jueves, 22 de septiembre de 2011

Cruzando el Atlántico

 
—Todo esto era muy distinto antes de la Guerra Definitiva —dijo el viejo sin apartar la vista de la única ventana del camarote—. Ojalá pudieses verlo como yo lo vi.

El joven se acercó para contemplar con él la vasta monotonía del Atlántico.

—Pues debió ser realmente distinto, porque ahora no tiene ninguna gracia.

—Ya lo creo que sí... Yo viví toda mi juventud en San Jorge, la tercera ciudad submarina que se construyó en el Atlántico. Tan diferente a todo esto... En aquel entonces sí que «tenía gracia»...

No hacía mucho tiempo que Julio había dejado de ser un niño y comenzaba a sentir curiosidad por el mundo de antes de la guerra, cuando los ordenadores lo controlaban todo y las personas podían comunicarse entre sí de forma casi instantánea.

—Cuéntame, abuelo, ¿Es verdad que en San Jorge había aparatos eléctricos para controlar la temperatura?

—No sólo en San Jorge —recordó Arévalo con cansada nostalgia—. Todas las ciudades del Atlántico tenían equipos de ventilación que estabilizaban el clima. No debes olvidar que, los que estábamos más abajo, vivíamos a doscientos metros bajo aguas heladas. Hubiese sido imposible subsistir de otra manera. Igualmente, si hubieras nacido en aquellos tiempos, no te resultaría tan espectacular. Hace cincuenta años cualquier persona podía controlar el clima de su propio hogar con un aparato de aire acondicionado individual... Sin importar si afuera nevaba o había un sol abrasador, dentro de casa podías mantener una temperatura constante de 22 grados Celsius.

—¡Increíble!... Y ¿cómo se perdió todo eso? ¿Por qué no vuelven a construir centrales eléctricas para tener aparatos como los de antes?

Ilustró: Txiki González
—El consumo sería insostenible. La Tierra tiene sus días contados, Julito... Los recursos energéticos que nos quedan deben invertirse en trasladar humanos a las colonias... Nuestra atmósfera es altamente radiactiva, ya casi no nacen niños aquí. Un sólo viaje a Marte o a Ceres consume casi todos los recursos que la humanidad puede producir en una semana... Quizás la tuya sea la última generación de terráqueos... Tú, que aún estás a tiempo, deberías pensar en emigrar...

—Créeme, abuelo, no pasa un día sin que lo haga...

—Intentaré ayudarte a reunir el dinero... El futuro está en las estrellas; allí verás con tus propios ojos la verdadera grandeza de la raza humana... ¡Nuestro ilimitado poder de inventiva!... ¡Imagínate! Cuando yo era joven este mismo viaje que hoy tarda diez días lo hubiésemos hecho en menos de catorce horas.

—¡Catorce horas para cruzar el Atlántico!

—¡Para cruzar el Atlántico y llegar a Comodoro, que no es moco de pavo!... ¡Quince mil kilómetros en línea recta!

—¡Carajo!... ¡No puedo ni imaginarlo!

Nicolás Arévalo rio con más ternura que alegría. Los relatos de antes de la guerra despertaban la curiosidad del muchacho.

—¿Cómo hacían?

—Aviones —el hombre se puso de pie enérgicamente y enfatizó la explicación haciendo planear su mano, en zigzag, por todo lo ancho del camarote—. Íbamos volando por encima de las nubes. Tú has visto aviones en fotografías...

—Sí... Pero no sabía que podían alcanzar esas velocidades.

Arévalo volvió a sentarse junto a la pequeña ventana y miró a través de ella sin ver realmente el Atlántico, visualizando un mundo que ya no estaba. Aquel mundo de su juventud en el que se construían ciudades submarinas para combatir el problema de la superpoblación. Hoy todas las ciudades del Atlántico estaban abandonadas. Incluyendo San Jorge, la ciudad donde había pasado los mejores veinte años de su vida; el fin de su infancia, su adolescencia, el amor de Inés, los hijos... ¡Hasta que la ambición de los hombres lo llevó al frente de batalla!... Dos meses bastaron para acabar con todo lo bello que alguna vez tuvo el mundo. Después de la Guerra Definitiva ni siquiera pudo regresar a su hogar submarino. San Jorge ya no existía. Las ciudades del Atlántico habían perdido su razón de ser puesto que la superpoblación mundial había dejado de ser un problema y estaba muy lejos de volver a serlo.

