jueves, 17 de noviembre de 2011

El código Garrincha

Otra semana en la que no he escrito nada. Esta vez les traigo dos de los nueve capítulos que escribí de la penúltima novela que dejé inconclusa. Se trata de una parodia a El código Da Vinci (escrita en 2006, en pleno auge del libro de Dan Brown) que, en principio, iba a manejar un humor absurdo pero enseguida comenzó a degenerarse hacia algo más bizarro. La novela iba a llamarse El Código Garrincha, aunque nunca llegué a escribir la parte en que viajaban a Brasil buscando el secreto detrás de la enigmática sonrisa de La Giocondonga, momento en que entraría en juego el destacado futbolista. El tono difiere radicalmente de lo que hago para Genteovejuna y marcó para mí el final de una etapa muy creativa. La ilustración que acompaña iba a ser la portadilla del libro. Espero sea de vuestro agrado y que sepáis disculpar los errores que seguramente encontrareis (no he querido corregir nada del texto original).


1

Robert Lankdonkey despertó sobresaltado.

Mientras terminaba de expulsar a los personajes de su sueño erótico —Neve Campbell, Vanessa Ferlito y, extrañamente, Samuel L. Jackson— el teléfono volvió a sonar. Eran las 12:50 p.m. (las 24 y media en el sistema métrico decimal, al uso europeo). Sólo llevaba una hora dormido en aquella cama del Hotel Ris de Sevilla, pero se había sumido en un sueño profundo e intenso.

La habitación era espaciosa, aunque decorada con un gusto algo cargante. Se trataba de un antiguo edificio de arquitectura morisca que había soportado más o menos dignamente el paso de los siglos. Un testimonio vivo, aunque en franca decadencia, de la época de esplendor de aquel país. Cuernos de toro y retratos de toreros con bailarinas flamencas colgaban de cada una de las paredes.

El timbre agudo del viejo teléfono de disco volvió a intimidarlo... ¡Justo ahora que lo mejor estaba a punto de comenzar entre él y el señor Jackson!... Ya no le sería posible retomar el sueño donde lo había dejado. Maldijo al servicio del hotel por haberse inmiscuido en sus fantasías más íntimas.

Cuando el teléfono tintineó por cuarta vez, Lankdonkey descolgó el auricular y se lo llevó al oído.

—¿Diga? —gruñó de mala gana.

—¿Señor Lankdonkey? —dijo una voz al otro lado de la línea. El hombre pronunciaba su apellido tal cual como debía sonar en su lengua de salvajes: «Landonquei.»

«Estos españoles son unos ignorantes» reflexionó para sí el experto en filología Robert Lankdonkey.

—Espero no haber interrumpido su descanso —continuó la voz como si realmente lo lamentara—. Le habla el recepcionista. Aquí abajo hay una persona que desea verle, me ha dicho que es urgente.

—Lo siento, ya me había dormido. Estas no son horas —continuó Lankdonkey sin especificar para qué no eran horas—. Dígale a esa persona que sea tan amable de dejarle a usted su nombre y señas. Mañana me pondré en contacto con ella.

—Es que... Se trata de alguien muy importante.

—Lo único importante para mí en este momento es entregarme a los brazos de Morfeo.

—Desconozco quién sea su amigo, pero creo que deberá retirarse de su habitación antes de...

—Buenas noches —lo interrumpió Lankdonkey antes de cortar la comunicación.

«Estos españoles son unos ignorantes», volvió a reflexionar. «Y éste recepcionista lo es aún más que el resto. No vale la pena molestarme en explicarle metáforas helénicas».


Entonces recordó el malentendido que había tenido lugar horas antes, al regresar al hotel luego de dar su conferencia sobre La Importancia de la Cocina Medieval para el Desarrollo de las Lenguas Romance en la Universidad de Sevilla.

Robert Lankdonkey era un laureado filólogo doctorado, además, en historia, experto en arte antiguo y campeón interuniversitario de natación (aparte de alguna otra disciplina que nos vaya haciendo falta a medida que avance la narración). Con sus cuarenta y cinco años bien llevados, dominaba a la perfección veintidós idiomas y casi cuarenta dialectos de todo el mundo. Había escrito decenas de libros que le valieron el reconocimiento de gran número de estudiosos dentro de una selecta elite intelectual. Desde hacía años era invitado por las más prestigiosas universidades del orbe para dar conferencias acerca de sus teorías y descubrimientos etimológicos. Alumnas y profesoras se derretían ante su sapiencia y su gallarda porte. Las revistas de semiología solían describirlo como un Leonardo Dicaprio maduro con la inteligencia de Einstein (una sagaz descripción —que le hacía justicia— digna de las mentes más brillantes dentro del mundo de las investigaciones lingüísticas).

