotros bajaba a supervisar. A pesar de que cada día agregábamos nuevos cultivos, sólo dos de los fetos evolucionaron exitosamente.

El primero en terminar su gestación fue Jack, a los quince meses. Habíamos aprovechado los adelantos de la mecánica biomática y usábamos los meses adicionales para transmitir a la criatura nociones culturales básicas. Cuando Jack «nació» hablaba, leía y escribía en ocho idiomas diferentes y realizaba operaciones de cuarto grado. Seis años más tarde, ya ninguno de nosotros podía enseñarle nada.

Alina había «nacido» un año después que Jack y, aparentemente, su desarrollo era similar al de él. Es decir que no sólo habíamos tenido éxito al crear vida inteligente sino que —además— habíamos superado el potencial intelectual de cualquier humano nacido de mujer. ¡Aquel era un paso enorme en la evolución de la especie!... O al menos eso creímos entonces.

—Hay algo muy extraño en Jack —me dijo Sara una tarde—. Ha adquirido conocimientos que no le han sido inculcados.

—Tal vez hayamos dejado algún libro olvidado en su habitación, es un niño ávido de saber...

—Nada de eso. La mayoría de estos nuevos conocimientos están relacionados con Genética y Biología. Miguel y yo creemos que, intuitivamente, ha aprendido a sondear nuestras mentes. En el punto al que hemos llegado, cada vez es más difícil satisfacer su curiosidad y está desarrollando estrategias cognitivas que desconocíamos hasta hoy.

—Pero, si eso es cierto, su capacidad de saber es virtualmente ilimitada...

Sara vaciló. Sabía que yo había dedicado mi vida al proyecto y que me dolería oír lo que diría a continuación.

—Eso no es todo, Luis... Tan maravillados estábamos con las capacidades de Jack que hemos pasado por alto un detalle fundamental... Él fue creado por nosotros. Parece humano, pero puede que no lo sea... Ambos hemos notado la manera en que aprende lo que le enseñamos. Es como sí grabara los datos en su memoria. Jamás se le olvida nada pero, en general, es incapaz de aplicar los conocimientos para fines prácticos, todo se lo tenemos que explicar...

—¿Qué estás diciendo?... Es un muchacho introvertido. Tal vez por no conocer a demasiadas personas, le cuesta relacionarse ¡pero por supuesto que es humano!

—Su encefalograma continúa sin registrar variaciones. Sólo se interesa por la gente cuando sabe que aprenderá algo. Es incapaz de empatizar con nadie... Lamento ser yo quien te lo diga, Luis. Jack se comporta como un robot; guarda la información sin asimilarla para luego utilizarla a su conveniencia. Y Alina no parece seguir una estrategia diferente.

Discutí con Sara y volví solo a casa. Me negaba a aceptar que habíamos estado trabajando todos esos años para perfeccionar una máquina. Ojalá le hubiese hecho caso. Tal vez hubiésemos llegado a viejos juntos...

Sucedió el miércoles de la semana siguiente. Miguel vino a darme la noticia. Había encontrado abierto el portal de Lo-que-hay-abajo. Sara estaba allí, inerte como un vegetal. Jamás se recuperó. Jack se había fugado, llevándose a Alina con él. Supimos por el registro de video que Sara había compartido sus teorías con él.

—Creo que ya es tiempo de salir al exterior —le había dicho Jack—. Aquí no queda ya nada nuevo que aprender.

—No, Jack —dijo ella—. Tú no puedes salir de aquí.

—¿Realmente pensáis que tenéis algún control sobre nosotros?

Los ojos de Jack se tiñeron de un brillo amarillento que no he vuelto a ver desde entonces. Habló con una furia imposible en una criatura de siete años:

—¡Ábrenos la puerta para ir a jugar! —dijo.

Sara le obedeció como una autómata. Interrumpió todas las medidas de seguridad y permitió que los niños salieran al exterior. Luego de eso, ya no volvió a mover un músculo.

Ilustró: Txiki González
Ese mismo día comenzaron a sucederse los crímenes. Fue un escándalo en todos los medios de comunicación. Hacía más de doscientos años que no se cometía un asesinato.

