jueves, 29 de diciembre de 2011

El Evangelio

 
Estaré fuera unas semanas así que he programado algunos relatos y cómics de tiempo ha.

El de hoy es más viejo que la injusticia. Lo dibujé cuando tenía unos 20 abriles aunque cuando hice el guión probablemente me faltaban un par de años aún para terminar el bachillerato (creo que fue en 1989 porque coincidió con el primer taller literario al que asistí). El color, ovbiamente, es muy posterior. La página fue retocada y redibujada en varias etapas de mi vida (manteniendo el texto inalterable), de modo que, creo, es la obra que más me representa, al menos por la diversidad de veces que estuve en su compañía. (¡Y ya dejad de hacer cuentas!, tengo 38 años).

Cierro el ciclo publicándola en Genteovejuna, esperando que disfrutéis de su lectura (la imagen se agranda haciendo clic o abriéndola en una nueva pestaña). Al que le guste, que se la lleve gratis a donde quiera.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Sultán

 
Atravesó la manga cilíndrica que unía la nave con la cámara de descontaminación del Puerto Espacial de Sinus Meridiani.

—Mel Wayne está fuera esperándole —dijo la voz mecánica del ordenador que daba la bienvenida a los exploradores.

—Gracias, guapa —respondió Sergio Ross—. ¿En cuánto tiempo estaré listo para tomar contacto con la civilización?


Una hora después, Mel esperaba ansioso en el bar del Puerto Espacial.

—Ya no mires el reloj —dijo Sergio a sus espaldas—. Estoy aquí. Es notable la impuntualidad de estos puertos, por más adelantos tecnológicos que se hagan.

—¡Sergio! —exclamó Mel poniéndose de pie—. ¡Me cago en tu estampa! ¿De veras eres tú?

Se abrazaron con la fuerza que sólo dan el tiempo y la distancia.

—¡Cómo te hemos echado de menos, hijo de puta!... Aunque seguramente tú eres quien más ha sentido la soledad, allá arriba...

Sergio se sentó a la mesa, frente a Mel.

—Es verdad que no he visto demasiada gente en estos años... Por suerte mi trabajo poco tiene que ver con las relaciones públicas.

—Pero supongo que en todo este tiempo...

Mel Wayne observó a su viejo amigo silencioso y distante y supo que, de alguna manera, el espacio lo había cambiado para siempre, convirtiéndolo en el típico ermitaño estelar que tantas veces había visto deambular por los parajes de Marte.

—No es tan dura la soledad cuando uno se acostumbra —dijo Sergio tras su nueva coraza de autosuficiencia—. Uno aprende pronto a ser su propio compañero...

Un robot-camarera se había acercado a la mesa.

—¿Qué tal está la cerveza? —preguntó Sergio señalando con un ademán el vaso vacío de su amigo.

—Abominable, como siempre...

—Reconforta saber que algunas cosas siempre seguirán siendo iguales...

Pidieron dos jarras.

—¿Quieres decir que en estos ocho años no has estado en contacto con nadie?

—No hay que exagerar... Durante el tercer año pasé cerca de las coordenadas de una nave–burdel y disfruté de la compañía de una bella damita...

—¿Una vez en ocho años? ¿Te follas a una tía en ocho años y lo consideras normal?...

—¡Tú nunca cambiarás, viejo lobo de mar!... Pero para el resto de la gente los placeres carnales no lo son todo en la vida...

—Olvídate del sexo...

—Lo he olvidado hace tiempo...

—No puedes haber visto a una sola persona durante unas horas en los últimos ocho años y seguir manteniendo tu salud mental. La sola idea de semejante incomunicación...

—Es verdad —lo interrumpió Sergio, mientras daba un sorbo a la jarra de sucedáneo de cerveza que el robot-camarera acababa de dejar frente a él—. La cerveza del Puerto Espacial sigue sabiendo a meados... Sin duda hubiese enloquecido, Mel. Si conseguí mantenerme cuerdo ha sido por el cariño incondicional de Tom.

—¿Tom?

—Mi fiel perrobot...

—¿Un perrobot?... ¡Esos bichos no son seres vivos, amigo!...

—¡No deberías hablar de ese modo!... Debes conocer a Tom para saber de lo que estoy hablando... Esa mascota está tan viva como tú, o como yo. Solía despertarme cada mañana para que jugase con él... Mueve el rabo cuando me ve sonreír y le encanta que lo acaricie detrás de las orejas... Es un perrobot, sí, pero tiene un corazón mucho más noble que el de la mayoría de los hombres que conozco...

