jueves, 29 de diciembre de 2011

El Evangelio

 
Estaré fuera unas semanas así que he programado algunos relatos y cómics de tiempo ha.

El de hoy es más viejo que la injusticia. Lo dibujé cuando tenía unos 20 abriles aunque cuando hice el guión probablemente me faltaban un par de años aún para terminar el bachillerato (creo que fue en 1989 porque coincidió con el primer taller literario al que asistí). El color, ovbiamente, es muy posterior. La página fue retocada y redibujada en varias etapas de mi vida (manteniendo el texto inalterable), de modo que, creo, es la obra que más me representa, al menos por la diversidad de veces que estuve en su compañía. (¡Y ya dejad de hacer cuentas!, tengo 38 años).

Cierro el ciclo publicándola en Genteovejuna, esperando que disfrutéis de su lectura (la imagen se agranda haciendo clic o abriéndola en una nueva pestaña). Al que le guste, que se la lleve gratis a donde quiera.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Sultán

 
Atravesó la manga cilíndrica que unía la nave con la cámara de descontaminación del Puerto Espacial de Sinus Meridiani.

—Mel Wayne está fuera esperándole —dijo la voz mecánica del ordenador que daba la bienvenida a los exploradores.

—Gracias, guapa —respondió Sergio Ross—. ¿En cuánto tiempo estaré listo para tomar contacto con la civilización?


Una hora después, Mel esperaba ansioso en el bar del Puerto Espacial.

—Ya no mires el reloj —dijo Sergio a sus espaldas—. Estoy aquí. Es notable la impuntualidad de estos puertos, por más adelantos tecnológicos que se hagan.

—¡Sergio! —exclamó Mel poniéndose de pie—. ¡Me cago en tu estampa! ¿De veras eres tú?

Se abrazaron con la fuerza que sólo dan el tiempo y la distancia.

—¡Cómo te hemos echado de menos, hijo de puta!... Aunque seguramente tú eres quien más ha sentido la soledad, allá arriba...

Sergio se sentó a la mesa, frente a Mel.

—Es verdad que no he visto demasiada gente en estos años... Por suerte mi trabajo poco tiene que ver con las relaciones públicas.

—Pero supongo que en todo este tiempo...

Mel Wayne observó a su viejo amigo silencioso y distante y supo que, de alguna manera, el espacio lo había cambiado para siempre, convirtiéndolo en el típico ermitaño estelar que tantas veces había visto deambular por los parajes de Marte.

—No es tan dura la soledad cuando uno se acostumbra —dijo Sergio tras su nueva coraza de autosuficiencia—. Uno aprende pronto a ser su propio compañero...

Un robot-camarera se había acercado a la mesa.

—¿Qué tal está la cerveza? —preguntó Sergio señalando con un ademán el vaso vacío de su amigo.

—Abominable, como siempre...

—Reconforta saber que algunas cosas siempre seguirán siendo iguales...

Pidieron dos jarras.

—¿Quieres decir que en estos ocho años no has estado en contacto con nadie?

—No hay que exagerar... Durante el tercer año pasé cerca de las coordenadas de una nave–burdel y disfruté de la compañía de una bella damita...

—¿Una vez en ocho años? ¿Te follas a una tía en ocho años y lo consideras normal?...

—¡Tú nunca cambiarás, viejo lobo de mar!... Pero para el resto de la gente los placeres carnales no lo son todo en la vida...

—Olvídate del sexo...

—Lo he olvidado hace tiempo...

—No puedes haber visto a una sola persona durante unas horas en los últimos ocho años y seguir manteniendo tu salud mental. La sola idea de semejante incomunicación...

—Es verdad —lo interrumpió Sergio, mientras daba un sorbo a la jarra de sucedáneo de cerveza que el robot-camarera acababa de dejar frente a él—. La cerveza del Puerto Espacial sigue sabiendo a meados... Sin duda hubiese enloquecido, Mel. Si conseguí mantenerme cuerdo ha sido por el cariño incondicional de Tom.

—¿Tom?

—Mi fiel perrobot...

—¿Un perrobot?... ¡Esos bichos no son seres vivos, amigo!...

—¡No deberías hablar de ese modo!... Debes conocer a Tom para saber de lo que estoy hablando... Esa mascota está tan viva como tú, o como yo. Solía despertarme cada mañana para que jugase con él... Mueve el rabo cuando me ve sonreír y le encanta que lo acaricie detrás de las orejas... Es un perrobot, sí, pero tiene un corazón mucho más noble que el de la mayoría de los hombres que conozco...

—¡Joder, Sergio! Es un robot ¡Una máquina!... Está programado para actuar como un perro. No tiene vida.

—Te equivocas. Pasé ocho años conviviendo con mi perrobot, y puedo asegurarte que lo vi ponerse contento cuando yo jugaba con él, enfermarse cuando algo no andaba bien en sus circuitos, gemir de hambre cuando se descargaba su batería...

—¡Claro que sí!... ¡Está programado para hacer esas cosas!...

—Te desconozco, Mel. Estás hecho un insensible... Déjame hacerte una pregunta; ¿Tienes algún perrobot en tu casa?

—Bueno... Los animales verdaderos son caros de mantener en Marte... Hemos comprado un perrobot para cuando Abril cumplió tres años. Fue un capricho de mi mujer, no creas que yo...

—Vayamos a tu casa. Te demostraré que es cierto lo que digo. Además, estoy seguro de que tendrás algo mejor para beber.

—Es ridículo, pero si insistes...


«Un robot, el mejor amigo del hombre», pensaba Mel mientras bajaba del helicóptero, que había dejado aparcado en el desierto a cincuenta metros de su chalet. No podía quitarse de la cabeza la idea de que las estrellas habían vuelto loco a su amigo.

—Es allí —dijo, señalando hacia adelante—. ¿La recuerdas?

—Ha pasado tanto tiempo...

Ilustró: Txiki González
A esa hora Mirtha y Abril estaban fuera. Mel pasó su mano por el lector biométrico y la puerta principal se abrió. El perrobot ladró un par de veces, dando saltos de alegría alrededor de su amo.

—¡Que animalito tan encantador! —dijo Sergio, conmovido por primera vez desde que pisara suelo marciano­—. Mira qué contento se puso al verte regresar—. Estiró una mano hacia el robot, que la olfateó receloso—. Es normal que desconfíe, no me conoce.

—Es un robot, Sergio... Está programado para hacer eso...

—¿Cómo se llama?

—Sultán. Y te atacaría a mordiscones si le doy la orden de hacerlo.

—No lo haría —dijo acariciando al perro—. Sultán es un buen muchacho, ¿verdad que sí?.

Pasaron a la sala y Mel llenó un par de vasos con Whisky de la Tierra.

—Nos sentará bien algo fuerte luego de esa porquería sintética.

Sultán jugueteaba con los zapatos de Sergio.

—Gracias, amigo... Se ve que aún es un cachorro, le gusta jugar.

—Está programado para hacer eso.

—No puedes seguir negando que está vivo, Mel. Es tu mascota, te tiene cariño.

El perrobot buscó un tomacorriente al cual conectarse.

—Mira lo que hace ahora. Tiene hambre...

—No digas tonterías. El más elemental medidor de batería puede hacer que el robot busque una fuente de energía cuando la necesita.

—¿Tan seguro estás?... Intenta desconectarlo y verás qué sucede.

Sultán había sacado un enchufe de una de sus patas delanteras y se había conectado al tomacorriente. Mel se acercó a él y lo desenchufó. El perro gruñó.

—Pero qué... ¿Es que no me reconoce?

—A ningún perro le gusta ser molestado mientras come...

—¡Bah! —Dijo Mel dejando al perro nuevamente en el suelo—. También será parte de su programa. Los hacen así para que parezcan más reales.

—¿Eso crees? Entonces ¿Por qué no intentas ponerlo con las patas hacia arriba y abrir la portezuela de su estómago. Quedará indefenso pero no está preparado para comprender ese peligro.

Mel comenzaba a fastidiarse.

—¡Terminemos de una vez con todo esto!— dijo mientras alzaba en brazos a Sultán. Apoyó su dedo pulgar sobre la portezuela, que tenía un detector biométrico. Se escuchó un chasquido.

—Ha reconocido la mano de su amo —dijo Sergio—. Ahora retira la tapa, no sucederá nada.

Mel obedeció y los circuitos del robot quedaron al descubierto. Por un momento le pareció que Sultán lo miraba de una forma extraña, como si intuyese el peligro. Aunque probablemente no era más que el fruto de su imaginación... Sergio se acercó ofreciéndole su vaso de whisky. Aún no lo había probado.

—Toma —le dijo­—. Vacíalo dentro del perrobot. Provocarás un cortocircuito. Seguramente sufrirá una breve agonía antes de quedar inutilizado. Pero eso a ti no te importa ya que crees que las máquinas no pueden tener sentimientos.

Mel tuvo un instante de duda.

—Coge el vaso, vamos, termina de una vez lo que comenzaste. Nada malo puede suceder, después de todo no es más que un robot...  

Mel dedicó una última mirada a su mascota antes de verter el líquido sobre sus circuitos. El perrobot comenzó a sacudirse como si sufriese algún tipo de espasmo nervioso.

—¡Mierda! —exclamó Mel, alejándose de Sultán pero sin poder apartar la vista de esos ojos vidriosos, asustados. El perrobot parecía implorar su clemencia, como si se diera cuenta de lo que estaba sucediendo, como si sufriera, como si estuviese vivo. Espantado, intentó convencerse a sí mismo de que el robot actuaba siguiendo un programa. Pero el miedo que había en esos ojos no podía haber sido creado artificialmente. Mel comprendió, de repente, que él había provocado el cortocircuito. Lo estaba matando. «¿Matando?», se preguntó y el perro gastó sus últimas energías en un gemido de angustia. Mel comprendió por vez primera su dolor. Lo comprendió pero no lo soportó. Salió disparado hacia el lavabo. «Soy un asesino», pensó. Su rostro había perdido el color.

Sergio se acercó al perrobot con una pequeña caja de herramientas. Mientras tanto, Mel no podía dejar de vomitar. Más tarde, seguramente, echaría la culpa a la cerveza del Puerto Espacial.

—Tranquilo, pequeño, yo te curaré —susurró Sergio mientras secaba el interior del perrobot con un chorro de aire caliente—. A partir de hoy tu amo te tratará como te mereces.

El daño había sido superficial. Sería fácil de reparar. Mientras trabajaba con una pequeña soldadora, Sergio intentó comprender a la gente de las colonias. Tan egoísta, la gente, tan incapaz de conectar con el resto de los seres vivos y a la vez tan necesitados de otros seres vivos.

Ahora lo sabía. Dejar de lado su cuerpo humano antes de partir rumbo a las estrellas fue la decisión más sabia que pudo haber tomado. De otra manera ¿quién sabe si hubiese regresado con vida?

Cerró la portezuela de Sultán y el perro comenzó a corretear por la casa, como si festejara la vida recuperada.

Mel continuó abrazado al inodoro durante cuarenta minutos.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Caballeros y dragones

 
—Estoy perdida, sola en medio de un bosque. Está anocheciendo y los árboles que me rodean se vuelven cada vez más fantasmagóricos. No encuentro el camino que me devuelva a la civilización. Tiemblo. Sudo. Me angustio. Cansada ya del inútil peregrinar, me siento sobre una roca y estallo en lágrimas...

»Pasados unos minutos, me compongo y apoyo la espalda contra el tronco de un enorme árbol dejando caer mis brazos a los lados. Tanto como para mantener mis nervios ocupados, comienzo a juguetear con la tierra y la hierba que me rodean. Así, casualmente, descubro que el tronco del árbol sobre el que estoy recostada es hueco. Me pongo de pie y veo que la corteza ha sido arrancada en un sector, creando un agujero del que no alcanzo a ver el fondo.

