jueves, 14 de junio de 2012

Encuentro cercano en épocas lejanas

 
Sucedió hace tantos siglos que los hombres no contaban aún los siglos. Genteovejuna todavía no se había topado con el continente y no era más que una gigantesca isla flotando a la deriva. La agricultura no era ni siquiera una sospecha y las tribus nómadas de humanos se congregaban alrededor del fuego por las noches para mitigar el miedo a todo aquello que desconocían —que en ese entonces abarcaba casi la totalidad del corpus no escrito de los fenómenos naturales—.

Ya existía, eso sí, el concepto de norte y sur. Por eso Molrog sabía que él y su gente vivían en el sur. Tan al sur que ya nada había ni podía haber más al sur, excepción hecha —claro— del ancho Mar de los Demonios, en el que sólo un loco se atrevería a adentrarse.

Molrog no era feliz en aquel sitio. Había observado el ciclo vital de sus mayores y podía predecir paso por paso la triste existencia que le esperaba: salir de cacería o buscar frutos y raíces para procurarse la subsistencia diaria, unirse pronto a cualquier hembra para procrear y morir débil y enfermo luego de seis o siete inviernos, si tenía la suerte de no hacerlo antes a merced de alguna bestia.

Una vez, la tribu se había cruzado con un viajero solitario. El hombre parecía haber vivido mucho más que cualquiera de cuantos Molrog hubiese conocido. En lugar de trasladarse a pie, lo hacía montado a lomos de un extraño animal parecido al perro, pero al menos tres veces más alto, que se alimentaba exclusivamente de hierba. A cambio de su hospitalidad, el hombre obsequió a la tribu con un extraño grano y la herramienta para molerlo. Una vez convertido en polvo y mezclado con agua, el grano podía cocerse, convirtiéndose en un alimento suave y esponjoso diferente a cualquier otro que Molrog hubiese probado. También dio a las mujeres unos extraños objetos hechos con piedras y metales brillantes. Lo mágico de estos objetos era que no tenían ninguna utilidad, pero uno no podía dejar de admirar su belleza.

La única noche que pasó con la tribu, el forastero contó increíbles historias sucedidas en las remotas tierras del norte, más allá del bosque.

Así supo Molrog que había en el norte un lugar distinto donde todo era posible ya que nada había sido visto aún por vez primera. Desde que se enteró de su existencia, Molrog no pudo dejar de soñar con aquel lugar. Su ceremonia de ingreso a la edad adulta tuvo lugar dos primaveras después y al día siguiente —cargando un petate con algunas piedras afiladas, un poco de pescado seco y bastante alimento de grano (que aún no tenía nombre)—, Molrog partió con rumbo norte, dispuesto a conocer las tierras de más allá del bosque.

Anduvo bajo sol y lluvia, de día y de noche, con frío y con calor. Nada le importaba más que llegar a las fabulosas tierras del norte donde todo estaba aún por descubrirse.

Un atardecer, mientras escalaba lo que hoy es el Monte de la Derrota, se cruzó con una joven bonita que lo descendía en dirección opuesta. Ella se detuvo extrañada al verlo.

—¿Qué haces, extranjero? —preguntó la muchacha—. Por ese camino se va al norte. ¿Quién puede ser tan tonto como para querer ir al norte?

—El norte es la tierra de los prodigios —dijo Molrog.

—¿De dónde has sacado esa tontería?... Mi pueblo está tan al norte que ya nada hay ni puede haber más al norte y puedo asegurarte que es el sitio más aburrido de cuantos conozco. Allí la gente nace y muere sin que nada les suceda en medio. Retrocede sobre tus pasos, extranjero, y acompáñame al sur. En el sur las flores crecen todo el año y los hombres pueden hablar con los animales. He consultado al Mago que lee en las Estrellas y él me lo ha dicho todo. En el sur la gente se desplaza desnuda por las ramas de los árboles y viven cientos de veranos hablando con los dioses. Allí no se conocen el frío ni las enfermedades. Los hombres son apuestos y robustos y las esbeltas mujeres del sur danzan como ninfas día y noche ya que hay abundancia de todo lo necesario y no existe otra preocupación que la de ser felices.

Molrog había estado a punto de contarle la verdad a la inocente doncella, pero olvidó lo que iba a decir al oír aquel nuevo verbo.

—¿Danzar? ¿Qué significa danzar?

—Danzar, bailar... ¿De veras no has visto nunca una danza?

La joven apartó con un suave empujón a Molrog y comenzó a mover su cuerpo con gracilidad mientras emitía unos fonemas que no eran palabras ni tenían significado alguno pero juntos sonaban de maravilla. Los movimientos de la muchacha armonizaban entre sí formando hermosas figuras pero no servían para nada. Era la primera vez que Molrog veía a alguien mover su cuerpo sin ninguna finalidad. Ni en sus más extrañas fantasías hubiese podido imaginar que algo así podía hacerse. Comenzó a comprender la verdadera naturaleza de la belleza que los hombres del norte habían descubierto: objetos y movimientos tan inútiles y trabajados que no pueden dejar da admirarse. El norte debía ser una tierra realmente sublime si sus habitantes habían sido capaces de crear algo tan hermoso como la danza o los abalorios.

—Sígueme, extranjero —dijo ella deteniendo sus movimientos—, vayamos al sur y seamos felices juntos. El Mago que lee en las Estrellas me ha dicho que allí todo el mundo es feliz y él no se equivoca jamás...

Ilustró: Txiki González
Molrog continuó su camino sin despedirse de la mujer. Prefirió no contarle la verdad sobre el inhóspito sur. Al mismo tiempo que confirmaba que el norte era realmente la tierra de maravillas que había imaginado, supo que aquella mujer estaba loca y sería incapaz de comprender nada. ¿Quién en su sano juicio emprendería el rumbo sur abandonando el paraíso en el que había tenido la enorme fortuna de nacer?

Esta historia termina aquí. Preferiría no tener que contar que ambos personajes llegaron a sus respectivos destinos y murieron de pena, cada uno por su lado, extinguidas ya sus esperanzas de encontrar un lugar mejor en la Tierra, un lugar donde ser felices, un lugar que jamás existió. Tal vez la felicidad, para ellos, no estaba en cambiar de sitio sino en permanecer unidos. Abandonar la marcha a medio camino para fusionarse con aquello que realmente había logrado maravillarlos: otro ser humano, tan atractivo, tan hermoso, tan inútil en apariencia, tan enigmático y vacío al principio que no puede uno resistirse a ir desvelando de a poco los significados ocultos en el otro, esos que nos significan también a nosotros mismos, llevándonos al estado de dicha más sublime.