Aquella tarde, después de su exitosa conferencia, Lankdonkey sólo deseaba regresar cuanto antes al hotel para ducharse y descansar luego del agotador viaje en avión. Su organización psicofísica aún respondía al horario americano y no había tenido ocasión de dormir bien durante los últimos días.

A duras penas logró deshacerse de las alumnas pizpiretas y las atentas profesoras que, como de costumbre, revoloteaban dicharacheras a su alrededor, colmándolo de atenciones. Ese era el precio que debía pagar por ser un galán de las letras, aunque él estaba más allá de aquellas frivolidades.

Una vez liberado del acoso femenino, montó en el Corvette platinado que había adquirido para aquel viaje. «¡Qué ocasión para probar mi nuevo capricho!», se dijo Lankdonkey llevando el convertible a 180 Km/h por las estrechas calles de Sevilla. Era una verdadera joya de la mecánica. Ya tendría tiempo de tunearlo a su gusto cuando regresara a su residencia de Harvard.

En estas cavilaciones andaba perdido el filólogo cuando clavó los frenos de su nueva máquina, haciéndola derrapar ante la entrada del Hotel Ris de Sevilla. Se bajó del convertible pasando por encima de la puerta, sin abrirla, y le arrojó las llaves a un botones para que se lo aparcara.

—Cuídamelo bien —le recomendó, entregándole un billete de mil pesetas para asegurarse de que el muchacho haría efectivo su pedido.

Al entrar al hall del hotel, se dirigió al recepcionista y le dijo:

—Estoy agotado. Que nadie me moleste hasta mañana a las nueve... Y, por favor, vea si puede conseguirme una muda limpia y que la suban a mi habitación.

—Bien, señor —contestó el dirigente recepcionista.

En ese momento tuvo lugar el primer malentendido con aquel hombre. Lo supo diez minutos más tarde, cuando llamaron a la puerta de su habitación. Al abrirla, Robert Lankdonkey se encontró con una muchachita menuda que lo miraba expectante.

—¿Y tú quién eres? —preguntó extrañado, pero la joven no le dio ninguna respuesta.

Entonces comprendió su error.

«Perversos españoles», pensó. «Hay que ver lo que entendió este tío por una muda limpia».

Anteriormente había escuchado comentarios sobre la falta de escrúpulos que mostraban en los hoteles de estos países tercermundistas a la hora de conseguir prostitutas de cualquier raza y condición para sus clientes, pero esta era la primera vez que tenía ocasión de comprobarlo.

«¿Qué más da?», se dijo e hizo pasar a la muda.

La muchacha, con su escaso pecho y sus rectas caderas, era dueña de una belleza andrógina que cautivó a Robert desde el primer momento. Por alguna razón que nunca se había cuestionado, le atraían las mujeres cuyos atributos femeninos no se encontraban demasiado desarrollados.

Hicieron el amor durante algo más de una hora. Luego Robert le pagó y la muchacha se quedó acariciándole la nuca hasta que él se durmió, agradeciendo que fuera muda.

Cuando el timbre del teléfono lo despertó, una hora después, la joven ya se había marchado y Robert no la echó en falta. Entonces no podía saber que esa misma noche la buscaría desesperadamente por toda la ciudad, cuando —paradójicamente— el testimonio de una muda fuese lo único que podría exonerarlo del crimen del cual iban a acusarlo.


El teléfono volvió a sonar, rescatándolo de sus recuerdos recientes. Descolgó el auricular refunfuñando con indignación.

—¿Diga?

Era otra vez el molesto recepcionista.

—Disculpe nuevamente, señor Lankdonkey. Llamo para avisarle que la persona que lo buscaba hace un momento ya va camino de su habitación.

—Pero ¿a usted que mierda le pasa? —espetó el experto lingüista—. ¿No le dije que hoy no quería que viniera nadie a tocarme los cojones?

—Es que... No creí tener la autoridad suficiente para negarle la entrada a esta persona. —Por algún motivo a este recepcionista le resultaba más sencillo decir «esa persona» que revelar la identidad del visitante, como si se tratase de un mediocre recurso para generar misterio en una novela de veinte céntimos.

—Por mí, como si fuese la reina de Francia... ¡Me la trae floja!