»No me pregunte por qué, abandono toda cautela e introduzco mi mano en el interior del hueco. Tanteo una superficie rugosa y un cofre de hojalata. Los saco del agujero; se trata de un lienzo de pintor y una caja de acuarelas. Me sorprendo. El corazón me palpita. Me alegro. Olvido de inmediato la soledad del bosque, la oscuridad y el miedo... ¡Siempre quise ser pintora, desde niña!... Interpreto aquel hallazgo como un presagio. Sin detenerme a analizarlo, cojo un pincel y comienzo a manchar el lienzo con trazos de colores que poco a poco van adquiriendo inesperadas formas. Hago catarsis de mi angustia y mis miedos... Dejo que mi mano se deslice sola, sin ser conciente de mis propias ideas. Entro en éxtasis... La inspiración llega desde lo más profundo de mi alma. Tanto, que pronto no puedo creerme que aquel lienzo estuviese en blanco antes de que yo lo tocara...

»Casi he conseguido ahuyentar todos mis fantasmas cuando descubro, nuevamente horrorizada, una pequeña llama en el centro de la pintura. Intento apagarla con la mano pero me quemo. En cosa de un segundo el fuego se extiende por el lienzo, destruyendo toda mi obra. Desesperada, levanto la mirada y descubro el origen del incendio. ¡Un enorme dragón que me mira desafiante!... Mi cuerpo no me responde. El dragón, enfurecido, vuelve a escupir su llama, esta vez apuntándola hacia mí. Esforzándome más allá de mis posibilidades, consigo huir corriendo por el bosque. Pero el dragón es gigantesco y derriba árboles como quien aparta la maleza. Pronto me veo acorralada por el monstruo.

»Ya estoy encomendando mi alma al Señor cuando aparece él... Un valiente caballero embutido en su armadura y montando un imponente zaino negro. Desafía al dragón y, tras un truculento combate, consigue darle muerte atravesándolo con su lanza.

Ilustró: Txiki González
»Sin siquiera inmutarse, mi caballero estira su mano enguantada en cota de malla y me ayuda a subir a su cabalgadura. Al galope, rumbeamos hacia un gran castillo que se divisa en la distancia. Yo me relajo y dormito un rato, abrazada a mi salvador... Cuando llegamos al castillo él se quita la armadura y el terror vuelve a hacer presa de mí... No se trata de un gallardo caballero, como yo había supuesto ¡Es un horrible ogro!... Un monstruo peludo que ríe mientras me arrastra hacia la torre y me coloca grilletes en ambos pies. Grito hasta desgañitarme pidiendo auxilio pero nadie me escucha. El primer latigazo que recibo me rompe el vestido y me saca sangre del pecho izquierdo. Al segundo latigazo, pierdo la conciencia...

»Por lo general, llegados a este punto, me despierto bañada en transpiración... La pesadilla se repite cada vez con más frecuencia e intensidad. Las últimas veces tardé varios minutos en darme cuenta que no había sido más que un sueño... ¿No me estaré volviéndo loca, doctor?... Temo que llegue el día en que no sea capaz de distinguir de qué lado de la realidad me encuentro...

—Eso no sucederá, Nancy. Juntos descubriremos el origen de tu pesadilla recurrente... Antes de comenzar con la terapia de hipnosis me gustaría saber cómo es un día de tu vida... Ayer, por ejemplo ¿Cuáles fueron tus actividades?

—Ayer, bueno... Me desperté sobresaltada y debí hacer un esfuerzo sobrehumano para salir de la cama. Me lavé la cara y bajé a preparar el desayuno para Pablo y los niños. Mi marido no acabó de desayunar. Como siempre, iba atrasado y partió hacia el trabajo sin decirme a qué hora regresaría. Luego pasé cuarenta minutos lidiando con los niños hasta que se hizo la hora de llevarlos a la escuela. Hice todo el camino de regreso pensando en lo crecidos que están ya mis hijos y en lo poco que he podido disfrutar de ellos por preocuparme demasiado y correr todo el tiempo tras las cosas más inmediatas...

»Últimamente pienso mucho en mi vida... La pintura, por ejemplo, hace años que no pinto. Tuve que dejarlo al nacer los niños. Me casé con Pablo cuando quedé embarazada, pero no estoy enamorada de él y dudo mucho que él lo haya estado de mí en algún momento...

»Pero le estaba contando mi día de ayer... Luego de dejar a los niños fui al supermercado y después a casa, deprisa, que tocaba limpieza general. Preparé el almuerzo como pude para que estuviese listo al mediodía. Los niños tienen sólo dos horas para comer y regresar al colegio... Yo apenas probé bocado por que llegaran a tiempo...

»En parte prefiero estar inmersa en esta rutina, así no tengo tiempo de pensar en la vida que llevo ni en Pablo, que cada vez se queda hasta más tarde en la oficina... Cuando se fueron los niños llamó mi amiga Lilian. Fue una sorpresa. Hacía más de un año que no recibía noticias suyas. Quería invitarme a una exposición de pintura barroca que ha llegado a la ciudad. Como se imaginará, tuve que rechazar la invitación... Mis obligaciones como madre y esposa prácticamente no me dejan tiempo para ocuparme de mí misma... ¡Ya no resisto más, doctor!...

—¿Necesitas un pañuelo, Nancy?... Probaremos la hipnosis cuando estés más tranquila... Intentaré ayudarte, aunque me desorienta un poco tu caso. Por lo general, la gente acude a mí para descubrir y superar aquellos traumas que les impiden realizarse como personas. Pero, después de todo, tu vida es como siempre la has soñado...

jueves, 1 de diciembre de 2011

¿En qué nos equivocamos?

Los relatos para las próximas semanas aún no acaban de cocinarse al punto que me gusta servirlos. Os dejo un cómic que escribí en 2003 para una edición especial de El Víbora. Al releerlo con la perspectiva del tiempo, he notado que esta historia sucede en Genteovejuna. Mira por dónde vengo a enterarme que ya conocía estas tierras en aquella época...

Hacer click sobre las imágenes para leer el cómic a mayor tamaño o abrirlas en una pestaña nueva.

© 2003 by Iván Guevara, Atilio Gambedotti & Ediciones La Cúpula

jueves, 17 de noviembre de 2011

El código Garrincha

Otra semana en la que no he escrito nada. Esta vez les traigo dos de los nueve capítulos que escribí de la penúltima novela que dejé inconclusa. Se trata de una parodia a El código Da Vinci (escrita en 2006, en pleno auge del libro de Dan Brown) que, en principio, iba a manejar un humor absurdo pero enseguida comenzó a degenerarse hacia algo más bizarro. La novela iba a llamarse El Código Garrincha, aunque nunca llegué a escribir la parte en que viajaban a Brasil buscando el secreto detrás de la enigmática sonrisa de La Giocondonga, momento en que entraría en juego el destacado futbolista. El tono difiere radicalmente de lo que hago para Genteovejuna y marcó para mí el final de una etapa muy creativa. La ilustración que acompaña iba a ser la portadilla del libro. Espero sea de vuestro agrado y que sepáis disculpar los errores que seguramente encontrareis (no he querido corregir nada del texto original).


1

Robert Lankdonkey despertó sobresaltado.

Mientras terminaba de expulsar a los personajes de su sueño erótico —Neve Campbell, Vanessa Ferlito y, extrañamente, Samuel L. Jackson— el teléfono volvió a sonar. Eran las 12:50 p.m. (las 24 y media en el sistema métrico decimal, al uso europeo). Sólo llevaba una hora dormido en aquella cama del Hotel Ris de Sevilla, pero se había sumido en un sueño profundo e intenso.

La habitación era espaciosa, aunque decorada con un gusto algo cargante. Se trataba de un antiguo edificio de arquitectura morisca que había soportado más o menos dignamente el paso de los siglos. Un testimonio vivo, aunque en franca decadencia, de la época de esplendor de aquel país. Cuernos de toro y retratos de toreros con bailarinas flamencas colgaban de cada una de las paredes.

El timbre agudo del viejo teléfono de disco volvió a intimidarlo... ¡Justo ahora que lo mejor estaba a punto de comenzar entre él y el señor Jackson!... Ya no le sería posible retomar el sueño donde lo había dejado. Maldijo al servicio del hotel por haberse inmiscuido en sus fantasías más íntimas.

Cuando el teléfono tintineó por cuarta vez, Lankdonkey descolgó el auricular y se lo llevó al oído.

—¿Diga? —gruñó de mala gana.

—¿Señor Lankdonkey? —dijo una voz al otro lado de la línea. El hombre pronunciaba su apellido tal cual como debía sonar en su lengua de salvajes: «Landonquei.»

«Estos españoles son unos ignorantes» reflexionó para sí el experto en filología Robert Lankdonkey.

—Espero no haber interrumpido su descanso —continuó la voz como si realmente lo lamentara—. Le habla el recepcionista. Aquí abajo hay una persona que desea verle, me ha dicho que es urgente.

—Lo siento, ya me había dormido. Estas no son horas —continuó Lankdonkey sin especificar para qué no eran horas—. Dígale a esa persona que sea tan amable de dejarle a usted su nombre y señas. Mañana me pondré en contacto con ella.

—Es que... Se trata de alguien muy importante.

—Lo único importante para mí en este momento es entregarme a los brazos de Morfeo.

—Desconozco quién sea su amigo, pero creo que deberá retirarse de su habitación antes de...

—Buenas noches —lo interrumpió Lankdonkey antes de cortar la comunicación.

«Estos españoles son unos ignorantes», volvió a reflexionar. «Y éste recepcionista lo es aún más que el resto. No vale la pena molestarme en explicarle metáforas helénicas».


Entonces recordó el malentendido que había tenido lugar horas antes, al regresar al hotel luego de dar su conferencia sobre La Importancia de la Cocina Medieval para el Desarrollo de las Lenguas Romance en la Universidad de Sevilla.

Robert Lankdonkey era un laureado filólogo doctorado, además, en historia, experto en arte antiguo y campeón interuniversitario de natación (aparte de alguna otra disciplina que nos vaya haciendo falta a medida que avance la narración). Con sus cuarenta y cinco años bien llevados, dominaba a la perfección veintidós idiomas y casi cuarenta dialectos de todo el mundo. Había escrito decenas de libros que le valieron el reconocimiento de gran número de estudiosos dentro de una selecta elite intelectual. Desde hacía años era invitado por las más prestigiosas universidades del orbe para dar conferencias acerca de sus teorías y descubrimientos etimológicos. Alumnas y profesoras se derretían ante su sapiencia y su gallarda porte. Las revistas de semiología solían describirlo como un Leonardo Dicaprio maduro con la inteligencia de Einstein (una sagaz descripción —que le hacía justicia— digna de las mentes más brillantes dentro del mundo de las investigaciones lingüísticas).

Aquella tarde, después de su exitosa conferencia, Lankdonkey sólo deseaba regresar cuanto antes al hotel para ducharse y descansar luego del agotador viaje en avión. Su organización psicofísica aún respondía al horario americano y no había tenido ocasión de dormir bien durante los últimos días.

A duras penas logró deshacerse de las alumnas pizpiretas y las atentas profesoras que, como de costumbre, revoloteaban dicharacheras a su alrededor, colmándolo de atenciones. Ese era el precio que debía pagar por ser un galán de las letras, aunque él estaba más allá de aquellas frivolidades.

Una vez liberado del acoso femenino, montó en el Corvette platinado que había adquirido para aquel viaje. «¡Qué ocasión para probar mi nuevo capricho!», se dijo Lankdonkey llevando el convertible a 180 Km/h por las estrechas calles de Sevilla. Era una verdadera joya de la mecánica. Ya tendría tiempo de tunearlo a su gusto cuando regresara a su residencia de Harvard.

En estas cavilaciones andaba perdido el filólogo cuando clavó los frenos de su nueva máquina, haciéndola derrapar ante la entrada del Hotel Ris de Sevilla. Se bajó del convertible pasando por encima de la puerta, sin abrirla, y le arrojó las llaves a un botones para que se lo aparcara.

—Cuídamelo bien —le recomendó, entregándole un billete de mil pesetas para asegurarse de que el muchacho haría efectivo su pedido.

Al entrar al hall del hotel, se dirigió al recepcionista y le dijo:

—Estoy agotado. Que nadie me moleste hasta mañana a las nueve... Y, por favor, vea si puede conseguirme una muda limpia y que la suban a mi habitación.