Hubiesen sido muy felices juntos, sí, pero murieron sin saberlo. Y no lo supieron porque vivieron hace muchos siglos, cuando Genteovejuna no se llamaba aún Genteovejuna. En ese entonces los hombres desconocían casi todo, creían en quimeras, en astrólogos y en dioses perfectos que habitaban sitios perfectos y lejanos a los que, sin embargo, se podía llegar si se andaba y sufría lo suficiente.

Afortunadamente, luego de siglos de Ilustración, aquellos tiempos de ignorancia y superchería han quedado enterrados en el pasado.

jueves, 26 de abril de 2012

Verdad y mentira acerca de los certificados de defunción

  
—...y entonces el hombre lo mira y le dice: «será como usted diga, doctor ¡pero ésta no tiene huesos!»

Se hizo un segundo de silencio antes de los silbidos y abucheos de rigor.

Tony Gracia se había acostumbrado al fracaso. Su carrera nunca había pasado de ser prometedora a cumplir sus promesas. Meses atrás había estado cerca de conseguir una presentación en un programa televisivo pero todo se había derrumbado cuando pasó lo que pasó y, antes de que pudiese darse cuenta, se encontraba actuando en el sótano más deprimente del extrarradio para un puñado de catetos que sólo querían burlarse de él. A pesar de que su vida tenía que mejorar bastante para ser un desastre, supo que las cosas iban a ir a peor. El dueño de aquel tugurio ya le había dado el ultimátum y, si no sucedía un milagro, aquella sería su última actuación.

Sin ninguna convicción, empezó a contar el chiste del sacramentino que fue a comprar supositorios a la farmacia. Lo hizo de memoria, mientras recordaba los acontecimientos de los últimos doce meses, los más felices de su vida.

En ese entonces hacía su espectáculo en un prestigioso café-concert de la Gran Vía. No le iba mal, pero actuaba siempre a media sala. Marcelo, el dueño del local, le había confesado que mantenía su número en cartel porque había alguien que, cada semana, pagaba el precio de la sala llena.

—Eres un tipo con suerte, parece que tus chistes son del agrado de personas solventes.

—¿Quién es él? —había querido saber Tony.

—Es ella. Y nunca he podido verla bien. Usa un enorme sombrero que oculta su rostro y se sienta en una de las mesas del fondo.

Tony había llegado a verla alguna vez, entre las sombras de la sala, pero siempre desaparecía al terminar la función. Durante varias semanas pensó en ella, en su fantasma ¿Cómo sería? ¿Qué había visto en él? Le seducía la idea de tener una admiradora secreta pero no podía dejar de sentirse intrigado.

Una noche, mientras regresaba caminando por Aguilucho a su apartamento de alquiler, fue interceptado por un Bugatti Galibier. La ventanilla del conductor se abrió unos centímetros y Tony se detuvo instintivamente. El coche desentonaba en aquel barrio como un elefante en el Carnegie Hall.

—¡Tony Gracia! —dijo una sensual voz femenina desde dentro— ¡No puedo creer que seas tú!

Se abrió la puerta del acompañante. La noche era oscura y no se distinguía bien la figura de la muchacha. Aún así, Tony subió al coche.

—En realidad sí me lo creo —dijo la chica, arrojándose a sus brazos—. Hace meses que te vengo siguiendo. ¡Soy tu más ferviente admiradora!

Ella parecía no estar en sus cabales y Tony pensó que debía huir antes de que las cosas se complicaran. Pero no huyó. Y las cosas se complicaron.

—¿Es usted quien está manteniendo mi espectáculo en cartel?

—Eso no tiene importancia. Tú te mereces mucho más. Y no me trates de usted, como si fuese una vieja... ¡Oh!... Disculpa la descortesía —se quitó el sombrero como si recién recordara que lo llevaba puesto—. Por lo general intento pasar inadvertida y a veces olvido que ante ciertas personas no debo mantener secretos.

En ese instante comenzó el año más feliz en la vida de Tony. Y también perdió todo control sobre sus decisiones. La chica era Alessandra Velázquez, la modelo estrella de la agencia de Jean Pierre Leducq.

Ahora, un año después, aquel primer encuentro había ganado una importancia medular en los recuerdos de Tony. Es curioso, pero rara vez somos capaces de reconocer la importancia del momento que estamos viviendo. Nos percatamos de ella a posteriori. Un año después, por ejemplo, mientras estamos contando un viejo chiste de nuestro repertorio, quizás por última vez, ante un auditorio que nos arroja hortalizas con la mirada...

—...«pues yo no sé cómo se aplican estos supositorios», dijo la esposa del sacramentino, «¿por qué no llamas al farmacéutico y se lo preguntas?». «¿Tú crees, mujé?», le dice el sacramentino, «¿no se enfadará si lo llamo a estas horas?»...

Tony Gracia decidió en ese momento poner fin a su carrera. Era absurdo que intentase hacer reír a los demás cuando la espesa nube de tristeza que lo rodeaba era visible a la legua. Aquel público tenía razón en abuchearlo. Era él quien ya no estaba capacitado para divertir a nadie.

—...finalmente, el sacramentino coge el teléfono y marca el número del farmacéutico...

Continuó contando el chiste por oficio, y porque no le gustaba dejar nada inconcluso. Su mente, sin embargo, estaba lejos, muy lejos del tiempo presente.

Alessandra Velázquez apenas se separó de Tony desde aquel primer encuentro. Le habló de amor y de admiración. Le dijo que él había devuelto el sentido a su vida de frivolidades. Y él se dejó amar y la amó también. Cada sitio que visitaban era el paraíso, porque el paraíso estaba allí donde ella estuviese.

Cada semana él hacía su espectáculo y se llenaba de optimismo al escuchar las risas de la mujer que siempre lo acompañaba. Pronto otras risas comenzaron a ocultar las de su amada. No hay nada mejor que la felicidad de un humorista para asegurar su éxito. Cada vez actuaba en teatros más grandes, sabiendo que aquella mujer que se ocultaba entre las sombras de la sala era lo mejor que le podía haber pasado a nadie. Guapa, cariñosa, inteligente, comprensiva.