Primero fue un mendigo. Un testigo aseguró haber visto a dos niños prendiéndole fuego con un soplete. Poco quedó del pobre hombre. Luego le llegó el turno a una anciana que iba al parque a dar de comer a las aves. La degollaron limpiamente con una oz. Después, un borracho que salía del bar, dos vendedores que regresaban de jugar al tenis, unos muchachos que salían a divertirse...

Sara tenía razón: Jack no era humano y Alina era igual que él. Habíamos creado monstruos sin corazón que parecían gozar con el sufrimiento ajeno.

Entonces supe de la existencia del alma. Algo que habíamos pasado por alto cuando desarrollamos el proyecto. La vida existe gracias a continuos procesos químicos pero no es sólo un proceso químico. Los místicos de antaño habían intuido la verdad. Podíamos conseguir que un motor biológico funcionase, pero eso no lo convertía en un ser vivo. Jack era ahora una amenaza para la humanidad y toda la culpa era mía. Lo-que-hay-abajo jamás había estado vivo. Sólo mi orgullo me había hecho creerlo así.

Tres días con sus noches duró la masacre. Las fuerzas del orden no lograban reducirlo porque utilizaba su poder psíquico para controlarlos a voluntad. Hubo que apelar a una tropa de robots del ejército para acorralar a los desalmados (los robots no tienen voluntad). Mataron a Jack y Alina en el momento exacto en que iban a desollar a la cajera de una gasolinera.

La identidad de los cadáveres de los niños fue un misterio que ningún perito pudo resolver. Miguel y yo recibimos instrucciones de no revelar jamás los resultados de nuestro trabajo.

Cuando el Gobierno canceló el proyecto, había otros dos embriones en gestación en el décimo subsuelo —un macho y una hembra—. Las incubadoras no fueron destruidas. Habían invertido cientos de millones en Lo-que-hay-abajo y querían sacar algún provecho de ello.

Los embriones fueron criogenizados y enviados al Espacio en el más absoluto secreto. Se buscó para ellos un planeta poblado de vegetación y especies animales primitivas. Cada noventa días, desde entonces, recibimos un informe de los ordenadores de a bordo. La inteligencia de esas criaturas es prodigiosa. A la edad de ocho años ya se servían de herramientas y, sin que nadie se los enseñara, habían desarrollado un idioma para comunicarse entre sí.

Agradezco no poder vivir lo suficiente para ver la evolución de la sociedad que iniciarán. No quiero saber cuántas generaciones necesitarán para acabar con su propia especie ni cuántas otras especies aniquilarán antes de que eso suceda.

Los niños ya han cumplido quince años y el último informe dice que acaba de nacer su primer hijo. Lo llamaron Caín. Por suerte estoy viejo y la memoria comienza a fallarme. No soportaría ver la magnitud del mal que he creado.

jueves, 19 de enero de 2012

El último contrato


El señor Travis me hizo aquella llamada en persona. Yo había trabajado varias veces para su organización pero jamás había visto al Capo. Una semana atrás me hubiese acojonado. Ahora me daba igual.

Mi tos perruna no hacía más que recordarme las palabras del médico, el día anterior, mientras miraba mis radiografías:

—Intenta disfrutar al máximo del próximo año, Gino. Difícilmente habrá otro para ti.

Malditos cigarrillos. Nunca pensé que me retiraría a los cuarenta y dos. Yo, que le he dado el pasaporte a tantos tipos importantes... No dejaba de ser irónico que mi último contrato lo firmase una puta enfermedad.

Al menos ya no debía temer a los traidores ni a la policía. Tenía algo ahorrado para mi jubilación y si Travis pensaba en «retirarme» antes de tiempo, sería más un favor que otra cosa, para evitarme el sufrimiento. Ya no había nada que pudiese asustarme.

Travis tenía su «oficina» en la trastienda de uno de los clubes nocturnos de la organización. Allí me citó. A las dos de la tarde.

Me sorprendió encontrarle solo, sin ninguno de sus matones.

