jueves, 25 de agosto de 2011

Todos eran Fernando

 
Hacía tres soles que vagaba sin rumbo por Sinus Meridiani. Tal vez penséis que debí haber esperado a que viniesen a rescatarme pero no hubiese sido una buena idea. Mi helicóptero —o lo que quedaba de él— estaba completamente destrozado. La radio estropeada y las luces inutilizadas. Hubiese muerto de frío, calor inanición o deshidratación antes de que lograran localizarme. No olvidéis que aquello es un desierto inhóspito y muchas veces las condiciones climáticas lo hacen impracticable incluso para las naves de rescate.

El único equipo que había podido salvar era mi tubo de rayos —como si fuera a servirme de mucho en un sitio donde no había caza ni enemigos—. Sin aparatos de medición mi única referencia era el Sol, así que aprovechaba los momentos en que era visible para comprobar que no me había desviado de mi trayectoria —caminaba hacia el oeste con la esperanza de llegar al último puerto turístico de Sinus, inaugurado por La Corporación años atrás—. Mis provisiones se habían reducido a dos barritas energéticas de 120 gramos y nada de agua. Nada de agua desde que mi helicóptero se había estrellado, así que id llevando la cuenta.

Las alucinaciones habían llegado a mitad del segundo sol, junto con la certeza de encontrarme perdido. Pensé en la ironía de haberme extraviado cuando en realidad mi misión era rescatar a Fernando... Pobre Fernando. No podía ni imaginar cuál habría sido su destino, teniendo en cuenta que llevaba perdido el doble de tiempo que yo (y a mí sólo me quedaba un resto de fuerza para caminar con el automatismo de un zombi...)

Mis pensamientos fueron interrumpidos por una imagen, a lo lejos, hacia el sur. ¿El sur es la dirección en que aquí apuntan las brújulas?... ¡Da igual! Ni siquiera estoy seguro de que fuera el sur ­—no se veía el Sol— ni de que una brújula me hubiese sido de gran ayuda. La tormenta de la noche anterior había dejado una fina neblina rojiza que lo envolvía todo pero pude distinguirlo en la distancia: Era un caballo. ¿Un caballo? ¿A quién demonios se le había ocurrido llevar caballos a aquellos parajes perdidos de la mano de Dios?... No me iba a detener a averiguarlo. Corrí hacia el animal —¿hacia el sur?— lo más rápido que pude. Si el caballo pudo sobrevivir, significaba que en alguna parte debía haber agua. Y seres humanos, ya que era imposible encontrar por aquellas regiones caballos en estado salvaje.

A medida que me acercaba la niebla se iba haciendo más densa, me costaba distinguir la figura. Corrí con los ojos cerrados para que el polvo no me los irritara... Suponiendo que el caballo también estuviese perdido podría intentar montarlo para tener una chance más de salir de aquel desierto... De pronto, fui aturdido por un fuerte zumbido, que me obligó a detenerme y a abrir los ojos. Casi pierdo el equilibrio.

No había nada. Ni niebla ni caballo. Otra vez las alucinaciones. Estaba metido en una depresión del terreno —rodeado por paredes de roca— y debía salir de allí antes de perder por completo la percepción de realidad. Al principio, por las últimas lecturas de mi equipo, creí que se trataba del Airy; pero luego lo descarté ya que hay una ruta turística regular que pasa por allí y no hubiese podido dejar de ver las naves. Así que estaba en algún cráter sin identificar. Seguí andando hacia el sur porque noté que había un sector donde la cuesta no era tan empinada y podía ser escalada.

A mitad de camino vi un reflejo de agua.

¡Agua! ¡El agua que había estado bebiendo el caballo!

Intenté serenarme, sin interrumpir la marcha, para analizar fríamente la situación. No podía ser un espejismo porque no había sol —es más, las nubes que cubrían el cielo eran más densas de lo habitual—. También hay que decir que mi mente, como había quedado demostrado, no necesitaba de ningún fenómeno físico para desbocarse en fabulaciones.

A cincuenta metros, pude divisarlo claramente: Era un Lago. Un puto lago en el desierto, era demasiado bueno como para no desconfiar... Aunque si pensamos que el caballo pudo haber acudido a abrevar en sus aguas, ya no necesitamos de ninguna alucinación para explicar lo ocurrido.

Aguas cristalinas, aunque turbias en el fondo... Fijaos qué curiosa es la mente humana: en lugar de abalanzarme a beber, me asomé al lago para ver mi reflejo. No preguntéis por qué, simplemente sentí el deseo de verificar mi aspecto luego de casi cuatro soles a merced del árido clima ecuatorial.