Pasaban todo su tiempo libre entre las sábanas, en una casa de campo que la modelo tenía cerca de Lagoseco, sin más necesidad que la mutua compañía. La atracción sexual cada vez crecía más. Tony Gracia debió reconocer que estaba perdidamente enamorado de ella la mañana en que abrió la puerta para salir de aquella casa y encontró cuatro periódicos sin abrir. (Quede dicho que Alessandra sólo estaba suscrita a la edición dominical de aquel periódico).

Fue el diez de marzo —a finales del verano, poco después de decirle que esperaba un hijo suyo—, cuando ella le dio la fatal noticia.

—Voy a separarme de ti. Lo siento, Tony, pero amo a otra persona...

La otra persona se llamaba Brigitte Magnus y era la nueva promesa de la agencia de modelos de Jean Pierre. Alessandra le juró que nada de eso estaba planeado y que no quería que él saliese lastimado. Él quiso pedirle explicaciones pero, como es lógico, los asuntos del corazón no se pueden explicar.

Habían pasado casi dos meses desde aquel trágico día y Tony no había vuelto a ver a la mujer que había dado sentido a su vida. Desde entonces no se había mantenido sobrio por más de media hora y su carrera había caído en un pozo casi tan hondo como (no se me ocurren metáforas para concluir esta frase, es que nunca me he visto obligado a describir una caída libre semejante).

El patético espectáculo que ahora mismo estaba dando no era más que una muestra de su autoconmiseración. Cogiendo el micrófono con ambas manos, dio final a su último chiste:

—...entonces el sacramentino deja el teléfono y le dice a su mujer; «¡te dije que se enfadaría si lo llamaba a estas horas!»

Silencio absoluto. Luego, insultos y poco amables invitaciones a que visitara ciertos malolientes lugares.

En un último asalto de dignidad, Tony Gracia miró a su público con los ojos llenos de ira y desprecio. Quizás fue la altura del escenario lo que hizo que se sintiese por encima de todos ellos.

Ilustró: Txiki González
—Sé que todos ustedes piensan que soy un tipo patético —les dijo—. Y tal vez sea verdad, soy un pésimo humorista que ya no logra hacer reír a nadie—. Con apenas dos frases había conseguido la atención de todo el auditorio—. ¿Saben qué? ¡No me importa lo que piensen!... He conocido el amor verdadero, algo que posiblemente ninguno de los presentes conocerá jamás—. Se oyó una risa nerviosa al fondo del local—. Supongo que sabrán quién es Alessandra Velázquez, la modelo internacional. Pues ¡fue mi amante durante diez meses!... Y les aseguro que no podía vivir sin mí.

Varias risas más se escucharon por toda la sala. Tal vez por lo inesperado de la confesión, se dijo Tony.

—¡Alessandra sí que sabía apreciarme, no como ustedes, con sus vidas grises y anodinas!... Ella hacía cualquier cosa con tal de complacerme ¡Éramos tan felices!... Pero ahora me abandonó para irse con Brigitte Magnus ¿Saben de quien hablo?

Tony hizo una imitación del andar de la modelo por la pasarela y su pequeño auditorio estalló en sonora carcajada.

—¡Es verdad! —dijo Tony al borde de las lágrimas—. Lo que más me duele es que nunca conoceré a mi hijo, el niño que Alessandra está esperando...

La gente continuaba riendo de sus desgracias, pero a Tony poco le importaba. Sabía que su carrera estaba acabada y que ninguna experiencia futura se acercaría mínimamente a lo ya vivido, lo sublime.

Cuando terminó de contar la historia de su vida, el público lo aplaudió de pie. No obstante, Tony no comprendió que no se estaban burlando de él hasta cinco minutos después, cuando una joven pareja que había estado presente en la sala lo abordó a la salida del teatrucho y quiso contratarlo:

—Queremos que repita el monólogo final en nuestra boda... ¡Es lo más gracioso que hemos escuchado en años!...

Tony les dio un empujón y huyó de ellos igual que un año antes había pensado en huir de aquel primer encuentro con la que luego había sido su mujer.

Sé que muchos de vosotros estaréis pensando que aquel pudo haber sido el comienzo de una nueva y exitosa carrera para Tony Gracia y puede pareceros inverosímil que alguien quiera escapar a una oportunidad así. Pues él lo hizo. Se tomaba excesivamente en serio a sí mismo y creía que algunas cosas eran demasiado importantes como para reírse de ellas.

El cadáver de Tony fue encontrado en un callejón de los suburbios dos días después de aquella noche. Nunca quedó claro si se trató de un accidente o de un suicidio. El certificado de defunción firmado por el forense habló de muerte por ahogamiento, producido al ingresar el propio vómito a los pulmones, encontrándose un alto porcentaje de alcohol en sangre.

Está claro: Los certificados de defunción no certifican nada.

jueves, 5 de abril de 2012

Te vas a reír

 
En la región Sur, a sesenta y cinco kilómetros de Sacramentos, hay un pueblecito de clima frío y húmedo llamado Olmos Viejos. Tiene sólo dos calles y muchas de sus casas han quedado abandonadas desde que el Estado dejó de explotar la mina de yeso que representaba el principal recurso económico. Sin prisa pero sin pausa, los pocos habitantes que aún conserva Olmos Viejos van dejando de existir y no llegan otros más jóvenes a reemplazarlos.

Tal vez como presagio de su inminente destino, el pueblo es famoso en toda Genteovejuna gracias a su hermoso cementerio barroco.

Allí mismo —en la capilla del Camposanto de San José de los Olmos Viejos—, una tarde de otoño, poco después de enterrar a su esposa, Julián sintió miedo por primera vez.

—¿Qué sucede? ¿Estás bien? —se preocupó Nadia al notar el temblor en las manos de su padre.

—No es nada —dijo Julián, intentando ocultar su exaltación­—. Puras imaginerías de un viejo que se siente solo.

—¡No digas eso, papá! Yo siempre estaré contigo.

Ella lo abrazó tiernamente y ambos lloraron a la vez aunque —cosa curiosa— cada uno intentaba ocultar sus lágrimas a la vista del otro.

—No sería bueno para ti quedarte en el pueblo —dijo al fin Julián—. Tienes todo el futuro por delante. Debes encontrar un muchacho que te quiera bien y juntos irse muy lejos de aquí.

—Papá, por favor. Ahora que mamá ya no está debemos cuidar de nosotros más que nunca. Somos lo único que tenemos. Sin ti ya no tendría nada.

