jueves, 27 de octubre de 2011

Tracción a Sangre

 
Asuntos que me afectan en el plano personal me impidieron, esta semana, encontrar la presencia de espíritu necesaria para narrar una nueva crónica de Genteovejuna.

Por no dejar huérfano este espacio, publico un episodio de la serie Tracción a Sangre que escribí allá por el 2004 para la desaparecida revista El Víbora, con dibujos de Atilio. El cómic es autoconclusivo y le sigo teniendo simpatía a pesar de los años y cambios vitales transcurridos.

La calidad de la copia no es muy buena. Agradezco a Txiki el haber hecho todo lo posible por mejorarla.

Espero poder reencontrarme con ustedes la próxima semana y ojalá lo disfruten.

Hacer click sobre las imágenes para leer el cómic a mayor tamaño.
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© 2004 by Iván Guevara, Atilio Gambedotti & Ediciones La Cúpula

jueves, 13 de octubre de 2011

El rey y los prodigios

 
Había una vez un reino, donde hoy está Genteovejuna. Y en el reino hubo un rey que vivió en tiempos en que los pájaros hacían sus nidos en las barbas de los hombres.

En su juventud el rey había protagonizado mil aventuras, luchando en innumerables gestas, pero ahora estaba viejo y le dolían hasta los pies al caminar. El rey, que había sido un guerrero, se aburría soberanamente con los pasatiempos cortesanos. No existía bufón, juglar ni salimbanqui que lograra arrebatarle media sonrisa y por las noches soñaba con regresar al campo de batalla.

Cierta mañana, mientras lo vestía, su Ayuda de Cámara le había dicho:

—Majestad, vos no añoráis realmente la guerra. Lo que echáis en falta es la lozanía de vuestra juventud que os hizo guerrero y que, lamentablemente, ya no regresará. Sois muy afortunado al disponer del reino más próspero y extenso del que se tenga memoria. Creo que deberíais aprender a disfrutar de las distracciones y placeres palaciegos, que son propios de vuestra edad.

El monarca ordenó azotar y ajusticiar a su Ayuda de Cámara porque —como la mayoría de los viejos— odiaba recibir consejos y prefería tener razón a ser feliz.

Así pasaban los años sin que el rey de aquel reino dejase de lamentar su desgracia. Creía haberlo visto todo y decía que ya nada ni nadie en el mundo sería capaz de provocar su sorpresa.


El rey y la reina tenían una hermosa hija que no tardó en alcanzar edad casadera. Cientos de nobles y caballeros llegaban cada día de los sitios más remotos para reclamar la mano de la princesa.

Ilustró: Txiki González
Se organizaron torneos de caballería y combates singulares entre los pretendientes pero —al no poder hacer otra cosa que contemplarlos— el rey no tardó en aburrirse también de estas competencias.

—Majestad —le dijo un buen día uno de sus ministros—. ¿Por qué no publicáis un Bando Real anunciando que entregaréis a la princesa en matrimonio a aquel caballero que os presente un prodigio capaz de sorprenderos?

El rey, esperanzado, así lo hizo.

Pronto, las puertas de palacio comenzaron a llenarse de guerreros, magos, sabios y oportunistas de diversa índole, oriundos de las ciudades más importantes y los pueblos más pequeños de todo el mundo conocido.

Un alquimista llegado de las frías tierras del norte, le ofreció una piedra mágica capaz de transmutar el plomo en oro. Pero el rey ya era rico y la idea de aumentar su fortuna no lo seducía ni mínimamente.

Del Lejano Oriente se presentó un mago poseedor del cuerno de la abundancia —del cual, con el sólo poder de la voluntad, brotaban los más exquisitos manjares—. Pero las tierras del reino eran fértiles y producían gran cantidad de manjares de origen animal y vegetal.

Un médico proveniente de un remoto archipiélago lo puso en presencia de un elixir capaz de aplacar cualquier dolor. Pero el brebaje era inocuo a la enfermedad de los años, la única de la que el rey hubiese querido curarse.

Un músico delgado como una rama de olivo, trajo consigo una espineta fantástica, capaz de provocar los más hermosos sueños a quien la escuchara. Pero el rey ya soñaba con lo más hermoso que había conocido, su tortura era no poder realizar ya esos sueños.

Finalmente, se presento ante el rey un inventor negro como la sangre de un dragón y le regaló una enorme esfera construida con doce pentágonos de cristal mágico. Al mirar fijamente una de las caras del dodecaedro, el rey podía ver escenas de la vida de otros hombres, que estaban ocurriendo en ese mismo momento en cualquier otro punto del planeta.

El inventor se casó con la princesa y el rey de aquel reino pasó el resto de su existencia contemplando la mágica esfera que ora le mostraba el accionar de los más diestros ejércitos en el campo de batalla, ora la destreza galante de los más apasionados amantes.