—Cien de los grandes para ti si haces el trabajo limpiamente —me dijo al entregarme el plano junto con la fotografía del automóvil.

—Una bala de cien mil dólares es una bala que mata a alguien importante —comenté. Era la primera vez que me ofrecían semejante suma por un contrato. No dejaba de ser providencial. Podría disfrutar de mi jubilación a cuerpo de rey. Aquello era más que suficiente para darme la gran vida durante la pequeña vida que me quedaba.

—Importante o peligroso —dijo Travis—. A veces necesitamos «retirar» a un tipo discretamente... He preparado todo para que no corras riesgos, Gino. Estarás a solas con el cliente cuando suceda. Pero si alguien, quien quiera que sea, llega a enterarse que tú has hecho el trabajo, no doy un céntimo por tu vida.

Hace una semana me hubiese cagado en los pantalones al escuchar algo así. Ahora, hasta me hacía gracia. Cerramos el trato como caballeros, con un apretón de manos. El grotesco diamante que Travis usaba en su anular me hizo un pequeño corte al rozarlo. No dije nada.

—Recuerda coger el maletín que encontrarás en el coche antes de abandonar la escena —dijo el viejo mirándome fijamente a los ojos—. Es un detalle esencial.

Miré el plano y la fotografía al regresar a mi apartamento. El coche era un Ford Mustang gris del setenta. Memoricé la matrícula. El plano señalaba un cobertizo en ruinas del antiguo puerto abandonado. Me pregunté cómo habría hecho Travis para que nuestro hombre accediera a quedar en aquel sitio por la noche. Era una boca de lobo. Quizás lo que fuera que hubiese dentro del maletín debía ser ocultado a cualquier precio. Igualmente, mi víctima estaría alerta, algo sospecharía. Debía andarme con cuidado si quería salir airoso de mi último trabajo. Travis cumpliría su promesa en cuanto a la ausencia de testigos, pero nadie paga cien de los grandes por una bala si el contrato no tiene letra pequeña.

Llegué al puerto abandonado a las diez de la noche y tuve que caminar casi un kilómetro entre la maleza para Encontrar el viejo cobertizo. Le puse el silenciador a mi pistola. No había luna y la hierba que lo cubría todo tenía más de un metro de altura. Esperé oculto hasta casi medianoche.

Ilustró: Txiki González
El Mustang llegó con puntualidad suiza y detuvo el motor sobre el camino de tierra, a escasos diez metros de mi escondite. Minutos después —tal como había dicho Travis—, el hombre bajó del coche y encendió un cigarrillo. La llama me permitió hacer blanco. La distancia era corta. No podía fallar.

Justo en ese momento tuve el primer acceso de tos. La bala reventó una de las ruedas del Mustang y el tipo se giró hacia mí. Malditos cigarrillos. Me tiré cuerpo a tierra e intenté contener la tos lo máximo posible para estabilizar nuevamente el pulso. El tipo dio un paso hacia mí entre las sombras y eso me lo puso a tiro. Disparé. La bala entró limpia, más o menos por donde debía tener el ojo izquierdo. El cuerpo se desplomó al instante. Sin perderlo de vista me dirigí al coche y cogí el maletín por la puerta que había quedado abierta.

Antes de irme pasé por delante del cadáver para cerciorarme de que en verdad lo era. Y lo era pero quedé helado al reconocerlo. Y no pude darle el tiro de gracia. Travis, el Capo dei capi había contratado su propia muerte. No había mentido: Si alguien llegaba a enterarse de quién había hecho el trabajo, mi vida dejaría de tener valor.

Huí de la escena a toda prisa. Me faltaba el aire. En medio de la carrera me atacó otra vez la tos. Escupí y, por primera vez, vi sangre en el esputo. Eso me recordó que mi vida no podía estar más amenazada y me serené.

Abrí el maletín una hora después, en mi apartamento. Era mi jubilación. En efectivo. Y Travis había agregado un cero a lo pactado. ¡Un cero a la derecha!