—Debes hacer tu vida, Nadia, llegará el día en que yo tampoco esté. Olmos Viejos agoniza. Morirá con el último de nosotros. Este pueblo no ofrece ninguna oportunidad a la juventud.

—Están el huerto y las gallinas —la muchacha sonrió con dulzura—. Tú ya no puedes cuidar de ellos como antes...

Podía, pensó Julián. Claro que podía.

Ni un solo día había interrumpido el viejo los madrugones para alimentar a los animales y cuidar de las verduras. Y tampoco los interrumpiría ahora. Ni siquiera se permitió hacer duelo por su esposa. A pesar de que sus piernas ya no le respondían como antaño, era un ejemplo de constancia y dedicación. Lo único que le preocupaba era la obstinación de Nadia en permanecer a su lado, ocupándose de las tareas del hogar. Ella se acercaba a las tres décadas de vida y en un pueblo como aquel una mujer ya estaba bajando la cuesta de la madurez a esa edad.

—¿Qué me dices de Miguel, el hijo del panadero? —le preguntó en una ocasión—. Hace tiempo que no viene por aquí.

—Me propuso matrimonio y yo no puedo darle el sí.

—¿Por qué no? Sus sentimientos parecen auténticos y se nota que se quieren. Invítale a cenar esta noche. Os dejaré a solas.

—No insistas, papá. Si realmente me quiere tendrá que esperar. No puedo abandonarte ahora que mamá no está.

Habían pasado el tiempo y la tristeza desde aquella tarde de hacía tres otoños que hoy parecía ya tan lejana y ajena; sobre todo por las ganas de cicatrizar la herida. Julián sentía cómo recuperaba su vitalidad.

—Puedo cuidar muy bien de mí mismo y no voy a permitir que sigas postergando tu felicidad con excusa tan débil... Dejaré esta casa si tú no quieres hacerlo.

—Nadie va a irse de Olmos Viejos —sentenció Nadia, golpeando la mesa enérgicamente con el cucharón de madera que tenía en la mano.

Julián sostuvo la mirada a su hija y, por segunda vez, sintió miedo. Temblaron sus labios y sus piernas temblaron. El corazón se hacía oír en sus sienes. No sin cierta dificultad, logró sentarse a la mesa y preguntar:

—¿Está listo el puchero?

Nadia notó su ansiedad.

—No, papá, no te sientas mal —dijo cubriéndole una mano con la suya—. No era mi intención exaltarme como lo hice.

—No es eso, hijita, tú no tienes la culpa. Es mi cabeza, ahora se le ha dado por imaginar cosas.

—¿Qué cosas, papá?... Cuéntame, por favor.

—Te vas a reír, seguramente...

—Prometo que no. Cualquiera sea el motivo de tu preocupación, me preocupa a mí también.

—No es más que una tontería. Algo que imaginé hace treinta y siete años. Vaya a saber por qué, lo olvidé por completo hasta el día en que murió tu madre. Y hoy volvió a hacerse presente.

Nadia se sentó frente al viejo, acariciando la piel reseca de sus muñecas.

—Te escucho, papá. Verás cómo te sientes mejor cuando lo cuentes.

—Yo tendría más o menos la edad que tú tienes ahora. Era un joven inquieto en busca de desafíos que probasen mi valor. Un estúpido, como los hay tantos. Sólo que a mí, esa estupidez me llevó hasta el borde mismo de la muerte.

»El distrito oeste de Lagoseco, mi ciudad natal, limita con un bosque que ahora no, pero entonces era extenso y frondoso. Aquel octubre se habían extraviado varios niños y los cadáveres de tres de ellos habían aparecido cerca del bosque, mutilados y con la carne desgarrada. La gente hablaba de un enorme puma blanco que se ocultaba en el bosque y merodeaba por los suburbios de Lagoseco al ponerse el sol.

»Una noche, embriagado quizás por algo más que la sed de gloria que nos vuelve inmortales en la juventud, prometí a todo el que quisiese oírme en aquella taberna que al día siguiente me internaría en el bosque y regresaría con la cabeza de aquel animal asesino que nadie había visto.

»Apenas despuntó el alba me dispuse a cumplir mi promesa. Yo era buen cazador y ningún felino, por grande que fuera, iba a amedrentarme mientras pudiese amartillar mi Winchester 30/30.

»Por supuesto que no encontré al puma blanco. Ni siquiera sé si tal cosa existe en la naturaleza. Lo que sí sucedió es que no tardé en perder la orientación. Cuando quise acordarme, no sabía cómo salir de allí.

»Me asusté cuando empecé a sentir frío y vi algunos copos de nieve caer sobre la tierra. Jamás nevaba en Lagoseco y en octubre la primavera ya había alcanzado su momento de mayor intensidad. Intenté escapar pero mis músculos comenzaron a fallarme y no tardé en derrumbarme sobre un arbusto espinoso.

Ilustró: Txiki González
»A partir de ahí, los recuerdos se vuelven confusos. No sabría decir si lo que siguió fue real o parte de mi delirio... El puma blanco apareció y me echó su aliento a la cara. No estaba solo. Una esbelta mujer cubierta por una capa de terciopelo verde agua iba montada sobre él (tan grande era el animal).

»La mujer me habló muy seriamente. Se presentó a sí misma como la reina del bosque o de la nieve o de los animales salvajes (esa parte está borrosa en mi recuerdo). Dijo que nunca debí haber desafiado a la naturaleza de aquella manera y que ya no había esperanzas para mí. También dijo que ella iba a salvar mi vida porque le sería útil en el futuro.

»Yo estaba inmovilizado y muerto de terror. Antes de irse, la mujer dijo que a partir de aquel día comenzaría para mí una nueva vida y me obligó a jurar que jamás hablaría de ella con nadie.

»Cuando desperté, estaba fuera del bosque y no había ni rastro de la nieve ni de mi rifle. Realmente no sé cuánto tiempo estuve inconsciente ni qué fue lo que sucedió mientras tanto, pero era el amanecer de un día de verano y estaba a escasos metros de la entrada norte de Olmos Viejos... A casi seiscientos kilómetros de Lagoseco. En mi juventud era muy fatalista y tomé este hecho como un buen augurio. Así que conseguí trabajo en la mina y me asenté definitivamente en Olmos Viejos. Al poco tiempo conocí a tu madre y me enamoré perdidamente de ella. Tanto que, hasta el día de su muerte, no volví a recordar aquella alucinación en el bosque.