—Bien, señor —contestó el dirigente recepcionista.

En ese momento tuvo lugar el primer malentendido con aquel hombre. Lo supo diez minutos más tarde, cuando llamaron a la puerta de su habitación. Al abrirla, Robert Lankdonkey se encontró con una muchachita menuda que lo miraba expectante.

—¿Y tú quién eres? —preguntó extrañado, pero la joven no le dio ninguna respuesta.

Entonces comprendió su error.

«Perversos españoles», pensó. «Hay que ver lo que entendió este tío por una muda limpia».

Anteriormente había escuchado comentarios sobre la falta de escrúpulos que mostraban en los hoteles de estos países tercermundistas a la hora de conseguir prostitutas de cualquier raza y condición para sus clientes, pero esta era la primera vez que tenía ocasión de comprobarlo.

«¿Qué más da?», se dijo e hizo pasar a la muda.

La muchacha, con su escaso pecho y sus rectas caderas, era dueña de una belleza andrógina que cautivó a Robert desde el primer momento. Por alguna razón que nunca se había cuestionado, le atraían las mujeres cuyos atributos femeninos no se encontraban demasiado desarrollados.

Hicieron el amor durante algo más de una hora. Luego Robert le pagó y la muchacha se quedó acariciándole la nuca hasta que él se durmió, agradeciendo que fuera muda.

Cuando el timbre del teléfono lo despertó, una hora después, la joven ya se había marchado y Robert no la echó en falta. Entonces no podía saber que esa misma noche la buscaría desesperadamente por toda la ciudad, cuando —paradójicamente— el testimonio de una muda fuese lo único que podría exonerarlo del crimen del cual iban a acusarlo.


El teléfono volvió a sonar, rescatándolo de sus recuerdos recientes. Descolgó el auricular refunfuñando con indignación.

—¿Diga?

Era otra vez el molesto recepcionista.

—Disculpe nuevamente, señor Lankdonkey. Llamo para avisarle que la persona que lo buscaba hace un momento ya va camino de su habitación.

—Pero ¿a usted que mierda le pasa? —espetó el experto lingüista—. ¿No le dije que hoy no quería que viniera nadie a tocarme los cojones?

—Es que... No creí tener la autoridad suficiente para negarle la entrada a esta persona. —Por algún motivo a este recepcionista le resultaba más sencillo decir «esa persona» que revelar la identidad del visitante, como si se tratase de un mediocre recurso para generar misterio en una novela de veinte céntimos.

—Por mí, como si fuese la reina de Francia... ¡Me la trae floja!

—Es que...

Esque, nada... ¿De quién se trata exactamente?

—Su visita es... El ranger Demetrio Diez, uno de los ayudantes del sheriff.

Al mismo tiempo que el recepcionista pronunciaba estas palabras, Robert Lankdonkey oyó cuatro enérgicos golpes en su puerta.

—¿Señor Lankdonkey? —dijo alguien desde fuera—. Ábrame, por favor, Debo hablar con usted. Vengo en representación de la Oficina del Sheriff de Sevilla.

Lankdonkey colgó el teléfono y se quedó atónito por un instante, mirando la puerta con incredulidad. «La Oficina del Sheriff de Sevilla.» La OSS, era más o menos el equivalente español del FBI estadounidense. ¿Qué querrían de él?... Había sólo una manera de averiguarlo.

Con cautela, se incorporó y entreabrió la puerta. El hombre con quien se encontró distaba mucho de parecer un agente federal: Su porte menudo y robusto sumado a la casi total ausencia de cuello, oculto bajo una prominente papada, le recordaban más al cerdito Porky que a los polis de la tele... Pero no debía olvidar que estaba en Sevilla, no en Nueva York.

—¿Qué se le ofrece? —preguntó, prudente.

—Necesitamos de sus conocimientos para esclarecer un caso.

—¿A estas horas de la noche? ¿No podían esperar a mañana?

Robert se apartó un poco, dejando la puerta entreabierta, pero el ranger Demetrio Diez entendió el gesto como “entre, que está abierta” y así lo hizo.

—Esta noche usted tenía una reunión con Jorge Gil y Puertas, el conservador del Museo de Arte Africano. ¿Es eso cierto?

—Sí. ¿Cómo lo sabe?

—Sabemos muchas cosas. ¿A qué hora se despidió usted del conservador?

—De hecho, aún no nos hemos visto. Lo llamé para aplazar la reunión hasta mañana por la mañana... Me encontraba extenuado por el viaje en avión y pretendía descansar.

Ilustración del autor
—Me temo que eso no será posible... Y tampoco debe molestarse en asistir a esa reunión de mañana.

—¿Qué quiere usted decir?

Sin responderle verbalmente, el ayudante del sheriff le entregó a Lankdonkey una polaroid que sacó del bolsillo interior de su cazadora oficial.

—¿Y esa foto? —preguntó el filólogo cogiéndola entre sus dedos.

—Se la hicimos hará cosa de una hora, en la sala de máscaras del museo, donde lo encontramos.

Cuando Robert echó una mirada a la fotografía, se horrorizó de lo que vio. El cadáver del conservador yacía en una extraña posición, tirado sobre un charco de sangre. «¿Era sólo sangre o había algo más?» El ranger Diez tenía razón: Ya no se reuniría con él al día siguiente... Ni ningún otro día.

—¿Quién ha podido hacerle algo tan espantoso?

—Señor Lankdonkey —sonrió el agente—, esperábamos que usted pudiera contestar a esa pregunta.

Robert miró al hombre rechoncho, que le sostenía la mirada, intentando leer en sus ojos lo que el sheriff esperaba de él. ¿Lo estaban acusando o sólo buscaban su colaboración en un caso difícil?

De pronto, Robert Lankdonkey reparó en la insignificante estatura de su interlocutor (era casi un enano) y advirtió —sin lograr reprimir una sonrisa— que el nombre que le habían puesto, Demetrio Diez, le cabía como anillo al dedo.



2

A unos ciento cincuenta kilómetros de allí, Sirla, el mastodonte bizco, cruzó raudamente la entrada del viejo caserón ubicado sobre la calle Manríquez. El vestíbulo estaba vacío. Subió con premura por la ornamentada escalera, prosternándose luego ante el enorme crucifijo que dominaba la estancia superior. La casona era propiedad de la Congregación y él, como Bracchium Armatus Dominus —Brazo Armado del Señor—, tenía derecho a refugio en su interior. La puerta de su habitación estaba abierta. La cerró al entrar.

A través de la ventana podía contemplar la Catedral de la Asunción de Nuestra Señora y la fachada posterior del Palacio Episcopal. Sirla no era lo suficientemente puro para alojarse allí. Era un asesino, un pecador. El Altísimo lo había elegido para cumplir con ese propósito... «Los caminos del Señor son inescrutables», se dijo.

Aún quedaban cinco minutos para hacer la llamada telefónica con la que informaría del éxito de su misión. Continuó mirando por la ventana. Dos años atrás había cumplido con otra Misión Divina en aquella misma ciudad. Ahora tenía nuevamente ante sus ojos aquel edificio: Se trataba de la Biblioteca Provincial de Córdoba ubicada, paradójicamente, al lado del Palacio Episcopal, en la calle Amador de los Ríos. Allí había entrado Sirla hacía dos años para robar el Compendio di rivelazioni, un incunable escrito por el hereje Girolamo Savonarola que, en su momento, había escapado a la hoguera —el incunable, ya que no el hereje—. Ahora, gracias al servicio que Sirla había prestado a la Congregación, el libro había sido reemplazado por una copia apócrifa que honraba a Dios Nuestro Señor.

El rubicundo asesino bizco volvió a consultar su reloj y dio gracias al Cielo por haber iluminado su camino, por haber enviado al Padre Culastti a rescatarlo de aquel contenedor de basura donde sus padres biológicos lo habían abandonado nomás nacer, al notar que padecía el mal de Gregorio (tenía un ojo fijo y el otro giratorio).

«El Señor le ha dado un sentido a mi vida».

Sirla se sintió pleno, dichoso de estar pagando la deuda contraída. Abrió el cajón de la austera mesita de noche y sacó el teléfono móvil provisto por el Vaticano, con una línea imposible de rastrear. Marcó un número.

—¿Diga? —respondió, casi de inmediato, una voz masculina. Una voz que Sirla conocía bien.

—Soy yo, Maestro. Ya estoy en el refugio.

—Habla.

—Las cinco puntas de la estrella ya han dejado de brillar.

—Bien. Supongo que, entonces, tendrás la información.

—Los cinco coincidieron. Estaban aterrados.

—La perspectiva de la muerte siempre aterra a las ovejas descarriadas que no están en paz con el Señor —se permitió reflexionar el interlocutor de Sirla.

—Así es. Los cinco mencionaron el mismo lugar.

—El lugar donde se oculta la clave secreta.

Según la tradición, la Cofradía había ocultado un mapa en algún sitio del mundo... Un mapa que conducía directamente hacia el tesoro más preciado de la hermandad... El objeto que habían custodiado durante milenios...

—Excelente —se regodeó el Maestro—. Cuando nos hagamos con esa clave, estaremos a un paso de encontrarla...

—Y puede estar seguro de que será nuestra.

—¿Dónde se oculta exactamente la clave?

Sirla se lo dijo.

—¿Egipto?... Parece muy conveniente. Está en África, la cuna de la humanidad, según los herejes de la Cofradía...

—Son ingeniosos —replicó Sirla—. La han ocultado en la tumba de un faraón prácticamente desconocido.

—Sí... La tumba de Tutangamarrón aún no ha sido encontrada.

—No ha sido encontrada porque nadie se ha molestado en buscarla.

—Sin embargo, tú la encontrarás. Has hecho un gran servicio al Señor. Hemos esperado este día desde tiempos inmemoriales y no es momento de detenernos. Tráeme esa clave. Esta misma noche.

—Pero, Maestro... Ese sepulcro debe ser una fortaleza... ¿Cómo haré para encontrarlo y entrar en él?

El Maestro, con la seguridad propia de los poderosos, se lo dijo.


Sirla cortó la comunicación pletórico de ansiedad. Dentro de media hora pasarían a recogerlo en un helicóptero de la Congregación. Volvió a dar gracias al Cielo por esa media hora. Tendría tiempo de hacer penitencia por sus recientes pecados de sangre.

Se desnudó por completo y se dirigió al pequeño cuarto de baño que había en su habitación. Cogió el spray más grande que encontró, el de espuma de afeitar. Era de los envases largos: 405 mililitros.

«El dolor es bueno», había dicho el Padre Culastti años atrás, mientras hacía extrañas cositas con el pequeño Sirla.

«El dolor es bueno», repitió Sirla apoyando el envase de espuma de afeitar sobre el suelo y sentándose luego sobre él.

Pero el ano no se le dilataba.

Era un mal presagio.

Volvió al cuarto de baño y rebuscó desesperadamente entre todos los pomos y frascos que allí había, pero no encontró lo que necesitaba.

Sacer merda! —juramentó. Sirla tenía ese prurito que le había inculcado su mentor, el ahora Monseñor Amatore Culastti: «Si vas a decir una palabra malsonante, dila en latín que es el idioma del Señor».

«¿Cómo ha podido olvidarse el Vaticano del lubricante, sabiendo lo importante que es para los miembros de la Congregación

No valía la pena continuar con los lamentos. «A llorar, a la iglesia», se dijo y comenzó a buscar algo que pudiera usar como sucedáneo.

Encontró un pomo de pasta dentífrica. Ansioso, vació su contenido sobre la punta semiesférica del spray de espuma de afeitar y lo untó con devoción a lo largo del improvisado objeto de penitencia personal.

Volvió a sentarse sobre el envase y esta vez su orificio de la vergüenza no opuso resistencia. El diámetro del recto se le iba expandiendo a medida que el envase se abría camino por su esfínter, como años atrás lo había hecho la del Padre Culastti. Sintió una enorme paz interior al recordar al joven sacerdote. Claro que el Padre Culastti —como exige la tradición católica— no había vuelto a tocarlo desde que Sirla había dejado de ser un niño, pero él lo extrañaba.