Cuarenta y cinco años habían pasado desde la Guerra y ahora no tenía más que a su nieto... Julio, que había decidido regresar a Comodoro Rivadavia para ocupar la casa familiar. Él ya estaba viejo, se dijo Arévalo, pero aún tenía un motivo para vivir. Conseguiría que Julio subiese a una nave con rumbo a la Luna o, tal vez, a Marte. El futuro estaba en las colonias, la Tierra era para los muertos.

—Prepárate, abuelo —la voz del muchacho lo devolvió violentamente a la realidad. —Ya casi es la hora de ir a cenar.

—Ve tú primero, yo estaré en seguida.

Necesitaba quedarse solo un momento. Tal vez llorar... Se había hecho la hora de cenar por novena vez desde el comienzo del viaje. Eso significaba que al día siguiente arribarían a Comodoro y, de forma ineludible, pasarían por el sitio donde cuarenta y cinco años antes se había erigido San Jorge. Su San Jorge.

Decidió que se sentaría frente a la ventana del camarote y observaría por última vez lo que había quedado de su ciudad. Aunque sólo fueran los cimientos, no dejaría de mirarlos hasta que el tren los hubiese perdido en la distancia... San Jorge, las últimas ruinas, las más australes del Desierto Atlántico.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Historia con fantasma


«Ya han salido las bestias de sus madrigueras», pensó Javier al ver a los macarras apostados en la esquina con sus cartones de vino. Eran las seis de la tarde; cada día salían más temprano. Pensó en cruzarse de acera para evitar problemas pero «¡Qué cojones! Es peor cuando uno demuestra miedo, pueden olerlo y ya se creen dueños de la ciudad».

Continuó acercándose a los muchachos con paso seguro —debía pasar por esa esquina para llegar a su casa­—. En dirección opuesta se les acercaba una señora mayor, cargada con la compra del mercado. Ahora más que nunca debía hacerles frente «¡vaya uno a saber lo que serían capaces de hacerle a la pobre mujer cinco inadaptados sociales como aquellos!».

Mucho había cambiado Genteovejuna en los últimos años y, a pesar de que él intentaba ser optimista en cuanto a la esencia del ser humano, la evidencia de la realidad lo apartaba día a día de esa idea. «Tal vez he vivido engañándome y el hombre nunca ha sido más que esta lacra que hoy parasita al mundo».

Así divagando, llegó casi hasta donde estaba apostada la banda. Vio cómo uno de ellos le cortaba el paso a la mujer que volvía del mercado.

—A ver, la pasta, rápido...

—Pero ¿qué...? —la señora comenzó a temblar. Otro, que llevaba chupa de cuero, la cogió de un brazo y la arrastró hacia el callejón que hacía esquina, peor iluminado que la calle por la que transitaba Javier.

—¡Ya oíste, vieja, no te hagas! —decía mientras la empujaba—. ¡Suelta la lana o te la quitamos a chingadazos!

El primero que había hablado sacó una navaja y la mujer intentó defenderse usando la bolsa de la compra como escudo.

—¡No tengo nada! Por favor, no me hagáis daño...

—¡Dejad en paz a la señora! —intervino Javier. No se veía a nadie más por la calle.

—¡Mira por dónde! ¡Tenemos un héroe! —escupió con sarcasmo uno de los que no se habían movido hasta el momento. Sacó otra navaja y dio un par de pasos hacia Javier. Los dos que estaban con él lo secundaron, caminando con decisión pero sin apuro.

—¿Sabes lo que les sucede a quienes no se meten en sus asuntos?...

Lo rodearon entre los tres mientras los otros dos forcejeaban con la señora, intentando arrebatarle el bolso.

—¡Dejadme ir, os lo suplico! —decía ella y tironeaba hacia sí, abrazando la bolsa de la compra.

—¡Dejadla, hijos de puta! ¿No veis que la estáis alterando?

El de la chupa de cuero logró quitarle el bolso. La mujer, fuera de sí, comenzó a dar coces a diestra y siniestra.

—¡Ay! —logró alcanzar al de la navaja en plena rodilla.

—¡Vieja de mierda! —gritó él y se abalanzó sobre ella, clavándole todo el filo del arma en el costado derecho. Ella trastabilló y, perdiendo el equilibrio, cayó cerca de la esquina.

—¿Qué habéis hecho? ¡Asesinos! —gritó Javier y golpeó a uno de sus atacantes para abrirse paso e intentar socorrer a la señora.