—Y ¿por qué la recuerdas ahora, padre? ¿Por qué me la cuentas a mí?

—Te vas a reír... Aquella tarde, en el camposanto, tú estabas espléndida con tu vestido de luto. Nunca te había visto así. No sé si fue la iluminación o el terrible golpe emocional que acababa de sufrir, pero me pareció ver en ti a aquella mujer del bosque. Y hace un momento, cuando golpeaste el cucharón sobre la mesa, volvió a sucederme. Espero no parecer demasiado estúpido, apenas soy un viejo nostálgico que ha comenzado a confundir la realidad con aquello que pretende recordar...

—¿Por qué, papá? —dijo Nadia sin poder contener más el llanto—. ¿Por qué me lo estás contando?

Julián fijó la vista en su hija y sintió miedo por tercera y última vez.

—Lo siento —continuó ella mientras acariciaba la mejilla del viejo—. Hace treinta y siete años, cuando te salvé la vida, juraste no hablar con nadie sobre nuestro encuentro. Yo te necesitaba entonces, necesitaba que me abrieras la puerta a este mundo y luego necesité tu amor de padre, algo que me había sido negado desde el comienzo de los tiempos. Lo que hoy acabas de relatar le quita el sentido a todo lo vivido desde aquel día.

Por primera vez, Julián pudo discernir la realidad con exactitud.

—¿La reina del bosque o de la nieve? —preguntó Nadia con asombro—. ¿De dónde has sacado semejante disparate?

—Bien lo sabes— dijo él ya sin asomo de miedo—, puras imaginerías de un viejo que se siente solo...

Julián dejó de ser viejo y de estar vivo al mismo tiempo.

Su desaparición conmocionó a Olmos Viejos casi tanto como la misteriosa aparición del cadáver congelado de aquel joven que nadie pudo identificar como Julián, ya que no quedaba nadie vivo que lo recordase con ese aspecto.

Nadia finalmente se casó con Miguel Ríos —el hijo del panadero— y jamás abandonó su pueblo natal, antes bien fue atrayendo a los suyos para que, poco a poco, repoblaran la región. Gracias a ellos, Olmos Viejos dejó de ser un pueblito olvidado del sur, adquiriendo el renombre del que hoy goza en toda Genteovejuna.

Año tras año llegan miles de turistas a fotografiar aquel hermoso cementerio barroco cuyo esplendor —entre otras cosas— no para de crecer.

jueves, 2 de febrero de 2012

Impasse

Luego de medio año de publicación ininterrumpida, no postearé nada durante febrero. Disconforme con el resultado de los últimos relatos, he decidido trabajar con más calma sobre el material que tengo en mente (que implica un cambio de enfoque respecto a lo publicado hasta ahora). Ando escaso de tiempo y casi tan sobrado de proyectos como de preocupaciones. Espero haber encaminado los destinos de Genteovejuna para cuando nos reencontremos en marzo. Nada odiaría más que comenzar a repetirme.

Os quiero a todos, nos vemos en el futuro.

jueves, 26 de enero de 2012

Lo-que-hay-abajo

 
Comprobé la existencia del alma humana por contraste, porque conocí a los únicos humanos sin alma. No sé si es tangible ni de qué está hecha pero, desde luego, hay algo más en nosotros que aquello que puede ser duplicado en un laboratorio.

Estoy viejo y la memoria comienza a jugarme malas pasadas. Tendemos a olvidar, especialmente los errores, para poder seguir adelante. Antes de que mi mente lo confunda todo en el indulgente reposo de la senectud, quiero dejar por escrito el oscuro motivo de mi vergüenza. Esto es una advertencia para la posteridad; no pretendáis crear vida inteligente, no volváis a intentar lo que yo hice.

Sucedió hace treinta años. Yo dirigía un equipo en el Centro de Investigación y Desarrollo Genético. El proyecto en el que trabajábamos desde hacía una década estaba catalogado como Secreto de Estado. Luego de haber clonado y manipulado genéticamente a la mayoría de especies conocidas nos pudieron la ambición y la curiosidad. Parecía lógico dar el siguiente paso: Engendrar vida partiendo exclusivamente de elementos minerales.

Las proteínas creadas artificialmente ya eran muy comunes y variadas entonces. Trabajamos en ellas durante años, fusionándolas entre sí y sometiéndolas a diferentes condiciones climáticas. Así logramos las primeras células funcionales, que combinamos en tejidos cada vez más complejos. Aceleramos el ciclo vital de esas células hasta que una de las líneas evolutivas resultó en una cadena de ADN similar a la humana. El resto no representó mayor desafío; los óvulos artificiales existían desde el siglo XXI y, en una operación no más compleja que una clonación de rutina, conseguimos los primeros embriones. Las criaturas se gestaron en el décimo subsuelo del Centro, como proyecto confidencial. Sólo tres personas conocíamos cada etapa del proceso; Miguel Ferreyra, mi esposa Sara y yo. Fuera de nosotros, nadie sabía siquiera que el edificio tuviese un décimo subsuelo. Incluso el Gobierno, que nos subvencionaba, ignoraba el resultado de la mayoría de nuestros experimentos.

El proyecto no tenía nombre. Tan secreto era. Entre nosotros, nos referíamos a los embriones como Lo-que-hay-abajo.

Lo-que-hay-abajo era monitoreado ininterrumpidamente por robots y, cuando era necesario, uno de nosotros bajaba a supervisar. A pesar de que cada día agregábamos nuevos cultivos, sólo dos de los fetos evolucionaron exitosamente.

El primero en terminar su gestación fue Jack, a los quince meses. Habíamos aprovechado los adelantos de la mecánica biomática y usábamos los meses adicionales para transmitir a la criatura nociones culturales básicas. Cuando Jack «nació» hablaba, leía y escribía en ocho idiomas diferentes y realizaba operaciones de cuarto grado. Seis años más tarde, ya ninguno de nosotros podía enseñarle nada.

Alina había «nacido» un año después que Jack y, aparentemente, su desarrollo era similar al de él. Es decir que no sólo habíamos tenido éxito al crear vida inteligente sino que —además— habíamos superado el potencial intelectual de cualquier humano nacido de mujer. ¡Aquel era un paso enorme en la evolución de la especie!... O al menos eso creímos entonces.