No lo vais a creer. No era yo... ¡El del reflejo era Fernando!

—No lo hagas —me decía Fernando, o su reflejo—. No lo hagas, Walter... No bebas... Es una trampa.

¡Otra vez las putas alucinaciones!

Decidí no hacerle caso. Después de todo, era obvio que él no estaba allí pero el agua, aún estaba por verse. Hundí las manos en el lago que no era una charca cualquiera, no vayáis a creer, tenía su buen par de metros de hondo por quince de diámetro.

El agua estaba tibia. Casi me alegré al comprobarlo. Si hubiese sido una alucinación estaría fresca, sería ideal, ¡pero estaba tibia!... La temperatura justa que correspondía a los últimos días. Hice un cuenco con mis manos y las elevé para beber. Imaginaos la culpa que debía sentir por no haber podido ayudar al pobre Fernando, que se me seguía apareciendo en el agua recogida en mis manos. Ya no hablaba pero tenía un gesto de pánico que lo decía todo. De haber sido supersticioso habría creído en una aparición de ultratumba. Lo cierto es que la deshidratación podía explicar el delirio... Y lo más probable es que nunca volviese a ver a Fernando.

—Lo siento, amigo —murmuré­—. Dios sabe que hice todo lo que pude...

Y bebí. Bebí con avidez, con fruición, con el ansia de quien prueba agua por primera vez. Inodora, incolora e insípida. La más gloriosa combinación de sensaciones a pesar de la temperatura o —quizá— gracias a ella. Bebí hasta hartarme y me tendí a la orilla del lago, entornando los ojos, aunque sin llegar a dormirme.

Me sobresaltó, rato después, un resoplido a mis espaldas. El caballo había regresado en silencio e investigaba mi presencia. Era un alazán de pelaje brillante y estaba limpio —a pesar de la tormenta de polvo—. Llevaba unas finas riendas de carrera sujetas a la cabeza. Lo dicho, debió haberse extraviado. No opuso resistencia cuando lo acaricié. Era obvio que estaba más que acostumbrado al contacto humano.

Mientras el animal bebía, aproveché para llenar mi cantimplora. Sujeté sus riendas con movimientos suaves y logré montarlo. Apenas se alteró. Cuando estuvimos listos, iniciamos la marcha. Al trote, para no cansar al caballo, llegamos a la cuesta del sur. La pendiente era menos pronunciada aún de lo que me había parecido desde lejos y hasta había un camino semidefinido. Subimos sin dificultad.

Una vez en la llanura, aflojé las riendas y el caballo comenzó a trotar por su cuenta. Confié en su instinto. Si bien el cielo no se había despejado, logré ver los destellos de la puesta de Sol. Hacia allí nos dirigíamos. Poco a poco fui recobrando el sentido de la orientación y tomé nuevamente las riendas. Había comenzado a oscurecer y se veía una luz bien definida en el horizonte.

Ya se había hecho de noche cuando llegamos a Puerto Sinus Meridiani.

Bajé del caballo y entré a la oficina de información turística. La chica que me atendió se sorprendió por mi aspecto.

—¡Señor!... ¿De dónde viene en ese estado?

—Estuve perdido en el desierto... Me llamo Walter Meré. Sargento Walter Meré de la Base Militar Eos Chasma. Mi helicóptero se derrumbó, no sé bien dónde... Creo que necesito un médico...

Apenas podía tenerme en pie. La tensión acumulada en esos cuatro soles pareció liberarse de golpe, haciéndome presa de un cansancio incontrolable. La muchacha llamó a enfermería. No tardaron en venir a buscarme.

—Quédese tranquilo, señor —dijo un enfermero mientras me sujetaba del brazo para impedirme caer—. ¿Cuánto tiempo ha estado en el desierto? ¿Cómo ha llegado hasta aquí?

Con gran esfuerzo pude mantener los ojos abiertos pero la vista se me nublaba.

—Mi caballo... Lo he dejado fuera...

—¿Caballo? ­—pareció extrañarse­—. Es imposible... ¿Quién traería un caballo hasta aquí?

—Lo mismo pensé yo —le dije—, pero evidentemente alguien lo trajo y se ha adaptado al...

De pronto pude ver con claridad.

¡El enfermero era Fernando!

—¡Fernando!... ¿Qué haces aquí?... ¿Cómo has logrado salvarte?...

—¿Qué dice?... Está delirando. Yo no me llamo Fernando —dijo Fernando—. Doctor, venga pronto... Necesitamos llevarlo urgentemente a enfermería.

Un médico acababa de entrar, junto a otro enfermero. El médico también era Fernando. Se le cayó un ojo cuando me miró y del hueco comenzaron a salir gusanos.