—Es que...

Esque, nada... ¿De quién se trata exactamente?

—Su visita es... El ranger Demetrio Diez, uno de los ayudantes del sheriff.

Al mismo tiempo que el recepcionista pronunciaba estas palabras, Robert Lankdonkey oyó cuatro enérgicos golpes en su puerta.

—¿Señor Lankdonkey? —dijo alguien desde fuera—. Ábrame, por favor, Debo hablar con usted. Vengo en representación de la Oficina del Sheriff de Sevilla.

Lankdonkey colgó el teléfono y se quedó atónito por un instante, mirando la puerta con incredulidad. «La Oficina del Sheriff de Sevilla.» La OSS, era más o menos el equivalente español del FBI estadounidense. ¿Qué querrían de él?... Había sólo una manera de averiguarlo.

Con cautela, se incorporó y entreabrió la puerta. El hombre con quien se encontró distaba mucho de parecer un agente federal: Su porte menudo y robusto sumado a la casi total ausencia de cuello, oculto bajo una prominente papada, le recordaban más al cerdito Porky que a los polis de la tele... Pero no debía olvidar que estaba en Sevilla, no en Nueva York.

—¿Qué se le ofrece? —preguntó, prudente.

—Necesitamos de sus conocimientos para esclarecer un caso.

—¿A estas horas de la noche? ¿No podían esperar a mañana?

Robert se apartó un poco, dejando la puerta entreabierta, pero el ranger Demetrio Diez entendió el gesto como “entre, que está abierta” y así lo hizo.

—Esta noche usted tenía una reunión con Jorge Gil y Puertas, el conservador del Museo de Arte Africano. ¿Es eso cierto?

—Sí. ¿Cómo lo sabe?

—Sabemos muchas cosas. ¿A qué hora se despidió usted del conservador?

—De hecho, aún no nos hemos visto. Lo llamé para aplazar la reunión hasta mañana por la mañana... Me encontraba extenuado por el viaje en avión y pretendía descansar.

Ilustración del autor
—Me temo que eso no será posible... Y tampoco debe molestarse en asistir a esa reunión de mañana.

—¿Qué quiere usted decir?

Sin responderle verbalmente, el ayudante del sheriff le entregó a Lankdonkey una polaroid que sacó del bolsillo interior de su cazadora oficial.

—¿Y esa foto? —preguntó el filólogo cogiéndola entre sus dedos.

—Se la hicimos hará cosa de una hora, en la sala de máscaras del museo, donde lo encontramos.

Cuando Robert echó una mirada a la fotografía, se horrorizó de lo que vio. El cadáver del conservador yacía en una extraña posición, tirado sobre un charco de sangre. «¿Era sólo sangre o había algo más?» El ranger Diez tenía razón: Ya no se reuniría con él al día siguiente... Ni ningún otro día.

—¿Quién ha podido hacerle algo tan espantoso?

—Señor Lankdonkey —sonrió el agente—, esperábamos que usted pudiera contestar a esa pregunta.

Robert miró al hombre rechoncho, que le sostenía la mirada, intentando leer en sus ojos lo que el sheriff esperaba de él. ¿Lo estaban acusando o sólo buscaban su colaboración en un caso difícil?

De pronto, Robert Lankdonkey reparó en la insignificante estatura de su interlocutor (era casi un enano) y advirtió —sin lograr reprimir una sonrisa— que el nombre que le habían puesto, Demetrio Diez, le cabía como anillo al dedo.



2

A unos ciento cincuenta kilómetros de allí, Sirla, el mastodonte bizco, cruzó raudamente la entrada del viejo caserón ubicado sobre la calle Manríquez. El vestíbulo estaba vacío. Subió con premura por la ornamentada escalera, prosternándose luego ante el enorme crucifijo que dominaba la estancia superior. La casona era propiedad de la Congregación y él, como Bracchium Armatus Dominus —Brazo Armado del Señor—, tenía derecho a refugio en su interior. La puerta de su habitación estaba abierta. La cerró al entrar.

A través de la ventana podía contemplar la Catedral de la Asunción de Nuestra Señora y la fachada posterior del Palacio Episcopal. Sirla no era lo suficientemente puro para alojarse allí. Era un asesino, un pecador. El Altísimo lo había elegido para cumplir con ese propósito... «Los caminos del Señor son inescrutables», se dijo.