El de la chupa de cuero y otros dos le cerraron el paso, dejándolo de espaldas al oscuro callejón. Los tres empuñaban navajas. Una de ellas aún goteaba sangre. Javier la miró con una mezcla de ira y asco.

—¿Esto buscabais, hijos de puta?.. ¿Qué haréis ahora?

—¿Qué crees, güey? —rumió el de la chupa. La luz de una farola destelló sobre el filo plateado. —Tú también vas a colgar los tenis, por metiche...

Invadido por el pánico, comprendió lo que le esperaba.

—¡No! —dijo­—. ¡No puede estar pasando esto!

Javier salió disparado por el callejón, perseguido por los cinco pandilleros. Casi sin aliento, recordó que aquel era el callejón que daba a los fondos de la vieja fábrica abandonada. No tenía salida.

—¡Ahora verás!

Al final del callejón había una pared de ladrillos de unos dos metros de altura, coronada con trozos de vidrio rotos clavados en el cemento, tal como estilaban hacer años ha los constructores de Genteovejuna para disuadir a visitantes indeseables.

Debía trepar para salvar su vida, no tenía más escapatoria. Sin pilares ni nada sobre lo que hacer pie, pegó un brinco en plena carrera y escaló el muro sujetando los vidrios con todo el brazo y haciendo fuerza hacia arriba. El dolor era insoportable y la sangre no tardó en empaparlo pero logró saltar al otro lado. Cayó sobre una ortiga de enormes dimensiones que estaba oculta entre el pastizal del terreno baldío, tras la fábrica abandonada. Se dobló un tobillo. El dolor le recorrió toda la pierna y la columna vertebral, explotándole en la nuca.

—¡Carajo! —gritó desesperado.

—¡Ya te tengo!

El de la chupa de cuero se había trepado a la pared, ayudado por los otros y se disponía a saltar. Aguantando el dolor, Javier se puso de pie. Cojeaba y el brazo le sangraba mucho, pero logró perderse por un pasillo interior de la fábrica antes de que los otros le dieran alcance.

Por suerte había encontrado la puerta abierta. Los niños del barrio se dedicaban a romper los candados en las raras ocasiones en que el ayuntamiento volvía a colocarlos. La antigua fábrica de aluminio había sido el patio de recreo de cientos de niños por varias generaciones. Javier, que también había jugado allí de pequeño, se sintió a salvo. El edificio era prácticamente un laberinto y él aún recordaba algunos recovecos donde solía esconderse.

Pasó varios minutos tendido detrás de la vieja prensadora, escuchando con atención. No notó más que el chillido de algunas ratas. Al parecer, había despistado a sus atacantes ya que no habían intentado buscarlo dentro de la fábrica. Dejó de oír sus pasos casi al ocupar su escondite. No habiendo notado la ausencia del candado, debieron creer que escapó por uno de los pasillos laterales que conducían a la fachada del edificio.

Aún no eran las siete de la tarde, pero allí dentro estaba oscuro y húmedo. El brazo debía tener un aspecto horrible. Se quitó la camiseta que llevaba bajo la camisa y, recordando un curso de primeros auxilios de la Cruz Roja, improvisó con ella un vendaje. Trabajó de memoria, ya que no podía ver nada, pero logró que quedara firme.


Casi una hora estuvo tendido sobre el suelo intentando recuperar sus fuerzas. Las ratas chillaban cada vez con más estridencia. Podía oírlas corretear libremente por el recinto. Imaginó que había miles de ellas, que habían olfateado su sangre... La idea era absurda pero la imagen mental resultaba repugnante. Decidió salir a la calle y buscar un policía.

Volvió a ponerse la camisa y se incorporó, sorprendido de lo rápido que se había recuperado su tobillo. Ya no sentía dolor alguno. Por suerte, la torcedura no había afectado ningún ligamento. Con cautela, se asomó a la puerta por la que había entrado para comprobar la ausencia de peligro. Todo estaba en orden. Había oscurecido y las luces de las farolas iluminaban la calle de la fachada.

Caminó sigilosamente por el lateral derecho de la fábrica y aún debió pasar por debajo de un cerco alambrado para poder llegar a la acera. Estaba a la vuelta del callejón; en la esquina había una avenida. Fue hacia allí en procura de un teléfono o un patrullero pero no vio a nadie. Sólo había luz en una o dos tiendas. Era noche cerrada. Pensó que seguramente se habría quedado dormido dentro de la fábrica y había pasado más tiempo del que recordaba. Fue hacia el callejón pensando que, tal vez, ya hubiesen descubierto el cadáver de la señora. Antes de llegar vio que no era sí —en tal caso, la policía hubiese vallado el área­—. Una mancha de sangre antes de llegar a la esquina era el único indicio de lo que había sucedido horas antes. A lo lejos creyó ver un agente policial. Pensó en ir a su encuentro pero prefirió echar antes un vistazo dentro del callejón.