—¡Joder, Sergio! Es un robot ¡Una máquina!... Está programado para actuar como un perro. No tiene vida.

—Te equivocas. Pasé ocho años conviviendo con mi perrobot, y puedo asegurarte que lo vi ponerse contento cuando yo jugaba con él, enfermarse cuando algo no andaba bien en sus circuitos, gemir de hambre cuando se descargaba su batería...

—¡Claro que sí!... ¡Está programado para hacer esas cosas!...

—Te desconozco, Mel. Estás hecho un insensible... Déjame hacerte una pregunta; ¿Tienes algún perrobot en tu casa?

—Bueno... Los animales verdaderos son caros de mantener en Marte... Hemos comprado un perrobot para cuando Abril cumplió tres años. Fue un capricho de mi mujer, no creas que yo...

—Vayamos a tu casa. Te demostraré que es cierto lo que digo. Además, estoy seguro de que tendrás algo mejor para beber.

—Es ridículo, pero si insistes...


«Un robot, el mejor amigo del hombre», pensaba Mel mientras bajaba del helicóptero, que había dejado aparcado en el desierto a cincuenta metros de su chalet. No podía quitarse de la cabeza la idea de que las estrellas habían vuelto loco a su amigo.

—Es allí —dijo, señalando hacia adelante—. ¿La recuerdas?

—Ha pasado tanto tiempo...

Ilustró: Txiki González
A esa hora Mirtha y Abril estaban fuera. Mel pasó su mano por el lector biométrico y la puerta principal se abrió. El perrobot ladró un par de veces, dando saltos de alegría alrededor de su amo.

—¡Que animalito tan encantador! —dijo Sergio, conmovido por primera vez desde que pisara suelo marciano­—. Mira qué contento se puso al verte regresar—. Estiró una mano hacia el robot, que la olfateó receloso—. Es normal que desconfíe, no me conoce.

—Es un robot, Sergio... Está programado para hacer eso...

—¿Cómo se llama?

—Sultán. Y te atacaría a mordiscones si le doy la orden de hacerlo.

—No lo haría —dijo acariciando al perro—. Sultán es un buen muchacho, ¿verdad que sí?.

Pasaron a la sala y Mel llenó un par de vasos con Whisky de la Tierra.

—Nos sentará bien algo fuerte luego de esa porquería sintética.

Sultán jugueteaba con los zapatos de Sergio.

—Gracias, amigo... Se ve que aún es un cachorro, le gusta jugar.

—Está programado para hacer eso.

—No puedes seguir negando que está vivo, Mel. Es tu mascota, te tiene cariño.

El perrobot buscó un tomacorriente al cual conectarse.

—Mira lo que hace ahora. Tiene hambre...

—No digas tonterías. El más elemental medidor de batería puede hacer que el robot busque una fuente de energía cuando la necesita.

—¿Tan seguro estás?... Intenta desconectarlo y verás qué sucede.

Sultán había sacado un enchufe de una de sus patas delanteras y se había conectado al tomacorriente. Mel se acercó a él y lo desenchufó. El perro gruñó.

—Pero qué... ¿Es que no me reconoce?

—A ningún perro le gusta ser molestado mientras come...

—¡Bah! —Dijo Mel dejando al perro nuevamente en el suelo—. También será parte de su programa. Los hacen así para que parezcan más reales.

—¿Eso crees? Entonces ¿Por qué no intentas ponerlo con las patas hacia arriba y abrir la portezuela de su estómago. Quedará indefenso pero no está preparado para comprender ese peligro.

Mel comenzaba a fastidiarse.

—¡Terminemos de una vez con todo esto!— dijo mientras alzaba en brazos a Sultán. Apoyó su dedo pulgar sobre la portezuela, que tenía un detector biométrico. Se escuchó un chasquido.

—Ha reconocido la mano de su amo —dijo Sergio—. Ahora retira la tapa, no sucederá nada.

Mel obedeció y los circuitos del robot quedaron al descubierto. Por un momento le pareció que Sultán lo miraba de una forma extraña, como si intuyese el peligro. Aunque probablemente no era más que el fruto de su imaginación... Sergio se acercó ofreciéndole su vaso de whisky. Aún no lo había probado.

—Toma —le dijo­—. Vacíalo dentro del perrobot. Provocarás un cortocircuito. Seguramente sufrirá una breve agonía antes de quedar inutilizado. Pero eso a ti no te importa ya que crees que las máquinas no pueden tener sentimientos.

Mel tuvo un instante de duda.

—Coge el vaso, vamos, termina de una vez lo que comenzaste. Nada malo puede suceder, después de todo no es más que un robot...  