Aún quedaban cinco minutos para hacer la llamada telefónica con la que informaría del éxito de su misión. Continuó mirando por la ventana. Dos años atrás había cumplido con otra Misión Divina en aquella misma ciudad. Ahora tenía nuevamente ante sus ojos aquel edificio: Se trataba de la Biblioteca Provincial de Córdoba ubicada, paradójicamente, al lado del Palacio Episcopal, en la calle Amador de los Ríos. Allí había entrado Sirla hacía dos años para robar el Compendio di rivelazioni, un incunable escrito por el hereje Girolamo Savonarola que, en su momento, había escapado a la hoguera —el incunable, ya que no el hereje—. Ahora, gracias al servicio que Sirla había prestado a la Congregación, el libro había sido reemplazado por una copia apócrifa que honraba a Dios Nuestro Señor.

El rubicundo asesino bizco volvió a consultar su reloj y dio gracias al Cielo por haber iluminado su camino, por haber enviado al Padre Culastti a rescatarlo de aquel contenedor de basura donde sus padres biológicos lo habían abandonado nomás nacer, al notar que padecía el mal de Gregorio (tenía un ojo fijo y el otro giratorio).

«El Señor le ha dado un sentido a mi vida».

Sirla se sintió pleno, dichoso de estar pagando la deuda contraída. Abrió el cajón de la austera mesita de noche y sacó el teléfono móvil provisto por el Vaticano, con una línea imposible de rastrear. Marcó un número.

—¿Diga? —respondió, casi de inmediato, una voz masculina. Una voz que Sirla conocía bien.

—Soy yo, Maestro. Ya estoy en el refugio.

—Habla.

—Las cinco puntas de la estrella ya han dejado de brillar.

—Bien. Supongo que, entonces, tendrás la información.

—Los cinco coincidieron. Estaban aterrados.

—La perspectiva de la muerte siempre aterra a las ovejas descarriadas que no están en paz con el Señor —se permitió reflexionar el interlocutor de Sirla.

—Así es. Los cinco mencionaron el mismo lugar.

—El lugar donde se oculta la clave secreta.

Según la tradición, la Cofradía había ocultado un mapa en algún sitio del mundo... Un mapa que conducía directamente hacia el tesoro más preciado de la hermandad... El objeto que habían custodiado durante milenios...

—Excelente —se regodeó el Maestro—. Cuando nos hagamos con esa clave, estaremos a un paso de encontrarla...

—Y puede estar seguro de que será nuestra.

—¿Dónde se oculta exactamente la clave?

Sirla se lo dijo.

—¿Egipto?... Parece muy conveniente. Está en África, la cuna de la humanidad, según los herejes de la Cofradía...

—Son ingeniosos —replicó Sirla—. La han ocultado en la tumba de un faraón prácticamente desconocido.

—Sí... La tumba de Tutangamarrón aún no ha sido encontrada.

—No ha sido encontrada porque nadie se ha molestado en buscarla.

—Sin embargo, tú la encontrarás. Has hecho un gran servicio al Señor. Hemos esperado este día desde tiempos inmemoriales y no es momento de detenernos. Tráeme esa clave. Esta misma noche.

—Pero, Maestro... Ese sepulcro debe ser una fortaleza... ¿Cómo haré para encontrarlo y entrar en él?

El Maestro, con la seguridad propia de los poderosos, se lo dijo.


Sirla cortó la comunicación pletórico de ansiedad. Dentro de media hora pasarían a recogerlo en un helicóptero de la Congregación. Volvió a dar gracias al Cielo por esa media hora. Tendría tiempo de hacer penitencia por sus recientes pecados de sangre.

Se desnudó por completo y se dirigió al pequeño cuarto de baño que había en su habitación. Cogió el spray más grande que encontró, el de espuma de afeitar. Era de los envases largos: 405 mililitros.

«El dolor es bueno», había dicho el Padre Culastti años atrás, mientras hacía extrañas cositas con el pequeño Sirla.

«El dolor es bueno», repitió Sirla apoyando el envase de espuma de afeitar sobre el suelo y sentándose luego sobre él.

Pero el ano no se le dilataba.

Era un mal presagio.

Volvió al cuarto de baño y rebuscó desesperadamente entre todos los pomos y frascos que allí había, pero no encontró lo que necesitaba.

Sacer merda! —juramentó. Sirla tenía ese prurito que le había inculcado su mentor, el ahora Monseñor Amatore Culastti: «Si vas a decir una palabra malsonante, dila en latín que es el idioma del Señor».