Los entretelones de la política y los detalles más interesantes del devenir de la vida diaria eran contemplados en directo por el rey, que se alegraba al comprobar la excelente opinión que todos sus súbditos tenían de él y de su reino. El rey cada vez se volvía más viejo y prefería tener razón a ser feliz.

Aquí termina la historia de cómo se perdieron para siempre los más maravillosos prodigios y de por qué la televisión permaneció hasta nuestros días.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

jueves, 6 de octubre de 2011

La sangre medieval

 
Hora y media de ejercicios. Cinco minutos para la bebida isotónica y otros ocho para ducharse y vestirse.

Como cada día laboral, Mauricio salió por la puerta del gimnasio a las veinte quince —no catorce, no dieciseis—, bolso al hombro y paso ágil.

Para llegar al sitio donde había aparcado debía atravesar una serie de callejuelas oscuras y desangeladas. Sólo él sabrá por qué se inscribió en un gimnasio tan alejado de su vivienda, emplazado en un barrio olvidado por el ayuntamiento. Tal vez tenga que ver con la mayor posibilidad de impartir justicia que estos barrios ofrecen. Porque —es hora de decirlo— Mauricio se tiene a sí mismo por un justiciero.

Al doblar por una esquina, encontró su primera misión de la noche. Resguardado del frío por el portal de un edificio había un joven de cabellera larga y grasienta que fumaba un porro mientras acariciaba a su perro delgado y sarnoso.

«Hijo de una gran puta», pensó Mauricio, sintiendo cómo la sangre medieval comenzaba a hervirle en las venas. Lo que terminó de sacarlo de sus casillas fue el estampado de la mugrienta camiseta: Jamaica no problem, ponía. «¡Habrase visto tamaña desvergüenza!»

El muchacho ni lo oyó llegar. La primera patada le entró de lleno en medio de la cara.

—¡Drogadicto de mierda! —gritó Mauricio fuera de sí—. Eso está prohibido—. El perro se puso en guardia, dispuesto a atacarlo. Mauricio le arrojó el bolso para desequilibrarlo y lo levantó por el cuello. El animal se debatía en el aire, agitando sus patas para intentar librarse de la presión, que comenzaba a ahogarlo. Una de sus zarpas arañaron el brazo de Mauricio.

—¡Chucho apestoso! —masculló, pensando en la cantidad de gérmenes que podían haberle transmitido esas apestosas uñas.

Con todas sus fuerzas arrojó al animal hacia arriba, haciéndole describir una parábola que encontró su final en la acera de enfrente. Sonó a roto cuando el animal se estrelló contra una pared. Gimió de dolor, sin poder moverse, partida como estaba su espina dorsal.

El dueño del perro, ya recuperado del golpe y con la visión algo nublada por la sangre, intentó auxiliarlo.

—¡Aún no he terminado contigo, puto yonqui!

Mauricio lo detuvo de un puñetazo en la boca del estómago. El joven cayó en posición fetal. Mauricio aún le propinó varios golpes más, utilizando para ello tanto extremidades superiores como inferiores.

—¡En este país tenemos leyes! —dijo cuando al fin reemprendió su camino—. Espero que lo recuerdes la próxima vez que te dé por fumar esa porquería.

El perro continuaba gimiendo, cada vez más débilmente. Sólo movía la mandíbula y el hocico.


Mauricio tenía un particular sentido de la justicia y actuaba en consecuencia.

—O aprendemos de una vez a respetarnos entre nosotros o el mundo se convertirá en un campo de batalla —solía decir a quien quisiera escuchar—. Las reglas están para ser respetadas. Si no esto sería un caos ¡la ley de la selva!


Diez minutos más tarde, Mauricio conducía sonriente su automóvil por las calles de la capital, excitado aún por lo que él consideraba un ejemplo activo de conciencia cívica.

A esa hora la Gran Vía no tenía demasiado tráfico y se podía andar por ella a 70 km por hora prácticamente sin interrupciones. Este paseo le resultaba sumamente relajante después del estrés diario y la energía liberada en sus actividades extralaborales.

En mitad de su recorrido, un semáforo lo obligó a detenerse. A su derecha se detuvo un Nissan conducido por un cincuentón arropado con chaqueta de golf. Se miraron. El hombre lo saludó con un movimiento de cabeza y volvió la vista al frente.

El motor del Nissan ya estaba en marcha cuando la luz cambió a amarilla y el coche había cruzado por completo antes de que se pusiera en verde.

—Hijo de puta —murmuró Mauricio para sí y otra vez sintió el bullir de su sangre medieval.

Aquel hombre era un temerario, un infractor. Si la calle estuviera transitada, probablemente hubiese provocado un desastre. «¡Y sigue tan campante, el miserable!», masculló y comenzó a seguirlo a cierta distancia. Al parecer, aquella noche tendría más de un asunto del que ocuparse.