—Tranquilícese, por favor —dijo. Y más gusanos salieron de su boca putrefacta—. Prepara una ampolla de Valium...

El otro enfermero sacó una jeringuilla. Él también era Fernando agusanado. Y el primer enfermero. Y la chica... Todos eran Fernando muerto y en descomposición.

—Me dejaste morir —dijo un Fernando y la mandíbula inferior se desprenió de su cara.

—¡Perdón, amigo!... No pude hacer más...

—Lo pagarás, Walter —dijo otro de los Fernandos.

Me rodearon. Una nave turística acababa de descender en la pista de aterrizaje. De pronto supe dónde estaba. Aquella era la antesala del Infierno. Fernando no era mi amigo, eran demonios con forma de Fernando que habían llegado para arrastrarme a la muerte.

Empuñé mi tubo de rayos y disparé contra uno de ellos que salió expulsado hacia atrás, aterrizando sobre la camilla que habían traido para mí. No volvió a moverse... ¡Los demonios podían morir!

Disparé contra otro que cayó carbonizado. De la nave turística comenzó a bajar más gente. Y todos eran Fernando. Una legión de Fernandos clamando venganza.

Me volví para acabar con los dos que quedaban en la oficina y salí para enfrentarme al resto. ¡No lo tendrían nada fácil!...

Disparé contra todos los Fernandos que gritaban horrorizados. Algunos corrían a ocultarse tras los edificios o las rocas cercanas. Ya no me atacaban. Igualmente seguí disparando hasta asegurarme de haber eliminado a la primera linea de zombis Fernandos y luego monté en el fiel alazán, que había acudido en mi ayuda.

Huí nuevamente hacia el desierto. Allí les sería más difícil localizarme y yo ya conocía un poco mejor aquellos parajes. Al menos sabía dónde encontrar un lago. El caballo galopaba como un poseso. Casi no necesité guiarlo, conocía el camino mejor que yo...

Cuando llegamos al lago, comenzó a corcovear hasta que me derribó y fui a dar a las aguas, donde me hundí perdiendo el conocimiento.



Varios soles después, un policía uniformado se acercó a la orilla.

—¡Sáqueme de aquí! —le dije.

—¿Y esto?... ¿Quién eres tú?

—Sargento Walter Meré... Base Militar Eos Chasma...

El hombre no parecía escucharme.

—El loco de la masacre del puerto turístico—. No sé si lo dijo o lo pensó—. Llevamos tanto tiempo buscándote que ya te veo hasta en mi reflejo...

El policía hundió su cantimplora en el lago para llenarla. De pronto comprendí lo que iba a suceder.

—¡No haga eso! —grité desesperado—. ¡No beba el agua!... ¡Es peligrosa!...

Haciendo caso omiso, pegó un buen trago.

—¿Me hablabas? —preguntó otro policía que también se estaba acercando a llenar su cantimplora.

—Nada —dijo el primero­—. Delirios del desierto...

Me dejaron solo. Pero supe que pronto volvería a saber de ellos.

jueves, 18 de agosto de 2011

Un hombre discreto

 
Hacía quince años que Valentín trabajaba para Correos de Genteovejuna. Su gris existencia pasaba desapercibida aún para el resto de empleados de su sección. Nunca una palabra más alta que la otra. Nunca una opinión en desacuerdo.

Nadie sabía nada de su vida. Y no por misteriosa, sino por anodina. Cada día lo mismo: del hogar al trabajo y del trabajo al hogar ­—si se puede llamar «hogar» a una habitación sin ventanas en una pensión roñosa­—. Sin hijos. Sin mujer. Sin amigos. A sus cuarenta y ocho años no se había relacionado con persona alguna más allá de las formalidades de rigor.

No hablaba con nadie pero observaba a todos... Pedro, el portero. Amelia, la dueña de la pensión. Oscar, su compañero de ventanilla. Lucio, el vigilante. Elisabeth, la de Informaciones. María, la secretaria del jefe. El jefe mismo y los jefes de su jefe... Todos iban recelosos por la vida —sin siquiera mirarse—, hablando sólo del trabajo, el clima, el fútbol, la cantante de moda y tonterías semejantes. A Valentín, este comportamiento se le antojaba sumamente extraño.

No tardó en sospechar que cada persona en el mundo debía ocultar algún secreto inconfesable. Eso explicaría por qué los humanos preferían vivir ocultando sus actos y sentimientos, fingiendo opinar igual que la mayoría, sin hablar de temas personales, destacando la mediocridad ajena en lugar de exaltar los propios valores...