«¿Cómo ha podido olvidarse el Vaticano del lubricante, sabiendo lo importante que es para los miembros de la Congregación

No valía la pena continuar con los lamentos. «A llorar, a la iglesia», se dijo y comenzó a buscar algo que pudiera usar como sucedáneo.

Encontró un pomo de pasta dentífrica. Ansioso, vació su contenido sobre la punta semiesférica del spray de espuma de afeitar y lo untó con devoción a lo largo del improvisado objeto de penitencia personal.

Volvió a sentarse sobre el envase y esta vez su orificio de la vergüenza no opuso resistencia. El diámetro del recto se le iba expandiendo a medida que el envase se abría camino por su esfínter, como años atrás lo había hecho la del Padre Culastti. Sintió una enorme paz interior al recordar al joven sacerdote. Claro que el Padre Culastti —como exige la tradición católica— no había vuelto a tocarlo desde que Sirla había dejado de ser un niño, pero él lo extrañaba.

«El dolor es bueno», se repitió Sirla cuando el dentífrico mentolado le hizo arder las almorranas. «El placer del cuerpo es el dolor del alma», recordó mientras el envase desaparecía en el interior de su culus («Las palabras malsonantes piénsalas en latín», le había enseñado su bienamado mentor).

Voluptas corpus. Castigatio anima.

«El dolor es bueno», seguía susurrando entre gemidos, mientras daba pequeños saltitos —arriba y bajo— sobre su trasero.

Al cabo de un rato, comenzó a sangrar.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Lunáticos

 
—Eso no sólo contradice la naturaleza de la psiquis sino que atenta contra el principio de causa y efecto.

—Para comprenderlo debe usted aceptar que aquí, en la Luna, ese principio no funciona exactamente como en la Tierra —dijo el doctor Mayers—. Especialmente en el campo de la psiquiatría.

—Lo que usted afirma trasciende el campo de la psiquiatría. Un sólo hombre puede creer en una realidad inexistente pero, por definición, eso no cambia la realidad. Si otras personas compartiesen la misma alucinación, tendríamos que pensar en un cambio físico, no imaginario. La realidad no se modifica porque una mente perturbada así lo crea.

—La pregunta del millón sería ¿qué es la realidad?... Consideramos real todo aquello que podemos comprobar mediante nuestros sentidos. Usted sabe que yo existo porque me está escuchando y me está viendo. Además, estamos caminando juntos por la misma superficie y hablando el mismo idioma. Su memoria le recuerda que mi aspecto es similar al suyo, por lo cual su mente deduce que está usted hablando con un hombre. El contexto cultural y el entorno en el cual nos encontramos le hacen pensar que este hombre es un psiquiatra. Pero ¿qué seguridad objetiva puede encontrar en lo que le muestran sus ojos y oídos o, incluso, en las conclusiones que saca su mente? Todo ello no es más que información sesgada, percibida y elaborada por un sólo individuo. Usted mismo es el único referente cierto de usted mismo. Si yo fuese una alucinación de sus sentidos, usted no me percibiría como menos real. Afirmaría que yo existo, exactamente como lo haría cualquier loco.

Julio Arévalo, experto en seguridad, reflexionó en silencio sobre las palabras de Mayers. Había llegado a la Luna cinco años atrás pero desconocía casi por completo el abanico de mutaciones físicas y psíquicas que allí se producían, tanto en seres vivos como en objetos inanimados.

Durante mucho tiempo se creyó que la Luna influía en la mente de los hombres tanto como lo hacía en las mareas y en el ciclo de las cosechas. Se decía que alguien era un lunático o que estaba alunado cuando sufría cambios de ánimo bruscos o tenía un temperamento inestable. Los últimos estudios demostraban que en la Luna esos trastornos se potenciaban de manera exponencial y que, contrariando a la creencia más arraigada, era la gravedad terrestre la responsable de estas alteraciones.

Ilustró: Txiki González
El descubrimiento que el doctor Mayers había hecho en el Frenopático Lunar, sin embargo, iba más allá de cualquier psicopatía. En el pabellón aislado hacia el que ahora se dirigían, estaban encerrados los cinco pacientes clasificados con el código Medline F60.2.1; maníacos cuyos trastornos de personalidad modificaban la realidad. Es decir, sus alucinaciones se materializaban y eran percibidas y padecidas por el entorno. «Locos de Realidad», los había bautizado la prensa sensacionalista.