«El dolor es bueno», se repitió Sirla cuando el dentífrico mentolado le hizo arder las almorranas. «El placer del cuerpo es el dolor del alma», recordó mientras el envase desaparecía en el interior de su culus («Las palabras malsonantes piénsalas en latín», le había enseñado su bienamado mentor).

Voluptas corpus. Castigatio anima.

«El dolor es bueno», seguía susurrando entre gemidos, mientras daba pequeños saltitos —arriba y bajo— sobre su trasero.

Al cabo de un rato, comenzó a sangrar.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Lunáticos

 
—Eso no sólo contradice la naturaleza de la psiquis sino que atenta contra el principio de causa y efecto.

—Para comprenderlo debe usted aceptar que aquí, en la Luna, ese principio no funciona exactamente como en la Tierra —dijo el doctor Mayers—. Especialmente en el campo de la psiquiatría.

—Lo que usted afirma trasciende el campo de la psiquiatría. Un sólo hombre puede creer en una realidad inexistente pero, por definición, eso no cambia la realidad. Si otras personas compartiesen la misma alucinación, tendríamos que pensar en un cambio físico, no imaginario. La realidad no se modifica porque una mente perturbada así lo crea.

—La pregunta del millón sería ¿qué es la realidad?... Consideramos real todo aquello que podemos comprobar mediante nuestros sentidos. Usted sabe que yo existo porque me está escuchando y me está viendo. Además, estamos caminando juntos por la misma superficie y hablando el mismo idioma. Su memoria le recuerda que mi aspecto es similar al suyo, por lo cual su mente deduce que está usted hablando con un hombre. El contexto cultural y el entorno en el cual nos encontramos le hacen pensar que este hombre es un psiquiatra. Pero ¿qué seguridad objetiva puede encontrar en lo que le muestran sus ojos y oídos o, incluso, en las conclusiones que saca su mente? Todo ello no es más que información sesgada, percibida y elaborada por un sólo individuo. Usted mismo es el único referente cierto de usted mismo. Si yo fuese una alucinación de sus sentidos, usted no me percibiría como menos real. Afirmaría que yo existo, exactamente como lo haría cualquier loco.

Julio Arévalo, experto en seguridad, reflexionó en silencio sobre las palabras de Mayers. Había llegado a la Luna cinco años atrás pero desconocía casi por completo el abanico de mutaciones físicas y psíquicas que allí se producían, tanto en seres vivos como en objetos inanimados.

Durante mucho tiempo se creyó que la Luna influía en la mente de los hombres tanto como lo hacía en las mareas y en el ciclo de las cosechas. Se decía que alguien era un lunático o que estaba alunado cuando sufría cambios de ánimo bruscos o tenía un temperamento inestable. Los últimos estudios demostraban que en la Luna esos trastornos se potenciaban de manera exponencial y que, contrariando a la creencia más arraigada, era la gravedad terrestre la responsable de estas alteraciones.

Ilustró: Txiki González
El descubrimiento que el doctor Mayers había hecho en el Frenopático Lunar, sin embargo, iba más allá de cualquier psicopatía. En el pabellón aislado hacia el que ahora se dirigían, estaban encerrados los cinco pacientes clasificados con el código Medline F60.2.1; maníacos cuyos trastornos de personalidad modificaban la realidad. Es decir, sus alucinaciones se materializaban y eran percibidas y padecidas por el entorno. «Locos de Realidad», los había bautizado la prensa sensacionalista.

—Es un poder psíquico que nunca antes habíamos visto —dijo Mayers haciendo un alto en el camino—. Tal vez muchos de nosotros lo tengamos y resulte inofensivo al percibir la realidad tal como es. En ellos es diferente, ya que sus sentidos les muestran algo que realmente no existe... El peligro radica en no poder controlar la mente de un lunático. Potencialmente, eso nos llevaría a vivir inmersos en las alucinaciones de todos los esquizofrénicos que estén tan cerca de nosotros como para influir en la realidad que nos rodea. Como usted comprenderá, el nivel de seguridad que necesitamos mantener en el pabellón de los F60.2.1 no es comparable a nada que se haya conocido antes.

—Pues yo no pienso igual —dijo Julio Arévalo clavando su mirada en los ojos del psiquiatra­—. ¿Sabe lo que creo? Creo que todo lo que me está contando es un invento para lograr notoriedad. No creo que la mente humana, por más trastornada que esté, tenga el poder de modificar la realidad.

—Debe creerlo, algunos de ellos son muy peligrosos.

—Estoy aquí para demostrar lo contrario —reemprendieron la marcha—. Usted es un farsante y voy a desenmascararlo.

—Uno de ellos, por ejemplo, cree ser la peste negra; quien se le acerca muere irremediablemente...

—Eso está por verse...

—No me crea, si no quiere —dijo Mayers con vehemencia mientras perseguía al experto en seguridad—. Lo único que le ruego es que sea cauto mientras explora el sitio y comprueba lo que allí sucede. Necesitamos medidas extremas para salvaguardar nuestra seguridad y la de todos los habitantes de la Luna.

Arévalo no volvió a hablar hasta que llegaron al pabellón F60.2.1. No había ventanas y las paredes tenían corazón de plomo. Uno de los guardias que custodiaba el pabellón lo acompañó hasta la entrada de la primera habitación. La puerta blindada tenía un letrero que ponía «GD».

—¿Hay alguien aquí dentro?

—Un loco de realidad —dijo Mayers—. Cree ser la última guerra de la Tierra, la Guerra Definitiva.

—Abra esa puerta —ordenó Arévalo al guardia—. Quiero conocerlo.

—No lo haga, sería una locura.

—La locura es suya, no nuestra. Sus creencias están dentro de su mente y no pueden influirnos. ¡Ábrala!

—¡No lo haga!

—Es una orden.

El guardia estaba subordinado al técnico de seguridad y debía obedecer.

—Está bien ­—dijo Mayers—. Si es su deseo, así se hará. Pero usted entrará sólo a esa habitación. Una vez abierto el cerrojo, esperará a que nosotros nos hayamos puesto a salvo.

El guardia marcó el código de seguridad y, cumpliendo su palabra, Julio Arévalo esperó a que ambos hombres abandonasen el pabellón para empujar la puerta blindada.

No llegó a entrar a la habitación. Sólo había entornado la puerta un par de centímetros cuando fue sacudido por una ráfaga de viento radiactivo. Apenas tuvo fuerzas para arrastrarse por el pasillo unos cuantos metros antes de caer muerto.


Cuarenta y dos minutos después ingresaron Mayers y sus hombres —protegidos con trajes NBQ de quinta generación iguales al que Arévalo había rechazado— y encontraron el cadáver con los miembros contraídos y una mueca de horror en la cara.

—Espero que esto haya servido para convencerlo —dijo Mayers.

—¿Qué haremos ahora? —preguntó uno de los guardias mientras aseguraba la gruesa puerta señalizada «GD» para que la mente del hombre que allí estaba cautivo no pudiese provocar más daño.

—Debemos abrir la puerta número cuatro —dijo Mayers.

—¡Pero ese es el más incontrolable de todos!... Nadie sabe qué sucedería si ahora entrase en contacto con la civilización...

—No tenemos otra alternativa. Arévalo es el único hombre en la Luna capaz de diseñar el plan adecuado que aisle para siempre a estos engendros de la naturaleza.

Se miraron con cara de circunstancia. Sin mediar palabra, dos de los hombres cargaron con el cadáver y lo depositaron ante la cuarta puerta, rotulada «JC». Uno de ellos descubrió el teclado numérico. Se volvió hacia Mayers buscando aprobación. El psiquiatra apoyó su mano en el lector biométrico y le hizo un gesto al guardia para que procediera a marcar el código de desbloqueo.

Todos retrocedieron varios metros cuando la puerta se abrió.

El hombre que vieron aparecer estaba sumamente delgado y vestía unos harapos que apenas cubrían su cuerpo. Al ver el cadáver, se agachó ante él y tocó su frente.

—Levántate y anda —dijo.

jueves, 27 de octubre de 2011

Tracción a Sangre

 
Asuntos que me afectan en el plano personal me impidieron, esta semana, encontrar la presencia de espíritu necesaria para narrar una nueva crónica de Genteovejuna.

Por no dejar huérfano este espacio, publico un episodio de la serie Tracción a Sangre que escribí allá por el 2004 para la desaparecida revista El Víbora, con dibujos de Atilio. El cómic es autoconclusivo y le sigo teniendo simpatía a pesar de los años y cambios vitales transcurridos.

La calidad de la copia no es muy buena. Agradezco a Txiki el haber hecho todo lo posible por mejorarla.

Espero poder reencontrarme con ustedes la próxima semana y ojalá lo disfruten.

Hacer click sobre las imágenes para leer el cómic a mayor tamaño.
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© 2004 by Iván Guevara, Atilio Gambedotti & Ediciones La Cúpula

jueves, 13 de octubre de 2011

El rey y los prodigios

 
Había una vez un reino, donde hoy está Genteovejuna. Y en el reino hubo un rey que vivió en tiempos en que los pájaros hacían sus nidos en las barbas de los hombres.

En su juventud el rey había protagonizado mil aventuras, luchando en innumerables gestas, pero ahora estaba viejo y le dolían hasta los pies al caminar. El rey, que había sido un guerrero, se aburría soberanamente con los pasatiempos cortesanos. No existía bufón, juglar ni salimbanqui que lograra arrebatarle media sonrisa y por las noches soñaba con regresar al campo de batalla.

Cierta mañana, mientras lo vestía, su Ayuda de Cámara le había dicho:

—Majestad, vos no añoráis realmente la guerra. Lo que echáis en falta es la lozanía de vuestra juventud que os hizo guerrero y que, lamentablemente, ya no regresará. Sois muy afortunado al disponer del reino más próspero y extenso del que se tenga memoria. Creo que deberíais aprender a disfrutar de las distracciones y placeres palaciegos, que son propios de vuestra edad.

El monarca ordenó azotar y ajusticiar a su Ayuda de Cámara porque —como la mayoría de los viejos— odiaba recibir consejos y prefería tener razón a ser feliz.

Así pasaban los años sin que el rey de aquel reino dejase de lamentar su desgracia. Creía haberlo visto todo y decía que ya nada ni nadie en el mundo sería capaz de provocar su sorpresa.


El rey y la reina tenían una hermosa hija que no tardó en alcanzar edad casadera. Cientos de nobles y caballeros llegaban cada día de los sitios más remotos para reclamar la mano de la princesa.

Ilustró: Txiki González
Se organizaron torneos de caballería y combates singulares entre los pretendientes pero —al no poder hacer otra cosa que contemplarlos— el rey no tardó en aburrirse también de estas competencias.

—Majestad —le dijo un buen día uno de sus ministros—. ¿Por qué no publicáis un Bando Real anunciando que entregaréis a la princesa en matrimonio a aquel caballero que os presente un prodigio capaz de sorprenderos?

El rey, esperanzado, así lo hizo.

Pronto, las puertas de palacio comenzaron a llenarse de guerreros, magos, sabios y oportunistas de diversa índole, oriundos de las ciudades más importantes y los pueblos más pequeños de todo el mundo conocido.

Un alquimista llegado de las frías tierras del norte, le ofreció una piedra mágica capaz de transmutar el plomo en oro. Pero el rey ya era rico y la idea de aumentar su fortuna no lo seducía ni mínimamente.

Del Lejano Oriente se presentó un mago poseedor del cuerno de la abundancia —del cual, con el sólo poder de la voluntad, brotaban los más exquisitos manjares—. Pero las tierras del reino eran fértiles y producían gran cantidad de manjares de origen animal y vegetal.

Un médico proveniente de un remoto archipiélago lo puso en presencia de un elixir capaz de aplacar cualquier dolor. Pero el brebaje era inocuo a la enfermedad de los años, la única de la que el rey hubiese querido curarse.

Un músico delgado como una rama de olivo, trajo consigo una espineta fantástica, capaz de provocar los más hermosos sueños a quien la escuchara. Pero el rey ya soñaba con lo más hermoso que había conocido, su tortura era no poder realizar ya esos sueños.