El cuerpo no estaba. Posiblemente lo hubiesen escondido cerca de allí. Con cierto temor, se asomó a la oscuridad. No había ninguna construcción lo suficientemente grande como para ocultar un bulto semejante, a excepción de los contenedores de la basura. Fue rodeándolos con cautela, sin atreverse a mirar dentro.

Ilustró: Txiki González
—No temas, muchacho.

La voz sonó a sus espaldas. Allí estaba la anciana. De pie y aún sujetando su bolso.

—No va a sucederte nada malo... Quería agradecerte por lo que has hecho hoy.

Javier se puso pálido. Por un segundo, le pareció que iba a desmayarse. ¡Era imposible que la mujer hubiera sobrevivido al ataque!... Y si lo hubiese hecho, tendría que estar inconsciente en un hospital y no allí, hablando con tal parsimonia, como si nada hubiese sucedido... Sólo existía una explicación y no era de este mundo.

—¡Socorro! —gritó y echó a correr, intentando pasar lejos del fantasma.

Corrió a más no poder por la arteria principal, hacia donde había visto al policía, pero éste ya no estaba. Debió haber doblado en la siguiente esquina. Aún podría darle alcance.

Antes de llegar a mitad de la calle, la anciana volvió a aparecérsele, saliendo del portal de un edificio.

—No huyas —dijo—. Puedo encontrarte donde quiera que vayas.

—¡Nooo!...

Al borde de la histeria, Javier pegó media vuelta y cruzó la avenida con rumbo a una de las tiendas que aún quedaba abierta. Era un locutorio.

—Por favor, tiene que ayudarme —dijo irrumpiendo agitado—, acabo de ver un fantasma... Necesito...

El dependiente lo miró sorprendido pero sin mover un pelo. Debía tener un aspecto horrible con aquel vendaje sucio de sangre y sus ropas transpiradas. Además, posiblemente el hombre no hablase bien el castellano.

—Una cabina, necesito hacer una...

Se interrumpió. Mirando por el quicio de la puerta, pudo ver al espectro de la mujer que se acercaba a la tienda. Si se quedaba a llamar a la policía se metería en la boca del lobo. El local no tenía más que una salida y el hall era estrecho. No podría huir de ella, estaría atrapado. ¡A saber de qué maneras podría influir sobre los vivos!. Además, ¿qué le diría a la policía?: «He visto cómo unos pandilleros asesinaban a una mujer y ahora la muerta me persigue». Lo tomarían por loco.

—¡Espérame! —gritó la mujer cuando Javier salió por la puerta del locutorio y continuó su huida por la avenida.

En realidad, no sabía hacia dónde se dirigía. Más tarde o más temprano ella acabaría por encontrarlo. Gente. Quería ver gente. Estar rodeado de gente viva. Tal vez, de ese modo, al fantasma le fuera más difícil actuar. Es proverbial la discreción con que prefieren manifestarse.

Cien metros delante de él, divisó el cartel luminoso de un bar. En el locutorio había podido ver que eran las once de la noche. No encontraría un sitio más concurrido a esas horas.

Cierto. El recinto tenía un salón más ancho que profundo con siete u ocho mesas, casi todas ocupadas. Al fondo había una barra con unos cuantos taburetes. Fue a sentarse en uno de los dos que estaban vacíos.

—¡Pronto, póngame una cerveza!

El barman estaba sirviendo un gin-tonic a otro parroquiano e hizo un gesto imperceptible con la boca.

Javier se desmoronó sobre la barra. Aquel había sido un día de lo más agitado. Sin que se diera cuenta, la mujer se había sentado en el taburete junto al suyo.

—Mi amigo Juan Carlos no va a ponerte nada, Javier...

—¿Cómo sabe mi nombre? —se sorprendió el muchacho.

—¡A ti tampoco voy a ponerte nada, vieja loca! ­—el barman se encaró con la anciana—. ¡Cada vez que vienes por aquí no haces más que liarla!

—Acompáñame, Javier. Hoy saliste en mi defensa, no quiero hacerte nada malo... Además, ya oíste a mi amigo, no soy bienvenida aquí.