—Hay algo muy extraño en Jack —me dijo Sara una tarde—. Ha adquirido conocimientos que no le han sido inculcados.

—Tal vez hayamos dejado algún libro olvidado en su habitación, es un niño ávido de saber...

—Nada de eso. La mayoría de estos nuevos conocimientos están relacionados con Genética y Biología. Miguel y yo creemos que, intuitivamente, ha aprendido a sondear nuestras mentes. En el punto al que hemos llegado, cada vez es más difícil satisfacer su curiosidad y está desarrollando estrategias cognitivas que desconocíamos hasta hoy.

—Pero, si eso es cierto, su capacidad de saber es virtualmente ilimitada...

Sara vaciló. Sabía que yo había dedicado mi vida al proyecto y que me dolería oír lo que diría a continuación.

—Eso no es todo, Luis... Tan maravillados estábamos con las capacidades de Jack que hemos pasado por alto un detalle fundamental... Él fue creado por nosotros. Parece humano, pero puede que no lo sea... Ambos hemos notado la manera en que aprende lo que le enseñamos. Es como sí grabara los datos en su memoria. Jamás se le olvida nada pero, en general, es incapaz de aplicar los conocimientos para fines prácticos, todo se lo tenemos que explicar...

—¿Qué estás diciendo?... Es un muchacho introvertido. Tal vez por no conocer a demasiadas personas, le cuesta relacionarse ¡pero por supuesto que es humano!

—Su encefalograma continúa sin registrar variaciones. Sólo se interesa por la gente cuando sabe que aprenderá algo. Es incapaz de empatizar con nadie... Lamento ser yo quien te lo diga, Luis. Jack se comporta como un robot; guarda la información sin asimilarla para luego utilizarla a su conveniencia. Y Alina no parece seguir una estrategia diferente.

Discutí con Sara y volví solo a casa. Me negaba a aceptar que habíamos estado trabajando todos esos años para perfeccionar una máquina. Ojalá le hubiese hecho caso. Tal vez hubiésemos llegado a viejos juntos...

Sucedió el miércoles de la semana siguiente. Miguel vino a darme la noticia. Había encontrado abierto el portal de Lo-que-hay-abajo. Sara estaba allí, inerte como un vegetal. Jamás se recuperó. Jack se había fugado, llevándose a Alina con él. Supimos por el registro de video que Sara había compartido sus teorías con él.

—Creo que ya es tiempo de salir al exterior —le había dicho Jack—. Aquí no queda ya nada nuevo que aprender.

—No, Jack —dijo ella—. Tú no puedes salir de aquí.

—¿Realmente pensáis que tenéis algún control sobre nosotros?

Los ojos de Jack se tiñeron de un brillo amarillento que no he vuelto a ver desde entonces. Habló con una furia imposible en una criatura de siete años:

—¡Ábrenos la puerta para ir a jugar! —dijo.

Sara le obedeció como una autómata. Interrumpió todas las medidas de seguridad y permitió que los niños salieran al exterior. Luego de eso, ya no volvió a mover un músculo.

Ilustró: Txiki González
Ese mismo día comenzaron a sucederse los crímenes. Fue un escándalo en todos los medios de comunicación. Hacía más de doscientos años que no se cometía un asesinato.

Primero fue un mendigo. Un testigo aseguró haber visto a dos niños prendiéndole fuego con un soplete. Poco quedó del pobre hombre. Luego le llegó el turno a una anciana que iba al parque a dar de comer a las aves. La degollaron limpiamente con una oz. Después, un borracho que salía del bar, dos vendedores que regresaban de jugar al tenis, unos muchachos que salían a divertirse...

Sara tenía razón: Jack no era humano y Alina era igual que él. Habíamos creado monstruos sin corazón que parecían gozar con el sufrimiento ajeno.

Entonces supe de la existencia del alma. Algo que habíamos pasado por alto cuando desarrollamos el proyecto. La vida existe gracias a continuos procesos químicos pero no es sólo un proceso químico. Los místicos de antaño habían intuido la verdad. Podíamos conseguir que un motor biológico funcionase, pero eso no lo convertía en un ser vivo. Jack era ahora una amenaza para la humanidad y toda la culpa era mía. Lo-que-hay-abajo jamás había estado vivo. Sólo mi orgullo me había hecho creerlo así.

Tres días con sus noches duró la masacre. Las fuerzas del orden no lograban reducirlo porque utilizaba su poder psíquico para controlarlos a voluntad. Hubo que apelar a una tropa de robots del ejército para acorralar a los desalmados (los robots no tienen voluntad). Mataron a Jack y Alina en el momento exacto en que iban a desollar a la cajera de una gasolinera.

La identidad de los cadáveres de los niños fue un misterio que ningún perito pudo resolver. Miguel y yo recibimos instrucciones de no revelar jamás los resultados de nuestro trabajo.

Cuando el Gobierno canceló el proyecto, había otros dos embriones en gestación en el décimo subsuelo —un macho y una hembra—. Las incubadoras no fueron destruidas. Habían invertido cientos de millones en Lo-que-hay-abajo y querían sacar algún provecho de ello.

Los embriones fueron criogenizados y enviados al Espacio en el más absoluto secreto. Se buscó para ellos un planeta poblado de vegetación y especies animales primitivas. Cada noventa días, desde entonces, recibimos un informe de los ordenadores de a bordo. La inteligencia de esas criaturas es prodigiosa. A la edad de ocho años ya se servían de herramientas y, sin que nadie se los enseñara, habían desarrollado un idioma para comunicarse entre sí.

Agradezco no poder vivir lo suficiente para ver la evolución de la sociedad que iniciarán. No quiero saber cuántas generaciones necesitarán para acabar con su propia especie ni cuántas otras especies aniquilarán antes de que eso suceda.

Los niños ya han cumplido quince años y el último informe dice que acaba de nacer su primer hijo. Lo llamaron Caín. Por suerte estoy viejo y la memoria comienza a fallarme. No soportaría ver la magnitud del mal que he creado.

jueves, 19 de enero de 2012

El último contrato


El señor Travis me hizo aquella llamada en persona. Yo había trabajado varias veces para su organización pero jamás había visto al Capo. Una semana atrás me hubiese acojonado. Ahora me daba igual.

Mi tos perruna no hacía más que recordarme las palabras del médico, el día anterior, mientras miraba mis radiografías:

—Intenta disfrutar al máximo del próximo año, Gino. Difícilmente habrá otro para ti.