Finalmente, se presento ante el rey un inventor negro como la sangre de un dragón y le regaló una enorme esfera construida con doce pentágonos de cristal mágico. Al mirar fijamente una de las caras del dodecaedro, el rey podía ver escenas de la vida de otros hombres, que estaban ocurriendo en ese mismo momento en cualquier otro punto del planeta.

El inventor se casó con la princesa y el rey de aquel reino pasó el resto de su existencia contemplando la mágica esfera que ora le mostraba el accionar de los más diestros ejércitos en el campo de batalla, ora la destreza galante de los más apasionados amantes.

Los entretelones de la política y los detalles más interesantes del devenir de la vida diaria eran contemplados en directo por el rey, que se alegraba al comprobar la excelente opinión que todos sus súbditos tenían de él y de su reino. El rey cada vez se volvía más viejo y prefería tener razón a ser feliz.

Aquí termina la historia de cómo se perdieron para siempre los más maravillosos prodigios y de por qué la televisión permaneció hasta nuestros días.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

jueves, 6 de octubre de 2011

La sangre medieval

 
Hora y media de ejercicios. Cinco minutos para la bebida isotónica y otros ocho para ducharse y vestirse.

Como cada día laboral, Mauricio salió por la puerta del gimnasio a las veinte quince —no catorce, no dieciseis—, bolso al hombro y paso ágil.

Para llegar al sitio donde había aparcado debía atravesar una serie de callejuelas oscuras y desangeladas. Sólo él sabrá por qué se inscribió en un gimnasio tan alejado de su vivienda, emplazado en un barrio olvidado por el ayuntamiento. Tal vez tenga que ver con la mayor posibilidad de impartir justicia que estos barrios ofrecen. Porque —es hora de decirlo— Mauricio se tiene a sí mismo por un justiciero.

Al doblar por una esquina, encontró su primera misión de la noche. Resguardado del frío por el portal de un edificio había un joven de cabellera larga y grasienta que fumaba un porro mientras acariciaba a su perro delgado y sarnoso.

«Hijo de una gran puta», pensó Mauricio, sintiendo cómo la sangre medieval comenzaba a hervirle en las venas. Lo que terminó de sacarlo de sus casillas fue el estampado de la mugrienta camiseta: Jamaica no problem, ponía. «¡Habrase visto tamaña desvergüenza!»

El muchacho ni lo oyó llegar. La primera patada le entró de lleno en medio de la cara.

—¡Drogadicto de mierda! —gritó Mauricio fuera de sí—. Eso está prohibido—. El perro se puso en guardia, dispuesto a atacarlo. Mauricio le arrojó el bolso para desequilibrarlo y lo levantó por el cuello. El animal se debatía en el aire, agitando sus patas para intentar librarse de la presión, que comenzaba a ahogarlo. Una de sus zarpas arañaron el brazo de Mauricio.

—¡Chucho apestoso! —masculló, pensando en la cantidad de gérmenes que podían haberle transmitido esas apestosas uñas.

Con todas sus fuerzas arrojó al animal hacia arriba, haciéndole describir una parábola que encontró su final en la acera de enfrente. Sonó a roto cuando el animal se estrelló contra una pared. Gimió de dolor, sin poder moverse, partida como estaba su espina dorsal.

El dueño del perro, ya recuperado del golpe y con la visión algo nublada por la sangre, intentó auxiliarlo.

—¡Aún no he terminado contigo, puto yonqui!

Mauricio lo detuvo de un puñetazo en la boca del estómago. El joven cayó en posición fetal. Mauricio aún le propinó varios golpes más, utilizando para ello tanto extremidades superiores como inferiores.

—¡En este país tenemos leyes! —dijo cuando al fin reemprendió su camino—. Espero que lo recuerdes la próxima vez que te dé por fumar esa porquería.

El perro continuaba gimiendo, cada vez más débilmente. Sólo movía la mandíbula y el hocico.


Mauricio tenía un particular sentido de la justicia y actuaba en consecuencia.

—O aprendemos de una vez a respetarnos entre nosotros o el mundo se convertirá en un campo de batalla —solía decir a quien quisiera escuchar—. Las reglas están para ser respetadas. Si no esto sería un caos ¡la ley de la selva!


Diez minutos más tarde, Mauricio conducía sonriente su automóvil por las calles de la capital, excitado aún por lo que él consideraba un ejemplo activo de conciencia cívica.

A esa hora la Gran Vía no tenía demasiado tráfico y se podía andar por ella a 70 km por hora prácticamente sin interrupciones. Este paseo le resultaba sumamente relajante después del estrés diario y la energía liberada en sus actividades extralaborales.

En mitad de su recorrido, un semáforo lo obligó a detenerse. A su derecha se detuvo un Nissan conducido por un cincuentón arropado con chaqueta de golf. Se miraron. El hombre lo saludó con un movimiento de cabeza y volvió la vista al frente.

El motor del Nissan ya estaba en marcha cuando la luz cambió a amarilla y el coche había cruzado por completo antes de que se pusiera en verde.

—Hijo de puta —murmuró Mauricio para sí y otra vez sintió el bullir de su sangre medieval.

Aquel hombre era un temerario, un infractor. Si la calle estuviera transitada, probablemente hubiese provocado un desastre. «¡Y sigue tan campante, el miserable!», masculló y comenzó a seguirlo a cierta distancia. Al parecer, aquella noche tendría más de un asunto del que ocuparse.

Diez minutos más tarde, estaban saliendo de la ciudad por la autopista. «¿Es que no piensa detenerse? ¿Ni siquiera se ha percatado de su infracción?», pensaba Mauricio y se impacientaba ya que el velocímetro casi había llegando al límite permitido.

Finalmente, el Nissan cogió un camino periférico y se detuvo a la entrada de una urbanización cercada. No había vigilancia y el golfista se apeó del coche para abrir el portal. Mauricio llevaba las luces bajas, por lo que el hombre aún no reparaba en su presencia. El muchacho se detuvo a escasos metros del otro coche y, hecho una furia, se dirigió hacia él.

La puerta del Nissan había quedado entreabierta, circunstancia que fue aprovechada por Mauricio para arrebatar el Madera 3 de la bolsa de palos que ocupaba el asiento del acompañante.

—¡Oiga, imbécil! ¿Por qué cruzó ese semáforo en rojo?... ¿Quería matarnos a todos?

El golfista se volvió sobresaltado.

—Pero... ¿Quién es usted?...

—¡No me cambie de tema!... Usted ya sabe de qué hablo...

—No, de veras... Llévese lo que quiera. Tengo algo de dinero...

—Así que ahora me toma por un vulgar ladrón —cada vez se le hacía más difícil controlar su furia—. Vea, si se hubiese topado con otro coche en aquella esquina podría haberle sucedido esto—. Uniendo la acción a la palabra descargó su mejor drive contra el parabrisas del Nissan.

—¿Qué está haciendo?... ¡Socorro! ¡Policía!...

El hombre dio un par de pasos hacia Mauricio pero se detuvo en seco al ver la expresión enajenada del muchacho, que ahora abollaba el techo de su coche.

—¡Eso es, llame a un policía!... Pero que sea de tráfico, así podrá pagar lo que ha hecho.

—No quiero problemas, joven...

El hombre estaba aterrorizado. Con sádica parsimonia, Mauricio guardó el palo cuidadosamente y sacó de la bolsa el Hierro 5.

—Hay veces en que la precisión es más valorable que la potencia —dijo mientras medía el golpe que estaba por dar—. No te preocupes por la policía, viejito... Yo mismo haré que expíes tus culpas.

El golfista cayó derribado al primer impacto de la cabeza del palo contra sus rodillas. El segundo golpe no tuvo otro objetivo que el de asegurar la quebradura en ambas articulaciones.

El hombre gritaba de dolor cuando su atacante se retiró.

—Espero que recuerdes la lección cuando puedas volver a conducir.

Ilustró: Txiki González

Eran casi las nueve y media de la noche. Mauricio vio el McDonald's al costado de la carretera y decidió detenerse. El maldito golfista lo había alejado demasiado de su casa y los actos de justicia de aquella noche le habían abierto el apetito. Con ganas de sentarse a una mesa, dejó el coche en el aparcamiento.

Entró al local y caminó hacia las cajas. Cuatro personas formaban cola, esperando a ser atendidas. Antes de que él alcanzase al último de la fila, llegó un hombre de mediana edad caminando desde el lavabo y ocupó el quinto lugar. Apenas un segundo antes.

—¿Es que no me has visto? —dijo Mauricio apretando los dientes. Y otra vez la sangre haciendo lo suyo...

—Disculpe, señor...

—¡Yo te voy a sacar las ganas de colarte, chino de mierda!

Antes de terminar la frase ya estaba lanzando, con toda su furia, un cross de derecha contra la mandíbula del hombrecito, que ciertamente tenía rasgos orientales. El hombre atajó el puño con una mano y, continuando el movimiento de Mauricio, giró sobre su propia espalda torciéndole el brazo. Al final de la media vuelta descargó su otra mano, en forma de garra de tigre, sobre la nuca del muchacho, que fue a partirse la cara contra el suelo.

La secuencia completa duró poco más de un segundo. Unas pocas personas se acercaron a curiosear. Con la vista nublada y la cabeza retumbándole como una campana, Mauricio llegó a distinguir la silueta de su contrincante —que no era realmente oriental, aunque tenía sangre japonesa­—. El hombre le dedicó una reverencia.

De pronto, fue como si los últimos 20 años no hubiesen sucedido para Mauricio. Los recuerdos, el miedo y la angustia se agolparon en su garganta.
­
—Por favor, papá ¡ya no me pegues! —suplicó a lágrima viva­—. ¡Ya no lo haré más!... No... las esposas no, por favor, no quiero quedarme solo, papi, papito... Prometo portarme bien...

Y luego todo se volvió negro.

En estado de inconsciencia, Mauricio fue llevado a una sala de urgencias. El médico que lo reconoció, se sorprendió al descubrir que vestía ropa interior femenina. Sujeta al portaligas, estaba su placa policial. (¡Enhorabuena, has descubierto el final oculto!)

jueves, 22 de septiembre de 2011

Cruzando el Atlántico

 
—Todo esto era muy distinto antes de la Guerra Definitiva —dijo el viejo sin apartar la vista de la única ventana del camarote—. Ojalá pudieses verlo como yo lo vi.

El joven se acercó para contemplar con él la vasta monotonía del Atlántico.

—Pues debió ser realmente distinto, porque ahora no tiene ninguna gracia.

—Ya lo creo que sí... Yo viví toda mi juventud en San Jorge, la tercera ciudad submarina que se construyó en el Atlántico. Tan diferente a todo esto... En aquel entonces sí que «tenía gracia»...

No hacía mucho tiempo que Julio había dejado de ser un niño y comenzaba a sentir curiosidad por el mundo de antes de la guerra, cuando los ordenadores lo controlaban todo y las personas podían comunicarse entre sí de forma casi instantánea.

—Cuéntame, abuelo, ¿Es verdad que en San Jorge había aparatos eléctricos para controlar la temperatura?

—No sólo en San Jorge —recordó Arévalo con cansada nostalgia—. Todas las ciudades del Atlántico tenían equipos de ventilación que estabilizaban el clima. No debes olvidar que, los que estábamos más abajo, vivíamos a doscientos metros bajo aguas heladas. Hubiese sido imposible subsistir de otra manera. Igualmente, si hubieras nacido en aquellos tiempos, no te resultaría tan espectacular. Hace cincuenta años cualquier persona podía controlar el clima de su propio hogar con un aparato de aire acondicionado individual... Sin importar si afuera nevaba o había un sol abrasador, dentro de casa podías mantener una temperatura constante de 22 grados Celsius.

—¡Increíble!... Y ¿cómo se perdió todo eso? ¿Por qué no vuelven a construir centrales eléctricas para tener aparatos como los de antes?