La mujer le tendió una mano y Javier, resignado a lo que pudiera sucederle, la acompañó fuera.

—Juan Carlos no es mal tipo, pero cree que estoy loca —rio divertida.

—Señora —dudó Javier—, usted... Yo vi cómo aquellos macarras le clavaban esa navaja... Usted debería estar...

—¡De modo que era eso! —la mujer estalló en una carcajada. Comenzaron a caminar—. ¡Creíste que me habían matado!... Pues ya ves que no...

—Pero yo vi cuando...

—Tú viste lo que quisiste ver o, mejor dicho, lo que quedó expuesto a tus ojos. Yo tenía mi bolsa de la compra y alcancé a utilizarla como escudo cuando ese gamberro me atacó. No te preocupes por mí, no me hizo ni un rasguño.

—Pero... Yo la vi caer... ¡Y la navaja estaba ensangrentada!

—Caí, claro que caí. Perdí el equilibrio. ¡No veas con qué fuerza me empujó ese desgraciado!... En cuanto a la sangre, jiji... El filo alcanzó a clavarse justo en un pedazo de hígado de ternera que había comprado para mis gatitos. Al ver la sangre, ellos me dieron por muerta pero... aquí estoy.

Javier se tranquilizó un poco al oir la explicación.

—Entonces ¿por qué me perseguía usted?... Podía habérmelo dicho antes ¡No sabe el susto que me ha dado!

Detuvieron la marcha cerca de la vieja fábrica de aluminio.

—No lo sabes ¿verdad? —preguntó la anciana con una mueca de ternura—. ¿No te sorprende que conozca tu nombre? ¿No te pareció extraño que Juan Carlos me echase del bar pero no se percatara de tu presencia?... Y el dueño del locutorio ¿Cambió, acaso, alguna palabra contigo o sólo se sobresaltó por el movimiento de la puerta?

—¡No! —exclamó él, espantado—. ¡No puede ser!

—Pobre muchacho... Llevo una linterna, ¿quieres entrar a la fábrica y ver lo que encuentras en el fondo?

Javier lo recordó todo...

Recordó su carrera por el callejón, perseguido por los cinco pandilleros. Recordó cómo trepó, clavándose los vidrios en el brazo —las heridas ya no le dolían—. Recordó el salto que dio para ir a parar sobre los pinchos de aquella ortiga. Recordó haberse torcido el tobillo al caer —nada de eso le dolía tampoco—. Ya no sentía ningún dolor pero, en aquel momento, recordó haber exclamado:

—¡Carajo!

—¡Ya te tengo! —gritó el tío de la chupa de cuero antes de saltar sobre él. Había intentado incorporarse para huir pero no con la suficiente rapidez: El joven cayó hincando la rodilla sobre su nuca y partiéndole la espalda. Los navajazos que le clavó luego no le hicieron ningún daño; él ya estaba muerto.

—¡No puede ser! —gritó Javier, estallando en lágrimas y postrándose a los pies de la anciana—. ¿Por qué yo...?

—Me da mucha pena cuando os vais tan jóvenes —dijo ella.

De pronto, Javier supo lo que encontraría tendido sobre una ortiga al fondo de la antigua fábrica.

—¿Por qué? —siguió preguntándose sin dejar de llorar, pero ya en un tono de voz más bajo.

—¿Quién sabe por qué? —dijo la anciana—. Cada día me lo pregunto...

Una pareja pasó caminando ligero por al lado de ellos.

—Apura el paso, cariño —dijo el hombre.

—Sí... ¡Ya está otra vez esa vieja loca hablando sola!

jueves, 8 de septiembre de 2011

Hacerlo

 
A pesar de que ya había salido varias veces con David, nunca antes había visitado su apartamento. No soy ninguna mojigata pero tampoco me gusta hacerlo en la primera cita. Prefiero conocer mejor al chico y asegurarme de que vale la pena. En el fondo soy una sentimental.

Aquella noche todo debía salir a la perfección. Mientras David cocinaba para mí, yo miraba las noticias en la sala. Nada nuevo bajo el Sol: En Oriente Próximo seguían matándose por controlar el petróleo; Genteovejuna no había llegado a un acuerdo económico con el FMI; un tío borracho había matado a golpes a su mujer —¡desde luego, hay cada hijo de puta!—; Estados Unidos amenazaba con invadir Genteovejuna; continuaban sin pillar al asesino de la motosierra; Genteovejuna prometía revisar los términos de su deuda internacional; no salía del coma la chica que había sido violada por su cuñado; la Bolsa de Valores de Genteovejuna había cerrado a la baja... Lo de siempre, vamos.