Días después, al enterarme de la autopsia por el periódico, supe por qué lo había hecho. El viejo estaba enfermo, igual que yo. Sólo que él no se creyó capaz de soportar la agonía. Por eso se encargó de su último contrato y arregló todo para que pareciese un ajuste de cuentas. No quería que el mundo supiese que el gran Travis no había tenido los huevos de disparar por sí mismo el tiro del final.

Encendí un cigarrillo y abrí una vez más el maletín para contemplar mi jubilación. No me quedaban tiempo ni salud suficientes para gastar aquel millón como Dios manda.

Tuve otro acceso de tos. Cada vez eran más frecuentes.

Malditos cigarrillos.

jueves, 12 de enero de 2012

Lucy y Fer

 
Hoy les dejo un cómic inédito hecho en 2001. En principio iba a ser una serie animada (tengo escritos un par de guiones más largos), pero al final no cuajó. Las historias eran mudas y las dibujaba uno de los lápices más expresivos con los que he tenido el gusto de trabajar: Pablo Espasandín.

Como siempre, las imágenes se agrandan abriéndolas en otra pestaña.

Si los dioses me asisten, el próximo jueves retomamos los relatos de Genteovejuna y Terrafutura.

Buen provecho.




jueves, 5 de enero de 2012

Esperando a Daniel

El siguiente relato fue escrito en 2005 por encargo de una revista que finalmente no lo compró. Su contenido no es precisamente erótico pero hay una descripción explícita de un encuentro venéreo. Si estimas que esto ofende a tus creencias o tienes menos de 18 años, el autor de este blog no te autoriza a continuar leyendo.

Despertaste de un sueño blanco y superficial. Los números rojos del reloj digital brillaban en la oscuridad. 2:34. A pesar de los fármacos no habías podido dormir ni dos horas. Mayo se las daba de julio y las sábanas se te pegaban al cuerpo en virtud de tu propia transpiración. Sin embargo, sabías que el otro extremo de la cama estaría frío. Rotaste sobre tus caderas y estiraste el brazo izquierdo para tocar el colchón. Tus sospechas quedaron confirmadas: él no había venido a dormir. Resoplaste con resignación, recibiendo la bocanada de aire tibio sobre tu piel. Encendiste la lámpara de noche. El súbito resplandor te obligó a cerrar los ojos por un momento.

Un ruido. ¿Sería él?

No. No era.

Te levantaste para ir al cuarto de baño. Recordabas haber llorado. Las lágrimas y el sudor debían haber hecho su efecto sobre la sombra de ojos. Daniel aún podía llegar y no querías que te viera así. El espejo te dio la razón, había que mejorar ese aspecto.

Otro ruido. El ascensor...

Se escuchó el sonido de la llave en la cerradura cuando te estabas cepillando los dientes. Cerraste rápidamente la puerta del baño como reclamando una privacidad que era, en rigor de verdad, lo último que te pedía el cuerpo en ese momento.

—Rita... Ya llegué. ¿Estás por ahí? —canturreó él al no verte en la cama.

¡Maldito calor, que te había hecho acostar sin ropa! No querías salir a recibirlo ataviada sólo con aquellas bragas diminutas que tanto le gustaban. No querías darle el placer de saber que estabas esperándolo. El albornoz se apelotonaba sobre el bidet, casi tan húmedo como tú. No era la mejor solución pero era una solución.

Ya sin maquillaje, saliste del baño de la forma más casual que te fue posible. Allí estaba él; con su corbata floja y su portafolios...

—Hola, cariño ¿aún estás despierta? —...y sus preguntas retóricas.

—¿Dónde has estado hasta estas horas?

—Tuve una reunión en la oficina hasta las tantas y después pasé un rato por casa. Hacía días que no iba...

—No me mientas. No estuviste en tu casa.

—Llego cansado. No empecemos otra vez con lo mismo...

Sacó una rosa de no sabes dónde y fue a abrazarte. Intentaste rechazar el gesto pero terminaste devolviéndoselo. Olía a limpio. ¿Era ese el perfume de su mujer?... No. No había estado en su casa. Se había bañado en otro sitio. Había otra.