Ilustró: Txiki González
—El consumo sería insostenible. La Tierra tiene sus días contados, Julito... Los recursos energéticos que nos quedan deben invertirse en trasladar humanos a las colonias... Nuestra atmósfera es altamente radiactiva, ya casi no nacen niños aquí. Un sólo viaje a Marte o a Ceres consume casi todos los recursos que la humanidad puede producir en una semana... Quizás la tuya sea la última generación de terráqueos... Tú, que aún estás a tiempo, deberías pensar en emigrar...

—Créeme, abuelo, no pasa un día sin que lo haga...

—Intentaré ayudarte a reunir el dinero... El futuro está en las estrellas; allí verás con tus propios ojos la verdadera grandeza de la raza humana... ¡Nuestro ilimitado poder de inventiva!... ¡Imagínate! Cuando yo era joven este mismo viaje que hoy tarda diez días lo hubiésemos hecho en menos de catorce horas.

—¡Catorce horas para cruzar el Atlántico!

—¡Para cruzar el Atlántico y llegar a Comodoro, que no es moco de pavo!... ¡Quince mil kilómetros en línea recta!

—¡Carajo!... ¡No puedo ni imaginarlo!

Nicolás Arévalo rio con más ternura que alegría. Los relatos de antes de la guerra despertaban la curiosidad del muchacho.

—¿Cómo hacían?

—Aviones —el hombre se puso de pie enérgicamente y enfatizó la explicación haciendo planear su mano, en zigzag, por todo lo ancho del camarote—. Íbamos volando por encima de las nubes. Tú has visto aviones en fotografías...

—Sí... Pero no sabía que podían alcanzar esas velocidades.

Arévalo volvió a sentarse junto a la pequeña ventana y miró a través de ella sin ver realmente el Atlántico, visualizando un mundo que ya no estaba. Aquel mundo de su juventud en el que se construían ciudades submarinas para combatir el problema de la superpoblación. Hoy todas las ciudades del Atlántico estaban abandonadas. Incluyendo San Jorge, la ciudad donde había pasado los mejores veinte años de su vida; el fin de su infancia, su adolescencia, el amor de Inés, los hijos... ¡Hasta que la ambición de los hombres lo llevó al frente de batalla!... Dos meses bastaron para acabar con todo lo bello que alguna vez tuvo el mundo. Después de la Guerra Definitiva ni siquiera pudo regresar a su hogar submarino. San Jorge ya no existía. Las ciudades del Atlántico habían perdido su razón de ser puesto que la superpoblación mundial había dejado de ser un problema y estaba muy lejos de volver a serlo.

Cuarenta y cinco años habían pasado desde la Guerra y ahora no tenía más que a su nieto... Julio, que había decidido regresar a Comodoro Rivadavia para ocupar la casa familiar. Él ya estaba viejo, se dijo Arévalo, pero aún tenía un motivo para vivir. Conseguiría que Julio subiese a una nave con rumbo a la Luna o, tal vez, a Marte. El futuro estaba en las colonias, la Tierra era para los muertos.

—Prepárate, abuelo —la voz del muchacho lo devolvió violentamente a la realidad. —Ya casi es la hora de ir a cenar.

—Ve tú primero, yo estaré en seguida.

Necesitaba quedarse solo un momento. Tal vez llorar... Se había hecho la hora de cenar por novena vez desde el comienzo del viaje. Eso significaba que al día siguiente arribarían a Comodoro y, de forma ineludible, pasarían por el sitio donde cuarenta y cinco años antes se había erigido San Jorge. Su San Jorge.

Decidió que se sentaría frente a la ventana del camarote y observaría por última vez lo que había quedado de su ciudad. Aunque sólo fueran los cimientos, no dejaría de mirarlos hasta que el tren los hubiese perdido en la distancia... San Jorge, las últimas ruinas, las más australes del Desierto Atlántico.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Historia con fantasma


«Ya han salido las bestias de sus madrigueras», pensó Javier al ver a los macarras apostados en la esquina con sus cartones de vino. Eran las seis de la tarde; cada día salían más temprano. Pensó en cruzarse de acera para evitar problemas pero «¡Qué cojones! Es peor cuando uno demuestra miedo, pueden olerlo y ya se creen dueños de la ciudad».

Continuó acercándose a los muchachos con paso seguro —debía pasar por esa esquina para llegar a su casa­—. En dirección opuesta se les acercaba una señora mayor, cargada con la compra del mercado. Ahora más que nunca debía hacerles frente «¡vaya uno a saber lo que serían capaces de hacerle a la pobre mujer cinco inadaptados sociales como aquellos!».

Mucho había cambiado Genteovejuna en los últimos años y, a pesar de que él intentaba ser optimista en cuanto a la esencia del ser humano, la evidencia de la realidad lo apartaba día a día de esa idea. «Tal vez he vivido engañándome y el hombre nunca ha sido más que esta lacra que hoy parasita al mundo».

Así divagando, llegó casi hasta donde estaba apostada la banda. Vio cómo uno de ellos le cortaba el paso a la mujer que volvía del mercado.

—A ver, la pasta, rápido...

—Pero ¿qué...? —la señora comenzó a temblar. Otro, que llevaba chupa de cuero, la cogió de un brazo y la arrastró hacia el callejón que hacía esquina, peor iluminado que la calle por la que transitaba Javier.

—¡Ya oíste, vieja, no te hagas! —decía mientras la empujaba—. ¡Suelta la lana o te la quitamos a chingadazos!

El primero que había hablado sacó una navaja y la mujer intentó defenderse usando la bolsa de la compra como escudo.

—¡No tengo nada! Por favor, no me hagáis daño...

—¡Dejad en paz a la señora! —intervino Javier. No se veía a nadie más por la calle.

—¡Mira por dónde! ¡Tenemos un héroe! —escupió con sarcasmo uno de los que no se habían movido hasta el momento. Sacó otra navaja y dio un par de pasos hacia Javier. Los dos que estaban con él lo secundaron, caminando con decisión pero sin apuro.

—¿Sabes lo que les sucede a quienes no se meten en sus asuntos?...

Lo rodearon entre los tres mientras los otros dos forcejeaban con la señora, intentando arrebatarle el bolso.

—¡Dejadme ir, os lo suplico! —decía ella y tironeaba hacia sí, abrazando la bolsa de la compra.

—¡Dejadla, hijos de puta! ¿No veis que la estáis alterando?

El de la chupa de cuero logró quitarle el bolso. La mujer, fuera de sí, comenzó a dar coces a diestra y siniestra.

—¡Ay! —logró alcanzar al de la navaja en plena rodilla.

—¡Vieja de mierda! —gritó él y se abalanzó sobre ella, clavándole todo el filo del arma en el costado derecho. Ella trastabilló y, perdiendo el equilibrio, cayó cerca de la esquina.

—¿Qué habéis hecho? ¡Asesinos! —gritó Javier y golpeó a uno de sus atacantes para abrirse paso e intentar socorrer a la señora.

El de la chupa de cuero y otros dos le cerraron el paso, dejándolo de espaldas al oscuro callejón. Los tres empuñaban navajas. Una de ellas aún goteaba sangre. Javier la miró con una mezcla de ira y asco.

—¿Esto buscabais, hijos de puta?.. ¿Qué haréis ahora?

—¿Qué crees, güey? —rumió el de la chupa. La luz de una farola destelló sobre el filo plateado. —Tú también vas a colgar los tenis, por metiche...

Invadido por el pánico, comprendió lo que le esperaba.

—¡No! —dijo­—. ¡No puede estar pasando esto!

Javier salió disparado por el callejón, perseguido por los cinco pandilleros. Casi sin aliento, recordó que aquel era el callejón que daba a los fondos de la vieja fábrica abandonada. No tenía salida.

—¡Ahora verás!

Al final del callejón había una pared de ladrillos de unos dos metros de altura, coronada con trozos de vidrio rotos clavados en el cemento, tal como estilaban hacer años ha los constructores de Genteovejuna para disuadir a visitantes indeseables.

Debía trepar para salvar su vida, no tenía más escapatoria. Sin pilares ni nada sobre lo que hacer pie, pegó un brinco en plena carrera y escaló el muro sujetando los vidrios con todo el brazo y haciendo fuerza hacia arriba. El dolor era insoportable y la sangre no tardó en empaparlo pero logró saltar al otro lado. Cayó sobre una ortiga de enormes dimensiones que estaba oculta entre el pastizal del terreno baldío, tras la fábrica abandonada. Se dobló un tobillo. El dolor le recorrió toda la pierna y la columna vertebral, explotándole en la nuca.

—¡Carajo! —gritó desesperado.

—¡Ya te tengo!

El de la chupa de cuero se había trepado a la pared, ayudado por los otros y se disponía a saltar. Aguantando el dolor, Javier se puso de pie. Cojeaba y el brazo le sangraba mucho, pero logró perderse por un pasillo interior de la fábrica antes de que los otros le dieran alcance.

Por suerte había encontrado la puerta abierta. Los niños del barrio se dedicaban a romper los candados en las raras ocasiones en que el ayuntamiento volvía a colocarlos. La antigua fábrica de aluminio había sido el patio de recreo de cientos de niños por varias generaciones. Javier, que también había jugado allí de pequeño, se sintió a salvo. El edificio era prácticamente un laberinto y él aún recordaba algunos recovecos donde solía esconderse.

Pasó varios minutos tendido detrás de la vieja prensadora, escuchando con atención. No notó más que el chillido de algunas ratas. Al parecer, había despistado a sus atacantes ya que no habían intentado buscarlo dentro de la fábrica. Dejó de oír sus pasos casi al ocupar su escondite. No habiendo notado la ausencia del candado, debieron creer que escapó por uno de los pasillos laterales que conducían a la fachada del edificio.

Aún no eran las siete de la tarde, pero allí dentro estaba oscuro y húmedo. El brazo debía tener un aspecto horrible. Se quitó la camiseta que llevaba bajo la camisa y, recordando un curso de primeros auxilios de la Cruz Roja, improvisó con ella un vendaje. Trabajó de memoria, ya que no podía ver nada, pero logró que quedara firme.


Casi una hora estuvo tendido sobre el suelo intentando recuperar sus fuerzas. Las ratas chillaban cada vez con más estridencia. Podía oírlas corretear libremente por el recinto. Imaginó que había miles de ellas, que habían olfateado su sangre... La idea era absurda pero la imagen mental resultaba repugnante. Decidió salir a la calle y buscar un policía.

Volvió a ponerse la camisa y se incorporó, sorprendido de lo rápido que se había recuperado su tobillo. Ya no sentía dolor alguno. Por suerte, la torcedura no había afectado ningún ligamento. Con cautela, se asomó a la puerta por la que había entrado para comprobar la ausencia de peligro. Todo estaba en orden. Había oscurecido y las luces de las farolas iluminaban la calle de la fachada.

Caminó sigilosamente por el lateral derecho de la fábrica y aún debió pasar por debajo de un cerco alambrado para poder llegar a la acera. Estaba a la vuelta del callejón; en la esquina había una avenida. Fue hacia allí en procura de un teléfono o un patrullero pero no vio a nadie. Sólo había luz en una o dos tiendas. Era noche cerrada. Pensó que seguramente se habría quedado dormido dentro de la fábrica y había pasado más tiempo del que recordaba. Fue hacia el callejón pensando que, tal vez, ya hubiesen descubierto el cadáver de la señora. Antes de llegar vio que no era sí —en tal caso, la policía hubiese vallado el área­—. Una mancha de sangre antes de llegar a la esquina era el único indicio de lo que había sucedido horas antes. A lo lejos creyó ver un agente policial. Pensó en ir a su encuentro pero prefirió echar antes un vistazo dentro del callejón.

El cuerpo no estaba. Posiblemente lo hubiesen escondido cerca de allí. Con cierto temor, se asomó a la oscuridad. No había ninguna construcción lo suficientemente grande como para ocultar un bulto semejante, a excepción de los contenedores de la basura. Fue rodeándolos con cautela, sin atreverse a mirar dentro.

Ilustró: Txiki González
—No temas, muchacho.

La voz sonó a sus espaldas. Allí estaba la anciana. De pie y aún sujetando su bolso.

—No va a sucederte nada malo... Quería agradecerte por lo que has hecho hoy.