Entonces, anunciaron la sección de deportes y David vino a sentarse junto a mí.

—A ver, no cambies...

Mientras daban las novedades sobre la liga de fútbol, rodeó lentamente mis hombros con su brazo y, como al descuido, comenzó a acariciarme una pierna. Sonreí. Todos son iguales. No es que me sintiera incómoda pero me hizo gracia la claridad con que dejaba traslucir sus verdaderas intenciones.

Le quité el brazo, con determinación. Luego cogí su mano y la puse a un costado.

¡Cómo son los hombres! ¿Es que no se cansan de insistir aunque una les diga que no?

Casi al momento, tuve que quitarle el otro brazo. Aparté su mano y la apoyé encima de la otra.

¡Todos buscan lo mismo! Y no se dan por vencidos hasta conseguir de una lo único que les interesa. Hay veces que me resultan tan repugnantes...

No lo niego, un poco de lástima por David sí que sentí... Después de todo, el pobre había perdido la cabeza por mí.

Lo que más me jode es cuando se hacen los distraidos... ¡Cómo si una no supiera adónde quieren llegar!

Como quien no quiere la cosa, sus ojos se pasearon por la mesa puesta, deteniéndose en la base de plata del candelabro con las velas ya encendidas para una cena romántica... Demasiado optimista, cariño, lo siento pero esta vez no será.

¡Aquello ya no tenía pies ni cabeza! Con todo el dolor del alma, finalmente le arranqué el corazón.

No me gusta hacerlo en la primera cita. Prefiero conocer mejor al chico para asegurarme de no estar equivocándome.

Y nunca me equivoco. Todos son iguales, siempre acabo haciéndolo.

Junté los trozos y comencé a ponerlos en bolsas de plástico. Me pregunto si alguna vez descubrirá la policía que el asesino de la motosierra es una mujer.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Tu realidad

 
Ezequiel Morel jamás será comprendido por la gente de su tiempo. Los críticos de arte más reputados califican su pintura como anodina, vacua, fútil, insustancial… Gustan de los adjetivos rimbombantes y la prosa pretenciosa, los críticos de Genteovejuna. Cosa curiosa, eso mismo es lo que le reprochan a Morel; que es demasiado pretencioso. Ellos sabrán de lo que hablan cuando catalogan su obra como arte moderno y, dos párrafos más abajo, dicen que está «pasada de moda».

Como fuere, disiento con ellos. Claro que yo no soy crítico, apenas un humilde comerciante de verduras en un mercado municipal de pueblo. Tal vez por eso puedo opinar con mayor libertad, no tengo por qué ceñirme a lo que está de moda ni preocuparme por no parecer inteligente.

Fundamentalmente, no estoy de acuerdo con la etiqueta de pintor abstracto que le han pegado en la frente.

Interpretación de Txiki González
Ezequiel Morel es un artista miope —miope de verdad, más de dos dioptrías en cada ojo—. Pinta hermosos lienzos cargados de color, agregando un matiz expresivo de gran profundidad en cada trazo. Pinta enormes masas de azul violáceo que fugan a un tono ciruela para luego degradarse imperceptiblemente al rojo más vivo. Pinta formidables aglomeraciones de grises en tonos dispares, salpicados por borrosas manchas verdes y marrones, en armonía musical, que abarcan desde el color de la tierra húmeda hasta el de la arena más caliente. Pinta escalofriantes explosiones de un amarillo indeterminado —casi blanco, casi naranja, casi champán, qué sé yo— que iluminan la escena, a veces de forma rotunda, a veces sutilmente. Pinta borrones de color, luz y oscuridad.

Magníficos paisajes urbanos. Fiel reflejo de lo que ve.

Por eso ofende la etiqueta de pintor abstracto. Sus cuadros son tan realistas como los de Rembrandt, porque su realidad es tan válida como la de cualquiera.

Ezequiel Morel jamás será comprendido por la gente de su tiempo. Un tiempo donde nadie es capaz de ver más allá de lo que algún ministerio ha decidido que está bien ver, porque no hay que hacer ningún esfuerzo para comprenderlo —para disfrutarlo—, porque nos han hecho creer que sólo existe una realidad; la realidad de un país de felices sin perdices.

Yo, con mis 0,75 dioptrías, encuentro la obra de Ezequiel Morel cargada de una belleza inquietante.