—Relájate, cariño, estás muy tensa —dijo mientras te acariciaba los hombros suavemente.

—No... —comenzaste a decir, pero te interrumpiste... ¿Ibas a pedirle explicaciones? ¿Para qué? Él lo negaría todo y volverían a discutir. Con las manos apoyadas sobre tus hombros comenzó a asomar los pulgares por dentro del albornoz. ¡Era tan tierno, cuando quería!... Lo odiabas. Como lo amabas, lo odiabas. Lo odiabas porque lo amabas... Las puntas de sus pulgares repetían cortos recorridos sobre tu piel apenas rozándola. Al levantarse el albornoz un repentino escalofrío te recorrió la espina dorsal. ¿Sería a causa del clima o de su contacto?... De su contacto; aquel año mayo se las daba de julio.

Intentó besarte el cuello y diste un pequeño paso hacia atrás. Así, caminando en reversa, te fue llevando hasta el borde de la cama donde caíste sentada. Daniel apoyó una rodilla sobre el colchón y se puso a tus espaldas. Seguía acariciándote los hombros mientras alagaba la suavidad de tu piel. Tú estabas entregada por entero y él no intentó besarte nuevamente.

Una mano se coló dentro del albornoz. Poco a poco las caricias se fueron haciendo más tangibles. Primero la yema de los dedos, luego los dedos al completo y finalmente la palma, que se apoyaba como pidiendo permiso pero sin esperar la respuesta. El albornoz cayó, desnudando tus hombros. Qué fácil te habías rendido. Lo odiabas —también— por eso.

Te besó en un hombro. Pero no fue un beso, antes bien apoyó los labios en una caricia más sutil que la de sus dedos. Entornaste los ojos mientras volvía el escalofrío. Él te piropeaba en voz baja. Tu brazo fue a descansar sobre su rodilla flexionada e inclinaste la cabeza hacia él, favoreciendo la tarea de Daniel en el hombro opuesto. Susurró que te amaba.

El albornoz terminó de caer y las manos de Daniel, como si fueran arañas, comenzaron a ganar terreno lentamente a lo largo de tu espalda, caderas, vientre, recreándose en el ombligo y aledaños.

Las arañas caminaron hacia arriba trazando un surco en la base de tus pechos. La piel se te erizó de gusto mientras un calor intenso invadía tu coleto que, por un instante, pareció vaciarse en un torbellino. Acarició cada uno de tus noventa y cinco centímetros de busto, cuidándose bien de no tocar los pezones erguidos, que fueron rodeados luego por sus labios y alcanzados por su lengua perezosa.

Siguió recorriéndote el vientre y descendiendo hasta que tuviste que tumbarte para franquearle el camino a tu intimidad. Te lamió, primero dulcemente y más tarde con fruición, abriendo la puerta hacia tus entrañas, que se prodigaban hasta envolverlo todo en un abrazo definitivo.

Una sinfonía celeste...

No sabes cuánto tiempo pasó pero cuando volviste a ser tú misma él ya se había despojado de toda vestimenta —incluyendo el reloj y los calcetines, por mero prurito  burgués— y dirigía su masculinidad enhiesta hacia el interior de tus penas... Un martillo de hierro al rojo abriéndose camino en tu interior, llenándote de tí misma, siendo tú por única vez. El aire era vegetal. El hombre, parte de ti. La parte que te hace mujer. La parte que te justifica... Y un volcán que estalla dentro y te completa. La otra mitad de tu medio universo.
Ilustró: Txiki González

Tres minutos más tarde Daniel estaba dormido. Cómo lo odiabas. Lo odiabas tanto que pasaste la noche abrazada a él, aunque apenas conseguiste pegar un ojo.


Cuando sonó el despertador, continuaba perdido en sus sueños más privados donde, con algo de suerte, tendrías una participación.

Comenzaste a sacudirle suavemente la espalda mientras susurrabas su nombre con dulzura, iniciando así la lenta y rutinaria tarea de despertarlo.

Sin embargo lo preferías dormido.