Javier se puso pálido. Por un segundo, le pareció que iba a desmayarse. ¡Era imposible que la mujer hubiera sobrevivido al ataque!... Y si lo hubiese hecho, tendría que estar inconsciente en un hospital y no allí, hablando con tal parsimonia, como si nada hubiese sucedido... Sólo existía una explicación y no era de este mundo.

—¡Socorro! —gritó y echó a correr, intentando pasar lejos del fantasma.

Corrió a más no poder por la arteria principal, hacia donde había visto al policía, pero éste ya no estaba. Debió haber doblado en la siguiente esquina. Aún podría darle alcance.

Antes de llegar a mitad de la calle, la anciana volvió a aparecérsele, saliendo del portal de un edificio.

—No huyas —dijo—. Puedo encontrarte donde quiera que vayas.

—¡Nooo!...

Al borde de la histeria, Javier pegó media vuelta y cruzó la avenida con rumbo a una de las tiendas que aún quedaba abierta. Era un locutorio.

—Por favor, tiene que ayudarme —dijo irrumpiendo agitado—, acabo de ver un fantasma... Necesito...

El dependiente lo miró sorprendido pero sin mover un pelo. Debía tener un aspecto horrible con aquel vendaje sucio de sangre y sus ropas transpiradas. Además, posiblemente el hombre no hablase bien el castellano.

—Una cabina, necesito hacer una...

Se interrumpió. Mirando por el quicio de la puerta, pudo ver al espectro de la mujer que se acercaba a la tienda. Si se quedaba a llamar a la policía se metería en la boca del lobo. El local no tenía más que una salida y el hall era estrecho. No podría huir de ella, estaría atrapado. ¡A saber de qué maneras podría influir sobre los vivos!. Además, ¿qué le diría a la policía?: «He visto cómo unos pandilleros asesinaban a una mujer y ahora la muerta me persigue». Lo tomarían por loco.

—¡Espérame! —gritó la mujer cuando Javier salió por la puerta del locutorio y continuó su huida por la avenida.

En realidad, no sabía hacia dónde se dirigía. Más tarde o más temprano ella acabaría por encontrarlo. Gente. Quería ver gente. Estar rodeado de gente viva. Tal vez, de ese modo, al fantasma le fuera más difícil actuar. Es proverbial la discreción con que prefieren manifestarse.

Cien metros delante de él, divisó el cartel luminoso de un bar. En el locutorio había podido ver que eran las once de la noche. No encontraría un sitio más concurrido a esas horas.

Cierto. El recinto tenía un salón más ancho que profundo con siete u ocho mesas, casi todas ocupadas. Al fondo había una barra con unos cuantos taburetes. Fue a sentarse en uno de los dos que estaban vacíos.

—¡Pronto, póngame una cerveza!

El barman estaba sirviendo un gin-tonic a otro parroquiano e hizo un gesto imperceptible con la boca.

Javier se desmoronó sobre la barra. Aquel había sido un día de lo más agitado. Sin que se diera cuenta, la mujer se había sentado en el taburete junto al suyo.

—Mi amigo Juan Carlos no va a ponerte nada, Javier...

—¿Cómo sabe mi nombre? —se sorprendió el muchacho.

—¡A ti tampoco voy a ponerte nada, vieja loca! ­—el barman se encaró con la anciana—. ¡Cada vez que vienes por aquí no haces más que liarla!

—Acompáñame, Javier. Hoy saliste en mi defensa, no quiero hacerte nada malo... Además, ya oíste a mi amigo, no soy bienvenida aquí.

La mujer le tendió una mano y Javier, resignado a lo que pudiera sucederle, la acompañó fuera.

—Juan Carlos no es mal tipo, pero cree que estoy loca —rio divertida.

—Señora —dudó Javier—, usted... Yo vi cómo aquellos macarras le clavaban esa navaja... Usted debería estar...

—¡De modo que era eso! —la mujer estalló en una carcajada. Comenzaron a caminar—. ¡Creíste que me habían matado!... Pues ya ves que no...

—Pero yo vi cuando...

—Tú viste lo que quisiste ver o, mejor dicho, lo que quedó expuesto a tus ojos. Yo tenía mi bolsa de la compra y alcancé a utilizarla como escudo cuando ese gamberro me atacó. No te preocupes por mí, no me hizo ni un rasguño.

—Pero... Yo la vi caer... ¡Y la navaja estaba ensangrentada!

—Caí, claro que caí. Perdí el equilibrio. ¡No veas con qué fuerza me empujó ese desgraciado!... En cuanto a la sangre, jiji... El filo alcanzó a clavarse justo en un pedazo de hígado de ternera que había comprado para mis gatitos. Al ver la sangre, ellos me dieron por muerta pero... aquí estoy.

Javier se tranquilizó un poco al oir la explicación.

—Entonces ¿por qué me perseguía usted?... Podía habérmelo dicho antes ¡No sabe el susto que me ha dado!

Detuvieron la marcha cerca de la vieja fábrica de aluminio.

—No lo sabes ¿verdad? —preguntó la anciana con una mueca de ternura—. ¿No te sorprende que conozca tu nombre? ¿No te pareció extraño que Juan Carlos me echase del bar pero no se percatara de tu presencia?... Y el dueño del locutorio ¿Cambió, acaso, alguna palabra contigo o sólo se sobresaltó por el movimiento de la puerta?

—¡No! —exclamó él, espantado—. ¡No puede ser!

—Pobre muchacho... Llevo una linterna, ¿quieres entrar a la fábrica y ver lo que encuentras en el fondo?

Javier lo recordó todo...

Recordó su carrera por el callejón, perseguido por los cinco pandilleros. Recordó cómo trepó, clavándose los vidrios en el brazo —las heridas ya no le dolían—. Recordó el salto que dio para ir a parar sobre los pinchos de aquella ortiga. Recordó haberse torcido el tobillo al caer —nada de eso le dolía tampoco—. Ya no sentía ningún dolor pero, en aquel momento, recordó haber exclamado:

—¡Carajo!

—¡Ya te tengo! —gritó el tío de la chupa de cuero antes de saltar sobre él. Había intentado incorporarse para huir pero no con la suficiente rapidez: El joven cayó hincando la rodilla sobre su nuca y partiéndole la espalda. Los navajazos que le clavó luego no le hicieron ningún daño; él ya estaba muerto.

—¡No puede ser! —gritó Javier, estallando en lágrimas y postrándose a los pies de la anciana—. ¿Por qué yo...?

—Me da mucha pena cuando os vais tan jóvenes —dijo ella.

De pronto, Javier supo lo que encontraría tendido sobre una ortiga al fondo de la antigua fábrica.

—¿Por qué? —siguió preguntándose sin dejar de llorar, pero ya en un tono de voz más bajo.

—¿Quién sabe por qué? —dijo la anciana—. Cada día me lo pregunto...

Una pareja pasó caminando ligero por al lado de ellos.

—Apura el paso, cariño —dijo el hombre.

—Sí... ¡Ya está otra vez esa vieja loca hablando sola!

jueves, 8 de septiembre de 2011

Hacerlo

 
A pesar de que ya había salido varias veces con David, nunca antes había visitado su apartamento. No soy ninguna mojigata pero tampoco me gusta hacerlo en la primera cita. Prefiero conocer mejor al chico y asegurarme de que vale la pena. En el fondo soy una sentimental.

Aquella noche todo debía salir a la perfección. Mientras David cocinaba para mí, yo miraba las noticias en la sala. Nada nuevo bajo el Sol: En Oriente Próximo seguían matándose por controlar el petróleo; Genteovejuna no había llegado a un acuerdo económico con el FMI; un tío borracho había matado a golpes a su mujer —¡desde luego, hay cada hijo de puta!—; Estados Unidos amenazaba con invadir Genteovejuna; continuaban sin pillar al asesino de la motosierra; Genteovejuna prometía revisar los términos de su deuda internacional; no salía del coma la chica que había sido violada por su cuñado; la Bolsa de Valores de Genteovejuna había cerrado a la baja... Lo de siempre, vamos.

Entonces, anunciaron la sección de deportes y David vino a sentarse junto a mí.

—A ver, no cambies...

Mientras daban las novedades sobre la liga de fútbol, rodeó lentamente mis hombros con su brazo y, como al descuido, comenzó a acariciarme una pierna. Sonreí. Todos son iguales. No es que me sintiera incómoda pero me hizo gracia la claridad con que dejaba traslucir sus verdaderas intenciones.

Le quité el brazo, con determinación. Luego cogí su mano y la puse a un costado.

¡Cómo son los hombres! ¿Es que no se cansan de insistir aunque una les diga que no?

Casi al momento, tuve que quitarle el otro brazo. Aparté su mano y la apoyé encima de la otra.

¡Todos buscan lo mismo! Y no se dan por vencidos hasta conseguir de una lo único que les interesa. Hay veces que me resultan tan repugnantes...

No lo niego, un poco de lástima por David sí que sentí... Después de todo, el pobre había perdido la cabeza por mí.

Lo que más me jode es cuando se hacen los distraidos... ¡Cómo si una no supiera adónde quieren llegar!

Como quien no quiere la cosa, sus ojos se pasearon por la mesa puesta, deteniéndose en la base de plata del candelabro con las velas ya encendidas para una cena romántica... Demasiado optimista, cariño, lo siento pero esta vez no será.

¡Aquello ya no tenía pies ni cabeza! Con todo el dolor del alma, finalmente le arranqué el corazón.

No me gusta hacerlo en la primera cita. Prefiero conocer mejor al chico para asegurarme de no estar equivocándome.

Y nunca me equivoco. Todos son iguales, siempre acabo haciéndolo.

Junté los trozos y comencé a ponerlos en bolsas de plástico. Me pregunto si alguna vez descubrirá la policía que el asesino de la motosierra es una mujer.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Tu realidad

 
Ezequiel Morel jamás será comprendido por la gente de su tiempo. Los críticos de arte más reputados califican su pintura como anodina, vacua, fútil, insustancial… Gustan de los adjetivos rimbombantes y la prosa pretenciosa, los críticos de Genteovejuna. Cosa curiosa, eso mismo es lo que le reprochan a Morel; que es demasiado pretencioso. Ellos sabrán de lo que hablan cuando catalogan su obra como arte moderno y, dos párrafos más abajo, dicen que está «pasada de moda».

Como fuere, disiento con ellos. Claro que yo no soy crítico, apenas un humilde comerciante de verduras en un mercado municipal de pueblo. Tal vez por eso puedo opinar con mayor libertad, no tengo por qué ceñirme a lo que está de moda ni preocuparme por no parecer inteligente.

Fundamentalmente, no estoy de acuerdo con la etiqueta de pintor abstracto que le han pegado en la frente.

Interpretación de Txiki González
Ezequiel Morel es un artista miope —miope de verdad, más de dos dioptrías en cada ojo—. Pinta hermosos lienzos cargados de color, agregando un matiz expresivo de gran profundidad en cada trazo. Pinta enormes masas de azul violáceo que fugan a un tono ciruela para luego degradarse imperceptiblemente al rojo más vivo. Pinta formidables aglomeraciones de grises en tonos dispares, salpicados por borrosas manchas verdes y marrones, en armonía musical, que abarcan desde el color de la tierra húmeda hasta el de la arena más caliente. Pinta escalofriantes explosiones de un amarillo indeterminado —casi blanco, casi naranja, casi champán, qué sé yo— que iluminan la escena, a veces de forma rotunda, a veces sutilmente. Pinta borrones de color, luz y oscuridad.

Magníficos paisajes urbanos. Fiel reflejo de lo que ve.

Por eso ofende la etiqueta de pintor abstracto. Sus cuadros son tan realistas como los de Rembrandt, porque su realidad es tan válida como la de cualquiera.

Ezequiel Morel jamás será comprendido por la gente de su tiempo. Un tiempo donde nadie es capaz de ver más allá de lo que algún ministerio ha decidido que está bien ver, porque no hay que hacer ningún esfuerzo para comprenderlo —para disfrutarlo—, porque nos han hecho creer que sólo existe una realidad; la realidad de un país de felices sin perdices.