Diez minutos más tarde, estaban saliendo de la ciudad por la autopista. «¿Es que no piensa detenerse? ¿Ni siquiera se ha percatado de su infracción?», pensaba Mauricio y se impacientaba ya que el velocímetro casi había llegando al límite permitido.

Finalmente, el Nissan cogió un camino periférico y se detuvo a la entrada de una urbanización cercada. No había vigilancia y el golfista se apeó del coche para abrir el portal. Mauricio llevaba las luces bajas, por lo que el hombre aún no reparaba en su presencia. El muchacho se detuvo a escasos metros del otro coche y, hecho una furia, se dirigió hacia él.

La puerta del Nissan había quedado entreabierta, circunstancia que fue aprovechada por Mauricio para arrebatar el Madera 3 de la bolsa de palos que ocupaba el asiento del acompañante.

—¡Oiga, imbécil! ¿Por qué cruzó ese semáforo en rojo?... ¿Quería matarnos a todos?

El golfista se volvió sobresaltado.

—Pero... ¿Quién es usted?...

—¡No me cambie de tema!... Usted ya sabe de qué hablo...

—No, de veras... Llévese lo que quiera. Tengo algo de dinero...

—Así que ahora me toma por un vulgar ladrón —cada vez se le hacía más difícil controlar su furia—. Vea, si se hubiese topado con otro coche en aquella esquina podría haberle sucedido esto—. Uniendo la acción a la palabra descargó su mejor drive contra el parabrisas del Nissan.

—¿Qué está haciendo?... ¡Socorro! ¡Policía!...

El hombre dio un par de pasos hacia Mauricio pero se detuvo en seco al ver la expresión enajenada del muchacho, que ahora abollaba el techo de su coche.

—¡Eso es, llame a un policía!... Pero que sea de tráfico, así podrá pagar lo que ha hecho.

—No quiero problemas, joven...

El hombre estaba aterrorizado. Con sádica parsimonia, Mauricio guardó el palo cuidadosamente y sacó de la bolsa el Hierro 5.

—Hay veces en que la precisión es más valorable que la potencia —dijo mientras medía el golpe que estaba por dar—. No te preocupes por la policía, viejito... Yo mismo haré que expíes tus culpas.

El golfista cayó derribado al primer impacto de la cabeza del palo contra sus rodillas. El segundo golpe no tuvo otro objetivo que el de asegurar la quebradura en ambas articulaciones.

El hombre gritaba de dolor cuando su atacante se retiró.

—Espero que recuerdes la lección cuando puedas volver a conducir.

Ilustró: Txiki González

Eran casi las nueve y media de la noche. Mauricio vio el McDonald's al costado de la carretera y decidió detenerse. El maldito golfista lo había alejado demasiado de su casa y los actos de justicia de aquella noche le habían abierto el apetito. Con ganas de sentarse a una mesa, dejó el coche en el aparcamiento.

Entró al local y caminó hacia las cajas. Cuatro personas formaban cola, esperando a ser atendidas. Antes de que él alcanzase al último de la fila, llegó un hombre de mediana edad caminando desde el lavabo y ocupó el quinto lugar. Apenas un segundo antes.

—¿Es que no me has visto? —dijo Mauricio apretando los dientes. Y otra vez la sangre haciendo lo suyo...

—Disculpe, señor...

—¡Yo te voy a sacar las ganas de colarte, chino de mierda!

Antes de terminar la frase ya estaba lanzando, con toda su furia, un cross de derecha contra la mandíbula del hombrecito, que ciertamente tenía rasgos orientales. El hombre atajó el puño con una mano y, continuando el movimiento de Mauricio, giró sobre su propia espalda torciéndole el brazo. Al final de la media vuelta descargó su otra mano, en forma de garra de tigre, sobre la nuca del muchacho, que fue a partirse la cara contra el suelo.

La secuencia completa duró poco más de un segundo. Unas pocas personas se acercaron a curiosear. Con la vista nublada y la cabeza retumbándole como una campana, Mauricio llegó a distinguir la silueta de su contrincante —que no era realmente oriental, aunque tenía sangre japonesa­—. El hombre le dedicó una reverencia.

De pronto, fue como si los últimos 20 años no hubiesen sucedido para Mauricio. Los recuerdos, el miedo y la angustia se agolparon en su garganta.
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—Por favor, papá ¡ya no me pegues! —suplicó a lágrima viva­—. ¡Ya no lo haré más!... No... las esposas no, por favor, no quiero quedarme solo, papi, papito... Prometo portarme bien...

Y luego todo se volvió negro.

En estado de inconsciencia, Mauricio fue llevado a una sala de urgencias. El médico que lo reconoció, se sorprendió al descubrir que vestía ropa interior femenina. Sujeta al portaligas, estaba su placa policial. (¡Enhorabuena, has descubierto el final oculto!)