Mel dedicó una última mirada a su mascota antes de verter el líquido sobre sus circuitos. El perrobot comenzó a sacudirse como si sufriese algún tipo de espasmo nervioso.

—¡Mierda! —exclamó Mel, alejándose de Sultán pero sin poder apartar la vista de esos ojos vidriosos, asustados. El perrobot parecía implorar su clemencia, como si se diera cuenta de lo que estaba sucediendo, como si sufriera, como si estuviese vivo. Espantado, intentó convencerse a sí mismo de que el robot actuaba siguiendo un programa. Pero el miedo que había en esos ojos no podía haber sido creado artificialmente. Mel comprendió, de repente, que él había provocado el cortocircuito. Lo estaba matando. «¿Matando?», se preguntó y el perro gastó sus últimas energías en un gemido de angustia. Mel comprendió por vez primera su dolor. Lo comprendió pero no lo soportó. Salió disparado hacia el lavabo. «Soy un asesino», pensó. Su rostro había perdido el color.

Sergio se acercó al perrobot con una pequeña caja de herramientas. Mientras tanto, Mel no podía dejar de vomitar. Más tarde, seguramente, echaría la culpa a la cerveza del Puerto Espacial.

—Tranquilo, pequeño, yo te curaré —susurró Sergio mientras secaba el interior del perrobot con un chorro de aire caliente—. A partir de hoy tu amo te tratará como te mereces.

El daño había sido superficial. Sería fácil de reparar. Mientras trabajaba con una pequeña soldadora, Sergio intentó comprender a la gente de las colonias. Tan egoísta, la gente, tan incapaz de conectar con el resto de los seres vivos y a la vez tan necesitados de otros seres vivos.

Ahora lo sabía. Dejar de lado su cuerpo humano antes de partir rumbo a las estrellas fue la decisión más sabia que pudo haber tomado. De otra manera ¿quién sabe si hubiese regresado con vida?

Cerró la portezuela de Sultán y el perro comenzó a corretear por la casa, como si festejara la vida recuperada.

Mel continuó abrazado al inodoro durante cuarenta minutos.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Caballeros y dragones

 
—Estoy perdida, sola en medio de un bosque. Está anocheciendo y los árboles que me rodean se vuelven cada vez más fantasmagóricos. No encuentro el camino que me devuelva a la civilización. Tiemblo. Sudo. Me angustio. Cansada ya del inútil peregrinar, me siento sobre una roca y estallo en lágrimas...

»Pasados unos minutos, me compongo y apoyo la espalda contra el tronco de un enorme árbol dejando caer mis brazos a los lados. Tanto como para mantener mis nervios ocupados, comienzo a juguetear con la tierra y la hierba que me rodean. Así, casualmente, descubro que el tronco del árbol sobre el que estoy recostada es hueco. Me pongo de pie y veo que la corteza ha sido arrancada en un sector, creando un agujero del que no alcanzo a ver el fondo.

»No me pregunte por qué, abandono toda cautela e introduzco mi mano en el interior del hueco. Tanteo una superficie rugosa y un cofre de hojalata. Los saco del agujero; se trata de un lienzo de pintor y una caja de acuarelas. Me sorprendo. El corazón me palpita. Me alegro. Olvido de inmediato la soledad del bosque, la oscuridad y el miedo... ¡Siempre quise ser pintora, desde niña!... Interpreto aquel hallazgo como un presagio. Sin detenerme a analizarlo, cojo un pincel y comienzo a manchar el lienzo con trazos de colores que poco a poco van adquiriendo inesperadas formas. Hago catarsis de mi angustia y mis miedos... Dejo que mi mano se deslice sola, sin ser conciente de mis propias ideas. Entro en éxtasis... La inspiración llega desde lo más profundo de mi alma. Tanto, que pronto no puedo creerme que aquel lienzo estuviese en blanco antes de que yo lo tocara...

»Casi he conseguido ahuyentar todos mis fantasmas cuando descubro, nuevamente horrorizada, una pequeña llama en el centro de la pintura. Intento apagarla con la mano pero me quemo. En cosa de un segundo el fuego se extiende por el lienzo, destruyendo toda mi obra. Desesperada, levanto la mirada y descubro el origen del incendio. ¡Un enorme dragón que me mira desafiante!... Mi cuerpo no me responde. El dragón, enfurecido, vuelve a escupir su llama, esta vez apuntándola hacia mí. Esforzándome más allá de mis posibilidades, consigo huir corriendo por el bosque. Pero el dragón es gigantesco y derriba árboles como quien aparta la maleza. Pronto me veo acorralada por el monstruo.