Yo, con mis 0,75 dioptrías, encuentro la obra de Ezequiel Morel cargada de una belleza inquietante.

jueves, 25 de agosto de 2011

Todos eran Fernando

 
Hacía tres soles que vagaba sin rumbo por Sinus Meridiani. Tal vez penséis que debí haber esperado a que viniesen a rescatarme pero no hubiese sido una buena idea. Mi helicóptero —o lo que quedaba de él— estaba completamente destrozado. La radio estropeada y las luces inutilizadas. Hubiese muerto de frío, calor inanición o deshidratación antes de que lograran localizarme. No olvidéis que aquello es un desierto inhóspito y muchas veces las condiciones climáticas lo hacen impracticable incluso para las naves de rescate.

El único equipo que había podido salvar era mi tubo de rayos —como si fuera a servirme de mucho en un sitio donde no había caza ni enemigos—. Sin aparatos de medición mi única referencia era el Sol, así que aprovechaba los momentos en que era visible para comprobar que no me había desviado de mi trayectoria —caminaba hacia el oeste con la esperanza de llegar al último puerto turístico de Sinus, inaugurado por La Corporación años atrás—. Mis provisiones se habían reducido a dos barritas energéticas de 120 gramos y nada de agua. Nada de agua desde que mi helicóptero se había estrellado, así que id llevando la cuenta.

Las alucinaciones habían llegado a mitad del segundo sol, junto con la certeza de encontrarme perdido. Pensé en la ironía de haberme extraviado cuando en realidad mi misión era rescatar a Fernando... Pobre Fernando. No podía ni imaginar cuál habría sido su destino, teniendo en cuenta que llevaba perdido el doble de tiempo que yo (y a mí sólo me quedaba un resto de fuerza para caminar con el automatismo de un zombi...)

Mis pensamientos fueron interrumpidos por una imagen, a lo lejos, hacia el sur. ¿El sur es la dirección en que aquí apuntan las brújulas?... ¡Da igual! Ni siquiera estoy seguro de que fuera el sur ­—no se veía el Sol— ni de que una brújula me hubiese sido de gran ayuda. La tormenta de la noche anterior había dejado una fina neblina rojiza que lo envolvía todo pero pude distinguirlo en la distancia: Era un caballo. ¿Un caballo? ¿A quién demonios se le había ocurrido llevar caballos a aquellos parajes perdidos de la mano de Dios?... No me iba a detener a averiguarlo. Corrí hacia el animal —¿hacia el sur?— lo más rápido que pude. Si el caballo pudo sobrevivir, significaba que en alguna parte debía haber agua. Y seres humanos, ya que era imposible encontrar por aquellas regiones caballos en estado salvaje.

A medida que me acercaba la niebla se iba haciendo más densa, me costaba distinguir la figura. Corrí con los ojos cerrados para que el polvo no me los irritara... Suponiendo que el caballo también estuviese perdido podría intentar montarlo para tener una chance más de salir de aquel desierto... De pronto, fui aturdido por un fuerte zumbido, que me obligó a detenerme y a abrir los ojos. Casi pierdo el equilibrio.

No había nada. Ni niebla ni caballo. Otra vez las alucinaciones. Estaba metido en una depresión del terreno —rodeado por paredes de roca— y debía salir de allí antes de perder por completo la percepción de realidad. Al principio, por las últimas lecturas de mi equipo, creí que se trataba del Airy; pero luego lo descarté ya que hay una ruta turística regular que pasa por allí y no hubiese podido dejar de ver las naves. Así que estaba en algún cráter sin identificar. Seguí andando hacia el sur porque noté que había un sector donde la cuesta no era tan empinada y podía ser escalada.

A mitad de camino vi un reflejo de agua.

¡Agua! ¡El agua que había estado bebiendo el caballo!

Intenté serenarme, sin interrumpir la marcha, para analizar fríamente la situación. No podía ser un espejismo porque no había sol —es más, las nubes que cubrían el cielo eran más densas de lo habitual—. También hay que decir que mi mente, como había quedado demostrado, no necesitaba de ningún fenómeno físico para desbocarse en fabulaciones.

A cincuenta metros, pude divisarlo claramente: Era un Lago. Un puto lago en el desierto, era demasiado bueno como para no desconfiar... Aunque si pensamos que el caballo pudo haber acudido a abrevar en sus aguas, ya no necesitamos de ninguna alucinación para explicar lo ocurrido.

Aguas cristalinas, aunque turbias en el fondo... Fijaos qué curiosa es la mente humana: en lugar de abalanzarme a beber, me asomé al lago para ver mi reflejo. No preguntéis por qué, simplemente sentí el deseo de verificar mi aspecto luego de casi cuatro soles a merced del árido clima ecuatorial.

No lo vais a creer. No era yo... ¡El del reflejo era Fernando!

—No lo hagas —me decía Fernando, o su reflejo—. No lo hagas, Walter... No bebas... Es una trampa.

¡Otra vez las putas alucinaciones!

Decidí no hacerle caso. Después de todo, era obvio que él no estaba allí pero el agua, aún estaba por verse. Hundí las manos en el lago que no era una charca cualquiera, no vayáis a creer, tenía su buen par de metros de hondo por quince de diámetro.

El agua estaba tibia. Casi me alegré al comprobarlo. Si hubiese sido una alucinación estaría fresca, sería ideal, ¡pero estaba tibia!... La temperatura justa que correspondía a los últimos días. Hice un cuenco con mis manos y las elevé para beber. Imaginaos la culpa que debía sentir por no haber podido ayudar al pobre Fernando, que se me seguía apareciendo en el agua recogida en mis manos. Ya no hablaba pero tenía un gesto de pánico que lo decía todo. De haber sido supersticioso habría creído en una aparición de ultratumba. Lo cierto es que la deshidratación podía explicar el delirio... Y lo más probable es que nunca volviese a ver a Fernando.

—Lo siento, amigo —murmuré­—. Dios sabe que hice todo lo que pude...

Y bebí. Bebí con avidez, con fruición, con el ansia de quien prueba agua por primera vez. Inodora, incolora e insípida. La más gloriosa combinación de sensaciones a pesar de la temperatura o —quizá— gracias a ella. Bebí hasta hartarme y me tendí a la orilla del lago, entornando los ojos, aunque sin llegar a dormirme.

Me sobresaltó, rato después, un resoplido a mis espaldas. El caballo había regresado en silencio e investigaba mi presencia. Era un alazán de pelaje brillante y estaba limpio —a pesar de la tormenta de polvo—. Llevaba unas finas riendas de carrera sujetas a la cabeza. Lo dicho, debió haberse extraviado. No opuso resistencia cuando lo acaricié. Era obvio que estaba más que acostumbrado al contacto humano.

Mientras el animal bebía, aproveché para llenar mi cantimplora. Sujeté sus riendas con movimientos suaves y logré montarlo. Apenas se alteró. Cuando estuvimos listos, iniciamos la marcha. Al trote, para no cansar al caballo, llegamos a la cuesta del sur. La pendiente era menos pronunciada aún de lo que me había parecido desde lejos y hasta había un camino semidefinido. Subimos sin dificultad.

Una vez en la llanura, aflojé las riendas y el caballo comenzó a trotar por su cuenta. Confié en su instinto. Si bien el cielo no se había despejado, logré ver los destellos de la puesta de Sol. Hacia allí nos dirigíamos. Poco a poco fui recobrando el sentido de la orientación y tomé nuevamente las riendas. Había comenzado a oscurecer y se veía una luz bien definida en el horizonte.

Ya se había hecho de noche cuando llegamos a Puerto Sinus Meridiani.

Bajé del caballo y entré a la oficina de información turística. La chica que me atendió se sorprendió por mi aspecto.

—¡Señor!... ¿De dónde viene en ese estado?

—Estuve perdido en el desierto... Me llamo Walter Meré. Sargento Walter Meré de la Base Militar Eos Chasma. Mi helicóptero se derrumbó, no sé bien dónde... Creo que necesito un médico...

Apenas podía tenerme en pie. La tensión acumulada en esos cuatro soles pareció liberarse de golpe, haciéndome presa de un cansancio incontrolable. La muchacha llamó a enfermería. No tardaron en venir a buscarme.

—Quédese tranquilo, señor —dijo un enfermero mientras me sujetaba del brazo para impedirme caer—. ¿Cuánto tiempo ha estado en el desierto? ¿Cómo ha llegado hasta aquí?

Con gran esfuerzo pude mantener los ojos abiertos pero la vista se me nublaba.

—Mi caballo... Lo he dejado fuera...

—¿Caballo? ­—pareció extrañarse­—. Es imposible... ¿Quién traería un caballo hasta aquí?

—Lo mismo pensé yo —le dije—, pero evidentemente alguien lo trajo y se ha adaptado al...

De pronto pude ver con claridad.

¡El enfermero era Fernando!

—¡Fernando!... ¿Qué haces aquí?... ¿Cómo has logrado salvarte?...

—¿Qué dice?... Está delirando. Yo no me llamo Fernando —dijo Fernando—. Doctor, venga pronto... Necesitamos llevarlo urgentemente a enfermería.

Un médico acababa de entrar, junto a otro enfermero. El médico también era Fernando. Se le cayó un ojo cuando me miró y del hueco comenzaron a salir gusanos.

—Tranquilícese, por favor —dijo. Y más gusanos salieron de su boca putrefacta—. Prepara una ampolla de Valium...

El otro enfermero sacó una jeringuilla. Él también era Fernando agusanado. Y el primer enfermero. Y la chica... Todos eran Fernando muerto y en descomposición.

—Me dejaste morir —dijo un Fernando y la mandíbula inferior se desprenió de su cara.

—¡Perdón, amigo!... No pude hacer más...

—Lo pagarás, Walter —dijo otro de los Fernandos.

Me rodearon. Una nave turística acababa de descender en la pista de aterrizaje. De pronto supe dónde estaba. Aquella era la antesala del Infierno. Fernando no era mi amigo, eran demonios con forma de Fernando que habían llegado para arrastrarme a la muerte.

Empuñé mi tubo de rayos y disparé contra uno de ellos que salió expulsado hacia atrás, aterrizando sobre la camilla que habían traido para mí. No volvió a moverse... ¡Los demonios podían morir!

Disparé contra otro que cayó carbonizado. De la nave turística comenzó a bajar más gente. Y todos eran Fernando. Una legión de Fernandos clamando venganza.

Me volví para acabar con los dos que quedaban en la oficina y salí para enfrentarme al resto. ¡No lo tendrían nada fácil!...

Disparé contra todos los Fernandos que gritaban horrorizados. Algunos corrían a ocultarse tras los edificios o las rocas cercanas. Ya no me atacaban. Igualmente seguí disparando hasta asegurarme de haber eliminado a la primera linea de zombis Fernandos y luego monté en el fiel alazán, que había acudido en mi ayuda.

Huí nuevamente hacia el desierto. Allí les sería más difícil localizarme y yo ya conocía un poco mejor aquellos parajes. Al menos sabía dónde encontrar un lago. El caballo galopaba como un poseso. Casi no necesité guiarlo, conocía el camino mejor que yo...

Cuando llegamos al lago, comenzó a corcovear hasta que me derribó y fui a dar a las aguas, donde me hundí perdiendo el conocimiento.



Varios soles después, un policía uniformado se acercó a la orilla.

—¡Sáqueme de aquí! —le dije.

—¿Y esto?... ¿Quién eres tú?

—Sargento Walter Meré... Base Militar Eos Chasma...

El hombre no parecía escucharme.

—El loco de la masacre del puerto turístico—. No sé si lo dijo o lo pensó—. Llevamos tanto tiempo buscándote que ya te veo hasta en mi reflejo...

El policía hundió su cantimplora en el lago para llenarla. De pronto comprendí lo que iba a suceder.

—¡No haga eso! —grité desesperado—. ¡No beba el agua!... ¡Es peligrosa!...

Haciendo caso omiso, pegó un buen trago.

—¿Me hablabas? —preguntó otro policía que también se estaba acercando a llenar su cantimplora.

—Nada —dijo el primero­—. Delirios del desierto...

Me dejaron solo. Pero supe que pronto volvería a saber de ellos.