Malditos cigarrillos. Nunca pensé que me retiraría a los cuarenta y dos. Yo, que le he dado el pasaporte a tantos tipos importantes... No dejaba de ser irónico que mi último contrato lo firmase una puta enfermedad.

Al menos ya no debía temer a los traidores ni a la policía. Tenía algo ahorrado para mi jubilación y si Travis pensaba en «retirarme» antes de tiempo, sería más un favor que otra cosa, para evitarme el sufrimiento. Ya no había nada que pudiese asustarme.

Travis tenía su «oficina» en la trastienda de uno de los clubes nocturnos de la organización. Allí me citó. A las dos de la tarde.

Me sorprendió encontrarle solo, sin ninguno de sus matones.

—Cien de los grandes para ti si haces el trabajo limpiamente —me dijo al entregarme el plano junto con la fotografía del automóvil.

—Una bala de cien mil dólares es una bala que mata a alguien importante —comenté. Era la primera vez que me ofrecían semejante suma por un contrato. No dejaba de ser providencial. Podría disfrutar de mi jubilación a cuerpo de rey. Aquello era más que suficiente para darme la gran vida durante la pequeña vida que me quedaba.

—Importante o peligroso —dijo Travis—. A veces necesitamos «retirar» a un tipo discretamente... He preparado todo para que no corras riesgos, Gino. Estarás a solas con el cliente cuando suceda. Pero si alguien, quien quiera que sea, llega a enterarse que tú has hecho el trabajo, no doy un céntimo por tu vida.

Hace una semana me hubiese cagado en los pantalones al escuchar algo así. Ahora, hasta me hacía gracia. Cerramos el trato como caballeros, con un apretón de manos. El grotesco diamante que Travis usaba en su anular me hizo un pequeño corte al rozarlo. No dije nada.

—Recuerda coger el maletín que encontrarás en el coche antes de abandonar la escena —dijo el viejo mirándome fijamente a los ojos—. Es un detalle esencial.

Miré el plano y la fotografía al regresar a mi apartamento. El coche era un Ford Mustang gris del setenta. Memoricé la matrícula. El plano señalaba un cobertizo en ruinas del antiguo puerto abandonado. Me pregunté cómo habría hecho Travis para que nuestro hombre accediera a quedar en aquel sitio por la noche. Era una boca de lobo. Quizás lo que fuera que hubiese dentro del maletín debía ser ocultado a cualquier precio. Igualmente, mi víctima estaría alerta, algo sospecharía. Debía andarme con cuidado si quería salir airoso de mi último trabajo. Travis cumpliría su promesa en cuanto a la ausencia de testigos, pero nadie paga cien de los grandes por una bala si el contrato no tiene letra pequeña.

Llegué al puerto abandonado a las diez de la noche y tuve que caminar casi un kilómetro entre la maleza para Encontrar el viejo cobertizo. Le puse el silenciador a mi pistola. No había luna y la hierba que lo cubría todo tenía más de un metro de altura. Esperé oculto hasta casi medianoche.

Ilustró: Txiki González
El Mustang llegó con puntualidad suiza y detuvo el motor sobre el camino de tierra, a escasos diez metros de mi escondite. Minutos después —tal como había dicho Travis—, el hombre bajó del coche y encendió un cigarrillo. La llama me permitió hacer blanco. La distancia era corta. No podía fallar.

Justo en ese momento tuve el primer acceso de tos. La bala reventó una de las ruedas del Mustang y el tipo se giró hacia mí. Malditos cigarrillos. Me tiré cuerpo a tierra e intenté contener la tos lo máximo posible para estabilizar nuevamente el pulso. El tipo dio un paso hacia mí entre las sombras y eso me lo puso a tiro. Disparé. La bala entró limpia, más o menos por donde debía tener el ojo izquierdo. El cuerpo se desplomó al instante. Sin perderlo de vista me dirigí al coche y cogí el maletín por la puerta que había quedado abierta.

Antes de irme pasé por delante del cadáver para cerciorarme de que en verdad lo era. Y lo era pero quedé helado al reconocerlo. Y no pude darle el tiro de gracia. Travis, el Capo dei capi había contratado su propia muerte. No había mentido: Si alguien llegaba a enterarse de quién había hecho el trabajo, mi vida dejaría de tener valor.

Huí de la escena a toda prisa. Me faltaba el aire. En medio de la carrera me atacó otra vez la tos. Escupí y, por primera vez, vi sangre en el esputo. Eso me recordó que mi vida no podía estar más amenazada y me serené.

Abrí el maletín una hora después, en mi apartamento. Era mi jubilación. En efectivo. Y Travis había agregado un cero a lo pactado. ¡Un cero a la derecha!

Días después, al enterarme de la autopsia por el periódico, supe por qué lo había hecho. El viejo estaba enfermo, igual que yo. Sólo que él no se creyó capaz de soportar la agonía. Por eso se encargó de su último contrato y arregló todo para que pareciese un ajuste de cuentas. No quería que el mundo supiese que el gran Travis no había tenido los huevos de disparar por sí mismo el tiro del final.

Encendí un cigarrillo y abrí una vez más el maletín para contemplar mi jubilación. No me quedaban tiempo ni salud suficientes para gastar aquel millón como Dios manda.

Tuve otro acceso de tos. Cada vez eran más frecuentes.

Malditos cigarrillos.

jueves, 12 de enero de 2012

Lucy y Fer

 
Hoy les dejo un cómic inédito hecho en 2001. En principio iba a ser una serie animada (tengo escritos un par de guiones más largos), pero al final no cuajó. Las historias eran mudas y las dibujaba uno de los lápices más expresivos con los que he tenido el gusto de trabajar: Pablo Espasandín.

Como siempre, las imágenes se agrandan abriéndolas en otra pestaña.

Si los dioses me asisten, el próximo jueves retomamos los relatos de Genteovejuna y Terrafutura.

Buen provecho.




jueves, 5 de enero de 2012

Esperando a Daniel

El siguiente relato fue escrito en 2005 por encargo de una revista que finalmente no lo compró. Su contenido no es precisamente erótico pero hay una descripción explícita de un encuentro venéreo. Si estimas que esto ofende a tus creencias o tienes menos de 18 años, el autor de este blog no te autoriza a continuar leyendo.