—Es un poder psíquico que nunca antes habíamos visto —dijo Mayers haciendo un alto en el camino—. Tal vez muchos de nosotros lo tengamos y resulte inofensivo al percibir la realidad tal como es. En ellos es diferente, ya que sus sentidos les muestran algo que realmente no existe... El peligro radica en no poder controlar la mente de un lunático. Potencialmente, eso nos llevaría a vivir inmersos en las alucinaciones de todos los esquizofrénicos que estén tan cerca de nosotros como para influir en la realidad que nos rodea. Como usted comprenderá, el nivel de seguridad que necesitamos mantener en el pabellón de los F60.2.1 no es comparable a nada que se haya conocido antes.

—Pues yo no pienso igual —dijo Julio Arévalo clavando su mirada en los ojos del psiquiatra­—. ¿Sabe lo que creo? Creo que todo lo que me está contando es un invento para lograr notoriedad. No creo que la mente humana, por más trastornada que esté, tenga el poder de modificar la realidad.

—Debe creerlo, algunos de ellos son muy peligrosos.

—Estoy aquí para demostrar lo contrario —reemprendieron la marcha—. Usted es un farsante y voy a desenmascararlo.

—Uno de ellos, por ejemplo, cree ser la peste negra; quien se le acerca muere irremediablemente...

—Eso está por verse...

—No me crea, si no quiere —dijo Mayers con vehemencia mientras perseguía al experto en seguridad—. Lo único que le ruego es que sea cauto mientras explora el sitio y comprueba lo que allí sucede. Necesitamos medidas extremas para salvaguardar nuestra seguridad y la de todos los habitantes de la Luna.

Arévalo no volvió a hablar hasta que llegaron al pabellón F60.2.1. No había ventanas y las paredes tenían corazón de plomo. Uno de los guardias que custodiaba el pabellón lo acompañó hasta la entrada de la primera habitación. La puerta blindada tenía un letrero que ponía «GD».

—¿Hay alguien aquí dentro?

—Un loco de realidad —dijo Mayers—. Cree ser la última guerra de la Tierra, la Guerra Definitiva.

—Abra esa puerta —ordenó Arévalo al guardia—. Quiero conocerlo.

—No lo haga, sería una locura.

—La locura es suya, no nuestra. Sus creencias están dentro de su mente y no pueden influirnos. ¡Ábrala!

—¡No lo haga!

—Es una orden.

El guardia estaba subordinado al técnico de seguridad y debía obedecer.

—Está bien ­—dijo Mayers—. Si es su deseo, así se hará. Pero usted entrará sólo a esa habitación. Una vez abierto el cerrojo, esperará a que nosotros nos hayamos puesto a salvo.

El guardia marcó el código de seguridad y, cumpliendo su palabra, Julio Arévalo esperó a que ambos hombres abandonasen el pabellón para empujar la puerta blindada.

No llegó a entrar a la habitación. Sólo había entornado la puerta un par de centímetros cuando fue sacudido por una ráfaga de viento radiactivo. Apenas tuvo fuerzas para arrastrarse por el pasillo unos cuantos metros antes de caer muerto.


Cuarenta y dos minutos después ingresaron Mayers y sus hombres —protegidos con trajes NBQ de quinta generación iguales al que Arévalo había rechazado— y encontraron el cadáver con los miembros contraídos y una mueca de horror en la cara.

—Espero que esto haya servido para convencerlo —dijo Mayers.

—¿Qué haremos ahora? —preguntó uno de los guardias mientras aseguraba la gruesa puerta señalizada «GD» para que la mente del hombre que allí estaba cautivo no pudiese provocar más daño.

—Debemos abrir la puerta número cuatro —dijo Mayers.

—¡Pero ese es el más incontrolable de todos!... Nadie sabe qué sucedería si ahora entrase en contacto con la civilización...

—No tenemos otra alternativa. Arévalo es el único hombre en la Luna capaz de diseñar el plan adecuado que aisle para siempre a estos engendros de la naturaleza.

Se miraron con cara de circunstancia. Sin mediar palabra, dos de los hombres cargaron con el cadáver y lo depositaron ante la cuarta puerta, rotulada «JC». Uno de ellos descubrió el teclado numérico. Se volvió hacia Mayers buscando aprobación. El psiquiatra apoyó su mano en el lector biométrico y le hizo un gesto al guardia para que procediera a marcar el código de desbloqueo.

Todos retrocedieron varios metros cuando la puerta se abrió.

El hombre que vieron aparecer estaba sumamente delgado y vestía unos harapos que apenas cubrían su cuerpo. Al ver el cadáver, se agachó ante él y tocó su frente.

—Levántate y anda —dijo.