Y se convenció de la idea. Y decidió comprobar su veracidad.

Comenzó por María, la morena arrepentida, porque le pareció —de todos— la menos espabilada.

—Lo sé todo —le dijo un día que se encontró a solas con ella en un pasillo.

La muchacha dejó escapar una risita histérica.

—¿El qué?... No entiendo.

Y Valentín supo que había dado en la tecla: existía un secreto.

—No disimules conmigo. Te estoy diciendo que ya lo sé —espetó con tono seguro.

—¿En serio? —dudó ella.

—¿Qué motivo tendría para hacerte este comentario si no?... Pero puedes quedarte tranquila, sé guardar un secreto.

—Por favor, podría costarme el empleo...

Valentín sonrió victorioso. ¡Había, efectivamente, un secreto oscuro!... ¿Estaría metida en alguna estafa, se habría quedado con correspondencia ajena, sería la amante del jefe o simplemente utilizaría la fotocopiadora de la oficina para asuntos personales?... «¡Qué más da!», se dijo, «no necesito saberlo».

—No tienes por qué preocuparte. Sólo quería que supieses que puedes considerarme tu amigo.

No dijo nada más. Del resto se encargó María y ese día ocurrieron dos cosas trascendentes para él:

1- Comenzó a tener sexo regularmente con una chica a la que doblaba en edad.

2- Se dio cuenta de que, a partir de ese momento, ya nunca volvería a pasar desapercibido.



El siguiente fue Oscar, aquel compañero que siempre se había burlado con desprecio de Valentín. Comenzó a hacer horas extra para que él —aún cobrando el mismo sueldo— pudiese irse más temprano­ de la oficina.

Después fue Javier, uno de los carteros, que comenzó a hacer recados para Valentín.

Con todos utilizaba la misma frase:

—Lo sé todo.

La dueña de la pensión. Ahora cada vez que Valentín llegaba del trabajo encontraba su ropa limpia y la cena esperándole. Y no por ello le había aumentado el alquiler.

—Lo sé todo.

Elisabeth. Otra que pasó por la piedra.

—Lo sé todo.

El vigilante del parking, Lucio. Ese era un fanfarrón que nunca le había caído bien. Con él decidió aceptar su primer soborno en efectivo... Hubiese dado lo que fuere por saber realmente qué era lo que ocultaba Lucio. Algo bastante serio, a juzgar por las cantidades que terminó entregándole.

—Lo sé todo...

En la oficina de correos y comercios circundantes casi no quedaba nadie que, de alguna manera, no le rindiera pleitesía. Incluso su propio jefe:

—Había pensado en proponer este mes ese aumento que usted se merece desde hace tanto tiempo, Valentín...

—De momento no hay prisa, prefiero que nos concentremos en mi ascenso a supervisor.

­—Eso, tal vez, sea más complejo...

—No olvide que lo sé todo...

—Seguramente algo podremos hacer...

Nunca supo realmente nada pero no dejaba de asombrarse por el descaro que la humanidad entera mostraba ante él. ¿Es que ya no había gente honesta en el mundo? ¿Todos tenían un costado turbulento que ocultar?

Mientras ascendía vertiginosamente en la estructura jerárquica de Correos de Genteovejuna iba ganando, también, una reputación intachable.

—Ahí va don Valentín Rodríguez ¡Qué hombre tan serio y responsable!...

—Una persona en la cual se puede confiar, lo que no es fácil de conseguir hoy en día...

—Sí, hay que decirlo, es un hombre muy discreto y respetuoso...

Así, fingiendo conocer aquello que ignoraba, fue como llegó primero a supervisor, luego a jefe de sección, gerente de personal y jefe de su jefe.

Y con cada persona que conocía, aplicaba la misma técnica:

—Lo sé todo.

Nadie en todo ese tiempo se animó a plantarle cara, a decirle que no le interesaba lo que él supiera porque no tenía nada que ocultar. Esto reforzaba su creencia en la maldad intrínseca del ser humano y lo alentaba a continuar...

Un lunes de madrugada el camión de la basura encontró el cadáver de Valentín dentro de un container. Desde luego, la sorpresa fue general:

—¿Quién pudo haberle hecho algo así?

—Con lo buena persona que era...

—No lo comprendo, si él nunca se metió con nadie ¿Quién querría...?

—¿Por qué lo habrán matado? ¡Si era un ejemplo de moral!... No tenía ningún vicio y era la discreción en persona...

—Al parecer, algún defecto debía tener...

—Sí... Sabía demasiado.

jueves, 11 de agosto de 2011

La 22


Juliano Conde-Negrete recogió del suelo de tierra la pistola veintidós y volvió a ponerla en manos de su discípula.