»Ya estoy encomendando mi alma al Señor cuando aparece él... Un valiente caballero embutido en su armadura y montando un imponente zaino negro. Desafía al dragón y, tras un truculento combate, consigue darle muerte atravesándolo con su lanza.

Ilustró: Txiki González
»Sin siquiera inmutarse, mi caballero estira su mano enguantada en cota de malla y me ayuda a subir a su cabalgadura. Al galope, rumbeamos hacia un gran castillo que se divisa en la distancia. Yo me relajo y dormito un rato, abrazada a mi salvador... Cuando llegamos al castillo él se quita la armadura y el terror vuelve a hacer presa de mí... No se trata de un gallardo caballero, como yo había supuesto ¡Es un horrible ogro!... Un monstruo peludo que ríe mientras me arrastra hacia la torre y me coloca grilletes en ambos pies. Grito hasta desgañitarme pidiendo auxilio pero nadie me escucha. El primer latigazo que recibo me rompe el vestido y me saca sangre del pecho izquierdo. Al segundo latigazo, pierdo la conciencia...

»Por lo general, llegados a este punto, me despierto bañada en transpiración... La pesadilla se repite cada vez con más frecuencia e intensidad. Las últimas veces tardé varios minutos en darme cuenta que no había sido más que un sueño... ¿No me estaré volviéndo loca, doctor?... Temo que llegue el día en que no sea capaz de distinguir de qué lado de la realidad me encuentro...

—Eso no sucederá, Nancy. Juntos descubriremos el origen de tu pesadilla recurrente... Antes de comenzar con la terapia de hipnosis me gustaría saber cómo es un día de tu vida... Ayer, por ejemplo ¿Cuáles fueron tus actividades?

—Ayer, bueno... Me desperté sobresaltada y debí hacer un esfuerzo sobrehumano para salir de la cama. Me lavé la cara y bajé a preparar el desayuno para Pablo y los niños. Mi marido no acabó de desayunar. Como siempre, iba atrasado y partió hacia el trabajo sin decirme a qué hora regresaría. Luego pasé cuarenta minutos lidiando con los niños hasta que se hizo la hora de llevarlos a la escuela. Hice todo el camino de regreso pensando en lo crecidos que están ya mis hijos y en lo poco que he podido disfrutar de ellos por preocuparme demasiado y correr todo el tiempo tras las cosas más inmediatas...

»Últimamente pienso mucho en mi vida... La pintura, por ejemplo, hace años que no pinto. Tuve que dejarlo al nacer los niños. Me casé con Pablo cuando quedé embarazada, pero no estoy enamorada de él y dudo mucho que él lo haya estado de mí en algún momento...

»Pero le estaba contando mi día de ayer... Luego de dejar a los niños fui al supermercado y después a casa, deprisa, que tocaba limpieza general. Preparé el almuerzo como pude para que estuviese listo al mediodía. Los niños tienen sólo dos horas para comer y regresar al colegio... Yo apenas probé bocado por que llegaran a tiempo...

»En parte prefiero estar inmersa en esta rutina, así no tengo tiempo de pensar en la vida que llevo ni en Pablo, que cada vez se queda hasta más tarde en la oficina... Cuando se fueron los niños llamó mi amiga Lilian. Fue una sorpresa. Hacía más de un año que no recibía noticias suyas. Quería invitarme a una exposición de pintura barroca que ha llegado a la ciudad. Como se imaginará, tuve que rechazar la invitación... Mis obligaciones como madre y esposa prácticamente no me dejan tiempo para ocuparme de mí misma... ¡Ya no resisto más, doctor!...

—¿Necesitas un pañuelo, Nancy?... Probaremos la hipnosis cuando estés más tranquila... Intentaré ayudarte, aunque me desorienta un poco tu caso. Por lo general, la gente acude a mí para descubrir y superar aquellos traumas que les impiden realizarse como personas. Pero, después de todo, tu vida es como siempre la has soñado...

jueves, 1 de diciembre de 2011

¿En qué nos equivocamos?

Los relatos para las próximas semanas aún no acaban de cocinarse al punto que me gusta servirlos. Os dejo un cómic que escribí en 2003 para una edición especial de El Víbora. Al releerlo con la perspectiva del tiempo, he notado que esta historia sucede en Genteovejuna. Mira por dónde vengo a enterarme que ya conocía estas tierras en aquella época...

Hacer click sobre las imágenes para leer el cómic a mayor tamaño o abrirlas en una pestaña nueva.

© 2003 by Iván Guevara, Atilio Gambedotti & Ediciones La Cúpula