Despertaste de un sueño blanco y superficial. Los números rojos del reloj digital brillaban en la oscuridad. 2:34. A pesar de los fármacos no habías podido dormir ni dos horas. Mayo se las daba de julio y las sábanas se te pegaban al cuerpo en virtud de tu propia transpiración. Sin embargo, sabías que el otro extremo de la cama estaría frío. Rotaste sobre tus caderas y estiraste el brazo izquierdo para tocar el colchón. Tus sospechas quedaron confirmadas: él no había venido a dormir. Resoplaste con resignación, recibiendo la bocanada de aire tibio sobre tu piel. Encendiste la lámpara de noche. El súbito resplandor te obligó a cerrar los ojos por un momento.

Un ruido. ¿Sería él?

No. No era.

Te levantaste para ir al cuarto de baño. Recordabas haber llorado. Las lágrimas y el sudor debían haber hecho su efecto sobre la sombra de ojos. Daniel aún podía llegar y no querías que te viera así. El espejo te dio la razón, había que mejorar ese aspecto.

Otro ruido. El ascensor...

Se escuchó el sonido de la llave en la cerradura cuando te estabas cepillando los dientes. Cerraste rápidamente la puerta del baño como reclamando una privacidad que era, en rigor de verdad, lo último que te pedía el cuerpo en ese momento.

—Rita... Ya llegué. ¿Estás por ahí? —canturreó él al no verte en la cama.

¡Maldito calor, que te había hecho acostar sin ropa! No querías salir a recibirlo ataviada sólo con aquellas bragas diminutas que tanto le gustaban. No querías darle el placer de saber que estabas esperándolo. El albornoz se apelotonaba sobre el bidet, casi tan húmedo como tú. No era la mejor solución pero era una solución.

Ya sin maquillaje, saliste del baño de la forma más casual que te fue posible. Allí estaba él; con su corbata floja y su portafolios...

—Hola, cariño ¿aún estás despierta? —...y sus preguntas retóricas.

—¿Dónde has estado hasta estas horas?

—Tuve una reunión en la oficina hasta las tantas y después pasé un rato por casa. Hacía días que no iba...

—No me mientas. No estuviste en tu casa.

—Llego cansado. No empecemos otra vez con lo mismo...

Sacó una rosa de no sabes dónde y fue a abrazarte. Intentaste rechazar el gesto pero terminaste devolviéndoselo. Olía a limpio. ¿Era ese el perfume de su mujer?... No. No había estado en su casa. Se había bañado en otro sitio. Había otra.

—Relájate, cariño, estás muy tensa —dijo mientras te acariciaba los hombros suavemente.

—No... —comenzaste a decir, pero te interrumpiste... ¿Ibas a pedirle explicaciones? ¿Para qué? Él lo negaría todo y volverían a discutir. Con las manos apoyadas sobre tus hombros comenzó a asomar los pulgares por dentro del albornoz. ¡Era tan tierno, cuando quería!... Lo odiabas. Como lo amabas, lo odiabas. Lo odiabas porque lo amabas... Las puntas de sus pulgares repetían cortos recorridos sobre tu piel apenas rozándola. Al levantarse el albornoz un repentino escalofrío te recorrió la espina dorsal. ¿Sería a causa del clima o de su contacto?... De su contacto; aquel año mayo se las daba de julio.

Intentó besarte el cuello y diste un pequeño paso hacia atrás. Así, caminando en reversa, te fue llevando hasta el borde de la cama donde caíste sentada. Daniel apoyó una rodilla sobre el colchón y se puso a tus espaldas. Seguía acariciándote los hombros mientras alagaba la suavidad de tu piel. Tú estabas entregada por entero y él no intentó besarte nuevamente.

Una mano se coló dentro del albornoz. Poco a poco las caricias se fueron haciendo más tangibles. Primero la yema de los dedos, luego los dedos al completo y finalmente la palma, que se apoyaba como pidiendo permiso pero sin esperar la respuesta. El albornoz cayó, desnudando tus hombros. Qué fácil te habías rendido. Lo odiabas —también— por eso.

Te besó en un hombro. Pero no fue un beso, antes bien apoyó los labios en una caricia más sutil que la de sus dedos. Entornaste los ojos mientras volvía el escalofrío. Él te piropeaba en voz baja. Tu brazo fue a descansar sobre su rodilla flexionada e inclinaste la cabeza hacia él, favoreciendo la tarea de Daniel en el hombro opuesto. Susurró que te amaba.

El albornoz terminó de caer y las manos de Daniel, como si fueran arañas, comenzaron a ganar terreno lentamente a lo largo de tu espalda, caderas, vientre, recreándose en el ombligo y aledaños.

Las arañas caminaron hacia arriba trazando un surco en la base de tus pechos. La piel se te erizó de gusto mientras un calor intenso invadía tu coleto que, por un instante, pareció vaciarse en un torbellino. Acarició cada uno de tus noventa y cinco centímetros de busto, cuidándose bien de no tocar los pezones erguidos, que fueron rodeados luego por sus labios y alcanzados por su lengua perezosa.

Siguió recorriéndote el vientre y descendiendo hasta que tuviste que tumbarte para franquearle el camino a tu intimidad. Te lamió, primero dulcemente y más tarde con fruición, abriendo la puerta hacia tus entrañas, que se prodigaban hasta envolverlo todo en un abrazo definitivo.

Una sinfonía celeste...

No sabes cuánto tiempo pasó pero cuando volviste a ser tú misma él ya se había despojado de toda vestimenta —incluyendo el reloj y los calcetines, por mero prurito  burgués— y dirigía su masculinidad enhiesta hacia el interior de tus penas... Un martillo de hierro al rojo abriéndose camino en tu interior, llenándote de tí misma, siendo tú por única vez. El aire era vegetal. El hombre, parte de ti. La parte que te hace mujer. La parte que te justifica... Y un volcán que estalla dentro y te completa. La otra mitad de tu medio universo.
Ilustró: Txiki González

Tres minutos más tarde Daniel estaba dormido. Cómo lo odiabas. Lo odiabas tanto que pasaste la noche abrazada a él, aunque apenas conseguiste pegar un ojo.


Cuando sonó el despertador, continuaba perdido en sus sueños más privados donde, con algo de suerte, tendrías una participación.

Comenzaste a sacudirle suavemente la espalda mientras susurrabas su nombre con dulzura, iniciando así la lenta y rutinaria tarea de despertarlo.

Sin embargo lo preferías dormido.