—Tienes que hacerlo, no hay alternativa.

—No puedo —dijo Emma rechazando el arma, al borde de las lágrimas—, es más fuerte que yo... No puedo hacerlo...

—Hay uno sólo que es más fuerte que cualquiera —argumentó Juliano con parsimonia—, tan sólo uno y a Él nos debemos en cuerpo y espíritu.

El Hermoso...

El Perenne, el Siemprevivo... Hoy, en su infinita generosidad, ha decidido compartir con todos nosotros el milagro de la eternidad. Las profecías se han cumplido y el ritual ha culminado. No hay nada que temer. La eternidad es este instante.

Emma, angustiada, señaló vagamente el prado sobre el que se encontraban.

—Pero... Todo esto... Lo que hay aquí...

—Lo que hay aquí es paz, pura paz; armonía con el Hermoso, en un sitio sin tiempo donde todo es perdurable, porque «aquí» ya no es un lugar. «Aquí» es Él, es todo lo que existe. Y muy pronto formaremos parte de eso, de Él. La decisión es tuya.

Juliano Conde-Negrete puso la pistola veintidós en la mano de su discípula con un apretón afectuoso que apaciguó el alma de la muchacha.

—Estoy para contenerte y Él, para contenernos a todos. Nada se compara al sitio en que perpetuaremos nuestra existencia... Las chicas se burlan de ti, los chicos te desprecian, tus padres ni siquiera te escuchan cuando intentas hablar con ellos... En este mundo imperan la maldad y la injusticia, Emma... Los seres de luz como tú, como nosotros, pertenecemos a una dimensión más elevada. La materia sólo nos mantiene prisioneros de esta Tierra de miseria y sufrimientos... Tú no eres Emma ni yo soy Juliano. Formamos parte de algo mucho más grande en el Plan Universal, algo mucho más grande y poderoso que la humanidad, algo tan enorme que apenas nos es dado intuir desde este plano terrenal. Fuimos elegidos de entre miles de millones pero es necesario abandonar la materia y el tiempo para ser eternos en Él.

Ella sonrió.

—Gracias, maestro. Sus palabras son un bálsamo para mí. Me han otorgado la paz, tan necesaria.

—Quien otorga es Él, yo no soy más que su instrumento...

—Hasta siempre.

—Por siempre, desde siempre y hasta siempre jamás.
 
Emma levantó con ambas manos la pistola veintidós e introdujo el caño en su boca. El disparo retumbó por todo el prado. Retazos sólidos y líquidos de lo que había sido ella se esparcieron a varios metros del cuerpo.

Juliano Conde-Negrete cerró los ojos de su última discípula con gran ceremonia y se despidió de la veintidós.

Arremangándose la túnica para que no le estorbara, volvió a abrir la caja de madera. Extrajo de ella la pistola veintitrés. Dejó una única bala en la recámara y quitó el cargador.

—Allí voy, «aquí» —dijo y, sin dudarlo, se voló él también la tapa de los sesos.

Las autoridades de Genteovejuna tardaron una semana y un día en encontrar aquel prado, a las afueras de Lagoseco, con los cuerpos hediondos amontonados junto a la literatura ritual que más tarde serviría para explicar los hechos.

Los periódicos publicaron la noticia, exprimiendo durante meses cada detalle macabro, exagerando, si cabe, la carnicería para colmar las expectativas del gusto popular.

Durante años no dejaría de hablarse en Genteovejuna de la secta de los Condenegros y de Juliano Conde-Negrete, el pirado fanático que se suicidó en agosto, arrastrando tras de sí a veintidós adolescentes que, a falta de otro punto de vista, creyeron sus historias.

viernes, 5 de agosto de 2011

Presentación

Bienvenidos

La verdad es que soy un lector tradicional —he trabajado en el mercado editorial y actualmente soy librero—, con esto quiero decir que aún no he podido acostumbrarme a leer en pantallas (lo hago muy poco y me disperso pronto).

Sin embargo, es innegable que las formas de leer están cambiando para la mayoría de los humanos (yo soy rigeliano, por eso me cuesta más), así que he decidido abrir este blog con material escrito exclusivamente para ser publicado aquí.

Son relatos cortos, muchos de ellos ambientados en un país llamado Genteovejuna —cualquier semejanza con la realidad es una lamentable coincidencia—. No quiero adelantar géneros porque no sé con exactitud en qué puede derivar todo esto.

La regularidad será semanal: Cada jueves a las 9:00am publicaré un nuevo relato.

Si os agrada lo que hago, seguidme y difundid la noticia.

Saludos a todos
¡Nos vemos el jueves!